A pesar de las órdenes del Ejército israelí de no viajar al sur del río Litani, y a pesar de los reiterados llamamientos de Hizbolá a las poblaciones desplazadas para que no regresaran a sus aldeas hasta estar seguras de las intenciones del «enemigo», la … carretera Beirut-Saida quedó completamente colapsada desde la pasada madrugada.
Durante la noche, sin embargo, el Ejército libanés acusó a Israel de cometer «actos de agresión» y «bombardeos esporádicos» como violación de la tregua que entró en vigor a medianoche. Por su parte, Hizbolá anunció que, en represalia, había «bombardeado a unos soldados israelíes cerca de la ciudad de Khiam».
Pero, en este primer día del alto el fuego, se necesita mucho más que un bombardeo para enfriar la euforia de los residentes que regresan a su tierra.
A lo largo de la ruta, banderas amarillas o rojas de Hizbolá, banderas con la imagen de Hasán Nasralá, su exsecretario general asesinado el 27 de septiembre de 2024, banderas verdes de Amal (la otra milicia chií) y banderas iraníes ondean en los vehículos que se dirigen al sur. Los niños asoman la cabeza por los techos corredizos y hacen la V de la victoria. Aquí, una mujer con velo negro conduce un coche cargado de colchones, cantando a todo pulmón las canciones de la resistencia. Allí, niños duermen en la parte trasera de un coche averiado, detenido al borde de la carretera.
No todo el mundo comparte la alegría que inunda la carretera costera. Un conductor, perdido entre la multitud entusiasta, hace una mueca y se encoge de hombros. Al borde de la carretera, a la entrada de Saida, una mujer que presencia la escena de esta vuelta de éxodo comenta: «Esto es exactamente lo que temía. Los de Hizbolá se creen victoriosos. Me preocupa lo que pueda pasar en el futuro». Otra mujer le contesta: «¿Qué esperabas?».
«Los de Hizbolá se creen victoriosos. Me preocupa lo que pueda pasar en el futuro»
Un hombre, que desconfía de Israel, afirma que estaba «seguro de que, de inmediato, la gente iba a regresar a su casa, aunque su casa esté destruida. Pero habrá que ver si esto no es una trampa tendida por los judíos».
Viaje del patriarca maronita
Este viernes coincide con el segundo viaje a la región del patriarca maronita, la rama cristiana mayoritaria en el Líbano. El primer viaje del cardenal Bechara Boutros Rai tuvo lugar el día del alto el fuego entre Irán y Estados Unidos, el pasado 8 de abril. Ese día, los combates continuaron y, por dondequiera que iba el Patriarca, resonaban los disparos. Hoy, no hay explosiones.
Tras Saida, el convoy que lo acompaña se dirige tierra adentro hacia Jezzine. Las banderas amarillas que ondean al borde de la carretera ya no son las de Hizbolá, sino las del Vaticano: el nuncio apostólico acompañará al patriarca en la celebración de la misa. La ceremonia se retrasa. En los pueblos por los que pasa, el patriarca es detenido por los lugareños que desean saludarlo. La cálida bienvenida hace olvidar las críticas de quienes lamentaban la demora del líder de la Iglesia maronita en visitar esta región olvidada de todos. Hoy, reina un ambiente de gratitud. También porque el convoy transporta ayuda humanitaria proporcionada, entre otras, por ONG como Caritas y L’Œuvre d’Orient.
Vincent Gelot, director de esta asociación francesa, explica que «aunque haya una tregua, queremos seguir organizando convoyes porque no sabemos si durará. Queremos que los habitantes puedan resistir un tiempo». Añade que «tanto si el futuro trae paz como guerra, siempre estaremos ahí para la gente. Esa es nuestra misión. No somos una organización que hace proyectos y luego desaparece. Construimos una relación de amistad con las personas a las que apoyamos y nunca la rompemos. Sean cuales sean las circunstancias».
En Qrayeh, Lebaa, Jezzine y en todos los pueblos del sur que no fueron alcanzados directamente por los bombardeos pero sí por el conflicto, los sentimientos son encontrados. Elie es uno de los pocos residentes de Jezzine que no fue a recibir al patriarca en la iglesia de San Marón. En este día caluroso, tiene que cuidar de su rebaño de cabras: «¿Durará el alto el fuego? Quizás diez días. ¿Y después? La guerra sin duda volverá a empezar».
Cerca del cargamento de 30 toneladas que se está descargando, Georges confiesa que «esta tregua de diez días nos permite respirar un poco. Después… ya veremos».
Una mujer europea que visita el sur del Líbano por primera vez comenta sorprendida que «parece que la gente no cree en el alto el fuego». Un libanés le responde: «Es cuestión de experiencia. Mantenemos la esperanza, creemos que la paz puede llegar, pero sería ingenuo de nuestra parte no tener dudas».
Justificando su cautela, al final del día se supo que un ataque aéreo israelí había causado víctimas al alcanzar un automóvil y una motocicleta. Por su parte, Hizbolá apoya el alto el fuego y espera sea integral, pero advierte que permanece con el «dedo en el gatillo».

