Donald Trump regresó a la Casa Blanca el viernes al caer la tarde, de vuelta de un viaje maratoniano a China que dejó más escenografía que certezas. Venía con aire cansado, traje oscuro, camisa blanca abierta sin corbata y gorra blanca con las letras … USA. Caminó despacio hacia los reporteros, se detuvo apenas unos segundos y, sin aceptar preguntas ni ofrecer detalles, proclamó: «Ha sido un gran éxito. Un momento histórico». Después siguió hacia la residencia. A las siete de la tarde, la jornada quedó oficialmente cerrada. El presidente volvía a Washington con titulares comerciales, imágenes de triunfo y muy, muy pocas explicaciones. También volvía a la gran crisis que tiene abierta y le consume, la guerra con Irán.
El contraste resumía el viaje. Trump había salido de Pekín con la afirmación de que China comprará 200 aviones Boeing, más de 10.000 millones de dólares (8.600 millones de euros) en productos agrícolas, soja, energía, dispositivos médicos y carne estadounidense. Pero Pekín evitó confirmar buena parte de los detalles. La Casa Blanca con él a la cabeza presentó la visita como una victoria comercial. China, con más cautela y mayor disciplina, la utilizó para otra cosa, mostrar estabilidad, control y rango de superpotencia. Trump necesitaba una foto de éxito y Xi Jinping necesitaba una estampa de igualdad. La obtuvo.
Era el primer viaje de Trump a China en casi una década y Pekín lo organizó como una representación de poder. Hubo ceremonias multitudinarias con jóvenes agitando banderas, bandas militares, recepción en el Gran Palacio del Pueblo, visita al Templo del Cielo, banquete de Estado y un paseo final por los jardines de Zhongnanhai, el complejo reservado a la cúpula del Partido Comunista. Cada gesto estaba calculado. Nada en una visita de este nivel se deja al azar, menos aún en China, donde el protocolo no solo acompaña a la política, sino que la refleja y la explica.
Una imagen difundida por los medios oficiales chinos condensó el mensaje. Trump y Xi aparecían sentados frente a frente, separados por una mesa baja, en una composición que los presentaba de igual a igual. Trump, físicamente más alto, quedaba inclinado hacia delante, con las manos juntas y la mirada baja. Xi aparecía más erguido, más asentado en la silla, con el cuerpo abierto hacia su invitado. Puede ser una cuestión de postura, de asiento o de encuadre. El efecto, en cualquier caso, era evidente: los dos líderes aparecían en el mismo plano. Pares.
Comercialmente, el balance fue más promesa que contrato cerrado. Trump necesitaba volver con cifras grandes y las tuvo. Compra china de aviones de Boeing, el gigante aeronáutico estadounidense. Soja y otros productos agrícolas para contentar a los agricultores norteamericanos. Energía. Dispositivos médicos. Nuevas licencias para vender carne estadounidense en China. Y una posible reapertura parcial para los chips avanzados de Nvidia, una de las empresas centrales en la carrera mundial por la inteligencia artificial.
Pero la letra pequeña quedó pendiente. No hubo un documento detallado de la Casa Blanca explicando todo lo acordado. China no confirmó públicamente buena parte de los compromisos. Varios anuncios quedaron formulados como intención, expectativa o principio de acuerdo a meses vista. Trump dijo que los dos países iban a hacer «mucho comercio». También afirmó que los agricultores estadounidenses estarían «muy contentos». La frase servía para el regreso que él quería triunfal, pero no despejaba la duda principal, qué parte de todo aquello será compra real, en qué plazos, con qué condiciones y a cambio de qué concesiones de Washington.
Trump anunció que habrá «mucho comercio», pero no explicó las compras reales, ni los plazos, ni las concesiones de EE.UU.
El caso Boeing ejemplifica esa ambigüedad. Trump habló de 200 aviones y dejó abierta la posibilidad de pedidos mayores si la primera fase salía bien. La compañía habló después de un compromiso inicial, pero ofreció pocos detalles. En agricultura ocurrió algo parecido. La Casa Blanca anticipó una gran compra china, con más soja y más productos estadounidenses, pero el precedente inmediato pesa. Pekín ya había asumido antes compromisos de compra que luego no cumplió del todo, mientras seguía recurriendo a proveedores más baratos, como Brasil o Argentina.
La parte más sustancial pudo estar menos en los grandes anuncios y más en la gestión de una tregua. Jamieson Greer, representante de Comercio de Estados Unidos, habló de una nueva «Junta de Comercio», una especie de mecanismo bilateral para supervisar el intercambio comercial. También mencionó ciertos niveles arancelarios, la posible extensión del acuerdo sobre tierras raras y la necesidad de evitar una escalada mayor. Las tierras raras son minerales críticos que China domina y que resultan esenciales para la industria tecnológica, energética y militar. Ahí sí hubo una señal de fondo, que la relación sigue siendo dura, vigilada y llena de restricciones, pero ambos países quieren canales para impedir que vuelva al choque frontal.
La parte más sustancial fue la gestión de una tregua a la guerra comercial: posible extensión del acuerdo sobre tierras raras y una hipotética «Junta de Comercio» para debatir los aranceles
La disputa tecnológica quedó igualmente abierta. Trump dijo que se habló de vender a China más chips de Nvidia, incluidos los más avanzados para inteligencia artificial. Pero no hubo una resolución clara. Washington quiere vender más a China sin reforzar sus capacidades militares o tecnológicas más sensibles. Pekín quiere acceso a tecnología estadounidense, pero al mismo tiempo impulsa a sus propias empresas, como Huawei, para reducir su dependencia exterior. Ese equilibrio define ya buena parte de la rivalidad: comercio donde conviene, límites donde empieza la seguridad nacional.
En el fondo, el viaje no resolvió la gran contradicción económica entre Washington y Pekín. Estados Unidos necesita el mercado chino para sus empresas, sus agricultores y sus fabricantes. China necesita estabilidad con Estados Unidos, pero ya no acepta negociar desde una posición de dependencia total. Trump obtuvo cifras para vender una imagen, otro éxito de los suyos. Xi obtuvo algo mayor, el reconocimiento implícito de que cualquier acuerdo con China se debe negociar con respeto ya desde una relación de poder mucho más equilibrada, más de iguales, que hace una década.
Trump obtuvo cifras para vender otro éxito de los suyos. Xi obtuvo algo mayor, el reconocimiento de que cualquier acuerdo con China se debe negociar desde una relación más equilibrada
Y, contra lo que Trump había sugerido al salir de la Casa Blanca, Irán sí estuvo sobre la mesa. El presidente no fue a Pekín solo a vender aviones, soja o chips. Fue también a comprobar si Xi podía ayudar a desbloquear la guerra, presionar a Teherán y facilitar la reapertura del estrecho de Ormuz, que es por donde pasa una parte esencial del comercio mundial de petróleo. Ahí el resultado fue limitado. Trump dijo que él y Xi coincidían en que Irán no puede ni debe tener un arma nuclear y en que el Estrecho debe abrirse. Pero no presentó una concesión concreta china ni un compromiso verificable de presión sobre Teherán.
En el avión de regreso, Trump dijo que no estaba «pidiendo favores», porque pedir favores implica devolverlos. La frase era reveladora. China tiene influencia sobre Irán, entre otras razones porque compra una parte importante de su petróleo, pero no quiere aparecer como ejecutora de la estrategia militar de Washington. Pekín quiere el Estrecho abierto, porque depende del flujo energético, pero su mensaje fue más distante: la guerra no debería haber ocurrido, no debe continuar y cualquier salida debe evitar una escalada. Xi aceptó hablar de Irán, pero no entregó a la Casa Blanca una victoria inmediata.
La línea roja de Taiwán
Taiwán fue el otro gran tema delicado del viaje. Pekín considera a la isla parte de su territorio y no descarta recuperarla por la fuerza. Taiwán, en cambio, funciona como una democracia autónoma, con gobierno propio, ejército propio y una identidad política separada de la China comunista. Para Washington, la cuestión es deliberadamente incómoda: reconoce diplomáticamente a Pekín, no a Taipéi, pero mantiene vínculos militares y políticos con Taiwán y le vende armas para disuadir una invasión china.
Xi puso el asunto sobre la mesa con dureza. Para China, Taiwán no es un problema más entre muchos otros, sino la línea roja central de su relación con Estados Unidos. Pekín lo formuló como el asunto «más importante» entre las dos potencias y advirtió de posibles «choques» o incluso «conflictos» si Washington lo maneja mal. Trump evitó entrar en detalles. Dijo en el avión de regreso que Xi le preguntó si Estados Unidos defendería Taiwán y que él respondió que no habla de eso. Marco Rubio, secretario de Estado, añadió que la política estadounidense no ha cambiado y que sería un «terrible error» que China intentara tomar la isla por la fuerza.
Trump salió de China hablando de éxito. Xi lo despidió con una imagen de contención. La relación entre las dos mayores potencias del mundo quedó algo más estabilizada, pero no menos de adversarios. Hubo gestos, cifras, fotos, promesas, pero poco concreto. No hubo una solución para Irán, ni un acuerdo claro sobre Taiwán, ni un cambio estructural en el pulso comercial. La visita sirvió para bajar la temperatura y no para resolver el conflicto de fondo. Lo claro es que China se quedó ya con la imagen de una gran potencia que ya se sienta frente a Estados Unidos, de tú a tú.

