Familias enteras llevan ya tres días viviendo con una incertidumbre total. El frío arrecia y las mantas no llegan con la rapidez que las personas las necesitan. Tampoco las inspecciones a los edificios ni a los albergues, lo que ha hecho que muchos damnificados opten … por lo más cercano que tienen: la calle. A la intemperie duermen numerosas familias en Caracas tras el doble terremoto del miércoles, que no ha dejado de tener réplicas.
En la avenida Libertador de Caracas, varias personas se hallan una al lado de la otra en el suelo, con muy pocas colchonetas y sábanas. Los niños se desesperan, buscan con qué jugar, mientras lo poco que llega por parte de los voluntarios es agua y comida. Pero no a todos los lugares llega la ayuda.
Hay damnificados en zonas como Fuerzas Armadas, al este de Caracas, donde las necesidades son aún más elementales: beber agua, volver a darse un baño, poder preparar una comida… Pero, desde el miércoles 24 de junio, fiesta de San Juan y de la Batalla de Carabobo, eso cambió para todos en Venezuela. Nadie sabe qué es la normalidad.
Una anciana que vive en Misión Vivienda, en el municipio de Libertador, no ha podido regresar a su casa después de ser evacuada tras el seísmo. Con lágrimas en los ojos, cuenta a ABC que han sido «días terribles». «Nos ha tocado tener que dormir en la calle: el primer día llovió, tenemos niños pequeños…», relata apesadumbrada.
La mujer nunca pensó que le tocaría vivir algo así. Mucho menos, tener que ver a sus tres nietos, de cuatro, tres y ocho años, pasar las horas entre una pequeña colchoneta y bajo el frío de la noche. «Tratamos de abrigar sobre todo a los pequeños», agrega. Algunas mujeres han dado lo poco que tenían para socorrer a los más necesitados, como los ancianos y los niños.
Durmiendo en el suelo
Esteban Arias es una de esas personas a quien le ha tocado dormir en el frío cemento. Hasta la tarde de este viernes, contaba las horas para que llegara algún tipo de inspección a su edificio y saber finalmente si era habitable o no.
A pesar de la angustia, quienes están en esa situación también piensan en los otros. Incluso reconocen que, en este momento, es más urgente atender a los heridos y destinar esfuerzos para rescatar a los desaparecidos. En medio de la nada, y pese a ser presas de la desesperación, todavía algunos piensan en el destino de los demás.
Yénifer Figueroa también vive en un edificio que sufrió daños por el terremoto. «Nadie ha venido a revisarlo», se queja. «Necesitamos que venga un ingeniero», pide con claridad. Los damnificados quieren tener una respuesta técnica y saber si aún corren peligro o si ya pueden regresar a sus hogares: volver a ver la televisión, prepararse una comida caliente o simplemente jugar con sus hijos.
Muchos niños pasan las horas en estos refugios improvisados sin otra cosa que el recuerdo del terror que sufrieron hace solo tres días. Por ello, algunas socorristas piden que los donantes también se lleven juguetes a los centros de acopio y que no se olviden de los más pequeños. Tampoco de las mascotas, para las que solicitan alimentos.
Yénifer Figueroa dice lo resume así: «Ha sido difícil, los niños están como traumatizados. Al más leve temblor, se ponen a llorar y se asustan. Nosotros estamos vivos es por obra y gracia de Dios».
«Los niños están como traumatizados. Al más leve temblor, se ponen a llorar y se asustan»
Yénifer Figueroa
Damnificada
El número de muertes que ya han confirmado las autoridades venezolanas le da la razón a Yénifer. Los seísmos, de magnitud 7,5 y 7,2, son los más mortales en la historia reciente de Venezuela y han dejado ya un millar de fallecidos y más de 3.300 heridos. Por su parte, la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas ha recibido unos datos no confirmados que advierten de que el número de desaparecidos podría ascender a 50.000.
Los días seguirán pasando lentamente para Venezuela, mientras aumentan los pedidos de maquinaria para continuar las labores de rescate. Pero también crecen los llamamientos de ayuda para las familias que lo han perdido todo. En Caracas ya se han activado algunos albergues. Entre ellos, el Complejo Cultural y Deportivo Guayana Esequiba en el municipio Libertador, el estadio Chato Candela en la parroquia 23 de Enero o la sede del Instituto Nacional de Deportes (IND) El Paraíso. La ONG Cecodap ha registrado unos ocho albergues, entre centros oficiales y espacios comunitarios, para ubicar a quienes no pueden regresar a sus hogares.

