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Donald Trump, alineado con los intereses estratégicos de Israel, entró en la guerra con Irán convencido de que un golpe militar contundente bastaría para asestar un golpe letal al régimen de los ayatolás. Creyó que la superioridad militar estadounidense permitiría doblegar a Teherán en pocos días y forzar una capitulación política. Ha ocurrido lo contrario y, lo peor, nunca imaginó una estrategia de salida.
Lo que presentó como una demostración de fuerza ya se ha convertido en uno de los mayores errores geoestratégicos de este siglo. La guerra no ha estabilizado Oriente Próximo, no ha quebrado al régimen iraní y tampoco ha restaurado una disuasión duradera. En cambio, ha incrementado la tensión regional, ha encarecido la energía y ha introducido un nuevo factor de incertidumbre en la economía global.
Trump se enfrenta además a un problema clásico de su liderazgo: confunde propaganda con realidad. Anuncia victorias inexistentes. Proclama acuerdos de paz antes de que existan garantías mínimas para sostenerlos. El memorándum de entendimiento firmado hace diez días encaja en ese patrón. Trump lo presentó como una conquista personal, prueba de su capacidad para imponer la paz mediante presión máxima. Pero los nuevos ataques iraníes contra intereses estadounidenses en el Golfo y la inmediata represalia de Washington demuestran que aquel acuerdo fue, en realidad, un cierre en falso.
El memorándum evitó resolver las cuestiones esenciales: el alcance real del programa nuclear iraní, el papel de las milicias proiraníes y el control del estrecho de Ormuz. El texto era lo bastante ambiguo para que ambas partes proclamaran victoria. Y precisamente por eso contenía las semillas de su fracaso.
Como ya señalé en una columna anterior, Irán no necesita ganar militarmente esta guerra para salir fortalecido. Le basta con resistir. Le basta con sobrevivir políticamente, mantener intacta su capacidad de desestabilización y demostrar que ni siquiera EEUU puede imponerle una derrota. Eso es exactamente lo que está ocurriendo.
La operación concebida por Trump para proyectar liderazgo ha terminado en una demostración de impotencia. Esta guerra está arruinando su segunda presidencia. Su narcisismo político aparece ya completamente desatado, hasta el punto de recurrir a descalificaciones personales en sus encuentros con otros líderes occidentales. La opinión pública estadounidense observa con creciente rechazo un conflicto de objetivos difusos y costes cada vez más visibles.
El presidente republicano volvió a vender una victoria que la realidad se ha encargado de desmentir. Lo que presentó como paz no fue más que una tregua. Y las treguas construidas sobre ego, propaganda y desconfianza suelen durar exactamente eso: hasta el próximo misil.
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