Woodrow Wilson es el primer presidente conocido por contestar de forma regular a las preguntas de los periodistas. A comienzos del siglo XX, sin radio ni televisión, los esfuerzos de persuasión de Wilson tenían un impacto limitado a los periódicos del día siguiente. Por eso, … siguiendo la sugerencia de Joseph P. Tumulty, su autodenominado ‘publicity director’, el presidente empezó a someterse a ruedas de prensa, inicialmente convocadas cada dos semanas, con el compromiso de no citar directamente sus palabras sin su expreso consentimiento. Esto era algo que ningún otro ocupante de la Casa Blanca había hecho hasta entonces.
En la primera rueda de prensa participaron cien reporteros que abarrotaron el despacho presidencial. Preguntaron ordenadamente y recibieron respuestas concisas. A la segunda rueda de prensa se presentaron 200 reporteros, una cantidad imposible de manejar para aquella Casa Blanca.
La solución para gestionar los intereses encontrados de la Casa Blanca y la prensa fue la creación, el 25 de febrero de 1914, de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, conocida por sus siglas en inglés WHCA. De esta manera, solamente los periodistas debidamente acreditados podrían asistir a las ruedas de prensa presidenciales que, además, corrían el riesgo de perder ese privilegio en caso de incumplir las normas establecidas por la Casa Blanca.
Esta organización de periodistas profesionales permanece activa hasta nuestros días y organiza la famosa cena anual en la que Washington rivaliza con Hollywood. El evento, celebrado en el salón principal del Hotel Hilton, sirve para recaudar fondos destinados a premios y becas. Pero, en realidad, es un recordatorio de que en una democracia los cargos electos tienen la obligación, con ayuda del periodismo independiente, de rendir cuentas cuando mienten o abusan de su poder. Pero eso, claro está, era el mundo político del Watergate, que ya no existe.
La última vez que Trump asistió a esta cena fue en 2011. Tras haber financiado la confabulación contra Obama al poner en duda el cumplimiento del requisito indispensable para ser presidente de ser ciudadano de Estados Unidos por nacimiento, en aquella cena el presidente ridiculizó al atrabiliario magnate. Aquel pitorreo se convirtió en parte del mito fundacional del trumpismo contra las élites malas y listillas que tratan al pueblo bueno como a tontos. El sábado, justo en su peor momento, Trump había decidido volver a participar en la cena para trolear una vez más a su enemigo favorito: la máquina del fango, los especialistas en casquería y los creadores de bulos.
Una parte esencial de la crisis de nuestras democracias es que los políticos son capaces de denigrar a la prensa y evadir responsabilidades. En su segundo mandato, Trump ha ordenado abrir la sala de prensa a blogueros, podcasters, influencers y demás «creadores de contenidos», en un intento de construir un ecosistema informativo alternativo, al margen de los medios tan legítimos como tradicionales. La Casa Blanca de Trump los llama «new media», pero son los mamporreros de toda la vida. A esto hay que sumar la transformación de medios que en su día fueron de primer nivel –’The Washington Post’, CBS News y ahora también la CNN– en hojas parroquiales del trumpismo.
Tras haber ahogado su presidencia en las poco profundas pero muy estratégicas aguas del estrecho de Ormuz, gracias a la creciente violencia política que él mismo ha instigado, Trump puede reanudar su «cambio de régimen» en casa. Como si no pasara nada, el presidente recibirá hoy al Rey Carlos III en la Casa Blanca. Quedará de manifiesto que, en su degradación de la democracia americana, el caso Epstein tiene consecuencias en el Reino Unido, pero no en Estados Unidos.

