Estados Unidos vive un momento de paradoja: en la democracia más vieja y estable del mundo, que este año celebra el 250º aniversario de su creación, cada vez importa menos votar. Es algo que pasa en las elecciones presidenciales: en estados muy inclinados a uno … u otro partido –como aquí, en Nueva York, donde es casi imposible que gane un candidato que no sea demócrata– los votantes se pueden sentir superfluos.
Esa situación afecta también al Congreso, a la Cámara de Representantes, donde los escaños se disputan en distritos electorales –un diputado por distrito– que se diseñan en los estados. Y está ahora mismo en una espiral de deterioro, de diseños ventajistas de distritos, que aseguran que solo pueda ganar un partido.
Es el infausto ‘gerrymandering’, una práctica casi tan vieja como la propia democracia estadounidense (el palabro proviene de uno de los primeros abusadores de mapas electorales, Elbridge Gerry, en 1812, entonces gobernador de Massachusetts). Republicanos y demócratas lo están llevando en los últimos meses a niveles desconocidos, un toma y daca interminable que, más allá de quién gane un escaño aquí o allá, hace que pierda la democracia estadounidense.
Esta misma semana, el gobernador de Florida, el republicano Ron DeSantis, ha anunciado la propuesta de un nuevo mapa electoral. Con este diseño, los republicanos ganarían probablemente cuatro escaños adicionales. El resultado: 24 de los 28 escaños de Florida se quedarían en su partido, en un estado donde las fuerzas entre ambos partidos están bastante parejas.
El de Florida es el último frente de una batalla que arrancó el pasado verano. Donald Trump azuzó a Texas, un estado controlado por los republicanos, para cambiar su mapa electoral y robar cinco escaños a los demócratas.
Fue una decisión contraria a la práctica habitual. Los mapas electorales están pensados para diseñarse cada diez años, cada vez que EE.UU. renueva su censo. Pero Trump y los republicanos no querían esperar tanto tiempo: se juegan sus mayorías escasas en las dos cámaras del Congreso y están en un momento vulnerable.
Aquello abrió la caja de Pandora electoral, algo que se podía presumir en un EE.UU. cada vez más polarizado, más extremista. California, el gran estado demócrata del país, respondió con la misma moneda. Su gobernador, Gavin Newsom, que busca hacer méritos para ser candidato a la presidencia en 2028, anunció un nuevo mapa electoral que hacía ganar a su partido cinco escaños más.
Trump buscó que otros estados se sumaran a la batalla. No lo logró en Indiana, donde una propuesta republicana hubiera dejado a los demócratas sin opciones en ningún distrito (ahora tienen dos). Pero sí en otros estados: los republicanos ganaron uno en Carolina del Norte, otro más en Misuri y dos más en Ohio.
Los demócratas se quitan la careta
Al contrario que la mayoría de los republicanos, los demócratas han mantenido de manera tradicional que el ‘gerrymandering’ es pernicioso, que es una afrenta a los votantes, que hay que combatirlo. Pero el mes pasado se quitaron la careta en Virginia. Aprobaron un mapa electoral que roba cuatro escaños a los republicanos. Hasta Barack Obama, considerado faro de la democracia en EE.UU., apoyó el diseño de un mapa abusivo. En un estado bastante igualado, los demócratas podrían quedarse con diez de los once escaños en disputa. Donde Trump ganó en 2024 el 46% de los votos los demócratas podrían controlar el 90% de los escaños para la Cámara de Representantes. Algo similar a lo que va a ocurrir ahora en Florida con su nuevo mapa: Kamala Harris ganó el 43% de los votos y los republicanos controlarán el 86% de los escaños.
En esta carrera alocada por robar representación a los votantes del otro partido, nadie parece dispuesto a enterrar el hacha de guerra. Trump ha exigido a los republicanos que aprovechen la reciente sentencia del Tribunal Supremo, que limita los diseños electores que protegen el voto de la minoría, para que saquen más tajada antes de las legislativas de otoño.
Los demócratas han cambiado su discurso. «Guerra total, en todos sitios, todo el tiempo», dijo Hakeem Jeffries, el líder de la minoría demócrata en la Cámara Baja, sobre cómo afrontar la batalla del ‘gerrymandering’.
«Siempre he defendido que todos tenemos que jugar con las mismas reglas», defendió esta semana Alexandria Ocasio-Cortez, líder de la facción izquierdista del partido. «Si los republicanos van a rediseñar todos esos estados, por desgracia tenemos que igualarlo hasta que llegue el día en el que podamos dejar atrás todo esto».
La cuestión es cuánto creerán en la democracia los votantes estadounidenses cuando todo eso quede atrás. En medio de una crisis de confianza hacia las instituciones, los políticos echan leña a la hoguera haciendo su voto inútil. En las últimas elecciones, solo el 8% de los 435 escaños de la Cámara se decidieron por una diferencia menor de cinco puntos. La consecuencia es que las elecciones se acaban decidiendo en primarias, donde muchas veces mandan las voces más extremistas de cada partido. Otra sombra en la celebración del cumpleaños de EE.UU.


