La Basílica de Santa Giustina se llenó mucho antes de las 11 y también fuera, frente a la pantalla gigante, se reunieron muchísimas personas que no quisieron faltar, pese a la lluvia, al último adiós a Alex Zanardi. El aplauso largo, atronador y sincero a la entrada del féretro en la iglesia dejó claro que sería una despedida distinta a lo habitual.
Había cámaras de televisión por todas partes y se escuchaban los clics de los fotógrafos. Estaban las personalidades de la política y los dirigentes del deporte, campeones de todas las épocas y de las disciplinas más variadas. Muy destacada fue la presencia de atletas paralímpicos y de Obiettivo 3, la asociación impulsada y promovida por Alex.
Parecía que la tercera vida de Zanardi había tomado el protagonismo, y ver la handbike en el atrio en lugar de un casco del campeón boloñés podía hacer pensar eso. Nada más lejos de la realidad, porque el lenguaje de Alex es universal y no llega a unos pocos, sino a todos.
En un pasaje de la extraordinaria homilía de don Marco Pozza, capellán de la cárcel Due Palazzi, subrayó el amor del campeón por la lengua italiana: “Cuando Alex hablaba, percibías todo el orgullo de ser hijo de una lengua que, única en el mundo, posee el subjuntivo en su ADN. El indicativo lo sabe usar todo el mundo: es el mundo de la certeza, de la seguridad, de la luz plena. El subjuntivo es otra puerta abierta”.
Il funerale di Alex Zanardi
Foto di: Franco Nugnes
Bastaba mirar alrededor, entre las naves, para ver rostros más o menos conocidos del automovilismo: Andrea Gilardi, Roberto Colciago y Paolo Delle Piane, referentes del karting y la F3. Max Papis, el de las carreras americanas y los éxitos en IndyCar. Roberto Ravaglia y Tamara Vidali, la época del WTCC; Gian Carlo Minardi, Paolo Barilla, Gabriele Tredozi y Stefano Domenicali, la aventura en Fórmula 1. Y también el presidente de ACI Italia, Geronimo La Russo. El pasado que se une al presente en un relato que vio a Zanardi no solo como piloto y campeón, sino también como un increíble ejemplo de vida. De alguien que sabe levantarse no después de una, sino de dos caídas.
La pasión por las carreras lo llevó a vivir como si no existieran límites que no pudieran superarse: para disputar el Campeonato del Mundo de Turismos con el BMW 320iS, inventó un sistema de conducción asistida que desarrolló personalmente junto a los técnicos de la marca bávara. Tanto es así que en 2005 ganó la Carrera 2 en Oschersleben.
Pero el mayor éxito fue que su sistema fue diseñado y puesto a disposición como opcional para los clientes de BMW que competían o que lo querían simplemente para uso en carretera. Su fuerza de voluntad lo había llevado a anular las limitaciones físicas.
Il funerale di Alex Zanardi
Foto di: Giacomo Rauli
Y dio otra prueba en 2016, más de diez años después de aquel éxito, cuando en Mugello ganó la Carrera 2 del Campeonato Italiano de Gran Turismo con el BMW M6 GT3. Al terminar la carrera, al salir del coche, estaba empapado en sudor: “¿Por qué me miras de forma extraña? —preguntó antes de subir al podio—. ¿Te imaginas un F1 disputando un GP con la mitad de los radiadores para refrigerarse? Más que ganar la carrera, correría el riesgo de que explotara el motor”.
Luego Alex miró sus prótesis en lugar de las piernas: “Yo también tuve que lidiar con la temperatura para evitar… gripar mi motor, porque no tenía suficientes radiadores. Pero con el entrenamiento, la preparación adecuada y la alimentación correcta lo conseguí”. Y fue una auténtica lección de vida, demostrando que los límites humanos están hechos para superarse. Alex dio a muchos la esperanza de mejorar su propia vida con palabras sabias, pero también con hechos.
Volviendo a don Marco Pozza, no se puede olvidar la conclusión de su homilía: “Uso la imaginación, me imaginé a Alex mirando a Dios a la cara, pero sin saber qué decirle. Dios lo mira y le dice: ‘Alex, ¿puedo sugerirte yo qué decirme? Pero, Zanardi de Castel Maggiore’”. Exactamente.
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