#Mundo:Israel y Hezbolá empujan al Líbano (otra vez) al abismo: más de un millón de personas obligadas al éxodo en un país ya exhausto #FVDigital

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Huye el cronista como puede de las metáforas manidas y las referencias históricas cuando de escribir sobre el Líbano se trata, pero la realidad no lo pone fácil. El pequeño país del Mediterráneo oriental, creado por el Imperio francés a fin de crear un refugio seguro para los católicos maronitas y consolidar su presencia en el Levante, es sinónimo desde hace medio siglo de guerra y divisiones sectarias, del sueño frustrado de la Suiza de Oriente Medio que dejó de ser (o quizá nunca llegó a ser más allá de otra metáfora forzada).

Cincuenta años después del inicio de la Guerra Civil —quince años de contienda fratricida e internacional a la vez— el Líbano, una estrecha franja de territorio montañoso entre la cordillera del Antilíbano y el mar Mediterráneo de 10.452 km² —la cifra es un eslogan político que reivindican unos y por otros— en la que conviven hasta 18 confesiones religiosa, es de nuevo escenario de una guerra que no es (del todo) la suya, como repiten sus autoridades actuales. Algunos de los actores han cambiado respecto a aquella contienda, no así el hecho ineluctable del conflicto y la destrucción.

Con el lanzamiento de varios cohetes hacia el norte de Israel el 28 de febrero pasado, apenas unas horas después de conocerse el asesinato en un bombardeo israelí sobre Teherán del líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, Hezbolá arrastraba al Líbano a una nueva guerra. O más bien comenzaba una nueva fase de la contienda que había arrancado a finales del verano de 2024.

Golpeada duramente por el Ejército israelí durante aquel otoño, las partes alcanzarían el 27 de noviembre una tregua auspiciada por el entonces presidente electo de EEUU, Donald Trump, que las fuerzas del Tsahal no respetarían —los bombardeos nunca cesaron— justificando los movimientos de rearme de Hezbolá (una reorganización que, a la luz de la resistencia de la milicia en el sur, el tiempo ha demostrado).

Por su parte, la milicia leal a Teherán, un auténtico Estado para un país huérfano de un Estado funcional, evitó, sin embargo, atacar contra territorio o posiciones durante más de un año Tel Aviv mantuvo presencia en cinco puntos del sur del Líbano cercanos a la Línea Azul- israelíes. Hasta el inicio de la agresión israelo-estadounidense contra la República Islámica.

Un éxodo de más de 1,2 millones de personas

No tardarían las fuerzas israelíes en responder militarmente al ataque de Hezbolá —que demostraba así que su lealtad primera es al régimen de los ayatolás— y el día 5 de marzo desde los mandos militares del Tsahal se anunciaba la evacuación forzosa de toda la población comprendida entre el río Litani y la frontera —esto es, un 15% de la superficie libanesa— y del suburbio meridional de Beirut conocido popularmente como el Dahiyeh en vísperas de una inminente campaña aérea.

Duramente castigado ya por la anterior contienda, el espacio llamado a evacuar masivamente concentra, no casualmente, el mayor porcentaje de población chií, base popular de Hezbolá, de todo el Líbano. La orden atañó específicamente a los casi dos centenares de municipios de mayoría o total predominio chií del sur libanés, donde la organización proiraní esconde sus drones y sistemas de lanzamiento de misiles y cohetes, así como a sus combatientes. No así a las localidades de predominio cristiano, menos de un centenar, cuya población se mantuvo mayoritariamente en sus casas aun a riesgo de verse afectada por el fuego cruzado (como ha ocurrido en varios casos).

Las dos órdenes simultáneas provocaron el éxodo de más de 1,2 millones de personas, 800.000 personas de todas las edades residentes en núcleos del sur del país y más de 400.000 del suburbio-bastión de Hezbolá en la banlieu sur de Beirut hacia otras zonas más seguras del centro del país, empezando por áreas céntricas o periféricas de la capital. A ello hay que añadir las miles de personas forzadas a dejar sus hogares desde las poblaciones de mayoría chií del oriental valle de la Becá.

Llovía sobre mojado, porque las tres zonas habían sido ya duramente castigadas por la campaña israelí de finales de 2024, y en parte desalojadas. Y sólo hacía unos meses desde que cientos de miles de familias habían podido regresar a sus hogares (en el mejor de los casos) para tratar de comenzar de nuevo, cuando no para certificar las dimensiones de la destrucción. En cualquier caso, ni en la guerra de 2024 ni en la de este año toda la población civil decide marcharse de sus localidades ante el riesgo de perderlo todo aun a riesgo de perder la vida.

Para hacerse una composición de lugar sobre las características demográficas del país, los 1,2 millones de evacuados suponen más del 20% de la población de un exiguo territorio cuya población oficial roza los seis millones de habitantes. Porque el Líbano alberga una importante población refugiada: cerca de 1,3 millones de sirios (incluidos más de 716.000 registrados en ACNUR) y casi 500.000 refugiados palestinos registrados por la UNRWA, de los cuales alrededor del 53% residen en campamentos oficiales y el 47% en comunidades de acogida. Se trata de datos oficiales, y nadie duda de que las cifras reales son más elevadas.

Durante esta primavera, las agencias de la Organización de las Naciones Unidas (como OCAH y ACNUR) han calificado la situación humanitaria en Líbano como crítica y en constante deterioro. Según análisis de la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria (IPC) de la ONU, 1,24 millones de personas (casi 1 de cada 4 habitantes en Líbano) sufren inseguridad alimentaria aguda. Esto se ha agravado por la quema de campos agrícolas en el sur y el aumento de más del 65% en el precio del carburante.

La sociedad libanesa ha demostrado una enorme capacidad de resistencia en los últimos años, pero a la vez está sometida a una enorme presión. Lo que llevamos viviendo desde 2024 ha exacerbado todo lo que ya venía pasando, pues desde 2019 el país atraviesa una crisis multidimensional. Hay un efecto acumulativo de trauma social que afecta en muchos aspectos a la sociedad libanesa”, recuerda a 20minutos la jefa de la delegación de Cruz Roja Española en el Líbano Alejandra Salvat.

Una capital al límite

Desde comienzos de marzo, Beirut, una ciudad ya castigada por la superpoblación, la deficiencia de los servicios públicos, la escasez de vivienda asequible, los cortes de electricidad o la contaminación, es un refugio al aire libre. Centenares de miles de personas han venido en los últimos meses buscando techo sobre todo en su área metropolitana y comarcas vecinas con suerte desigual.

Las más afortunadas encontraron refugio en viviendas de familiares o amigos o lograron alquilar espacios vacíos. Muchos de los que, teniendo medios económicos para hacerlo, intentan arrendar temporalmente se encuentran con el problema añadido del rechazo de los propietarios a alquilar a población de religión chií por el miedo de dar cobijo, sin saberlo, a miembros de Hezbolá —la organización esconde a sus combatientes entre la población civil— buscados por Israel, lo que, a su vez, está incrementando la brecha sectaria en un país en el que el espectro de la confrontación civil nunca se disipó del todo.

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Otras personas, también afortunadas, unas 150.000, habitan a día de hoy en los 634 refugios públicos colectivos habilitados (principalmente escuelas), los cuales se reportan completamente desbordados y con graves carencias de privacidad y saneamiento. Para otros muchos la solución pasa por dormir en parques o en los escasos espacios públicos abiertos, como el frontal marítimo de la capital, en tiendas de campaña o en el interior de vehículos.

Por otra parte, las mujeres y niñas representan el 52% de los ocupantes en estos refugios improvisados. La situación para la población femenina es especialmente difícil en las actuales circunstancias. “Albergues superpoblados, falta de privacidad, acceso limitado a agua potable y servicios de salud interrumpidos hacen que la menstruación, el embarazo, la atención postnatal y el cuidado infantil sean significativamente más difíciles e inseguros”, explica a este medio Ghewa Nasr, responsable de la ONG local WingWoman Lebanon, cuya labor principal es la dela defensa de la dignidad y la salud y los derechos sexuales y reproductivos” de las mujeres del Líbano. “Estas condiciones afectan particularmente a las mujeres y niñas, mujeres embarazadas, madres recientes, mujeres con discapacidades y mujeres jefas del hogar”, afirma la activista.

El 1 de junio, vuelta a empezar

Después de un mes de horror para la población civil, la tregua alcanzada por EEUU e Irán el 8 de abril supuso un indudable respiro en el Líbano que no tardaría en mostrarse fútil. En el país de las historias cíclicas y la eterna vuelta a empezar, en la ciudad, Beirut, que —otra manida metáfora— ha sido una y otra vez ave fénix a su pesar, la alegría para quienes habían decidido regresar a sus hogares iba a durar poco. Alegando repetidas violaciones del cese el fuego, el primero de junio el Ejército de Israel llamaba nuevamente a la evacuación del Dahiyeh beirutí. Vuelta a empezar.

“Las renovadas amenazas de ataques israelíes el 1 de junio provocaron otra vez una enorme ola de desplazamiento desde los suburbios del sur de Beirut, con miles de familias huyendo una vez más hacia otras partes de Beirut y el Monte Líbano, muchas hacia refugios ya superpoblados o a casas de familiares y amigos”, recuerda a 20minutos el portavoz de la de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) Dalal Harb.

“Muchos pasaron el día en sus autos esperando a ver cómo se desarrollaba la situación. Esto refleja un patrón más amplio en todo Líbano, donde la gente se ve repetidamente obligada a moverse al ritmo de los ataques israelíes y las órdenes de evacuación, en busca de seguridad, regresando a menudo brevemente durante los períodos de calma solo para huir nuevamente cuando la violencia se reanuda”, detalla.

Esta semana se ha producido uno de esos  picos, cientos de miles de personas otra vez con lo mínimo huyendo de sus hogares, pero con incertidumbre, dudando entre volver al norte o quedarse con sus familiares

En medio de la nueva emergencia, la jefa de la delegación de la Cruz Roja Española en el Líbano, Alejandra Salvat, explica a este medio cómo “esta semana se ha producido uno de esos habituales picos, cientos de miles de personas otra vez con lo mínimo huyendo de sus hogares, pero con incertidumbre, dudando entre volver al norte o quedarse con sus familiares”.

Una frágil tregua

La situación en el Líbano sigue siendo extremadamente volátil e impredecible. Aunque los intensos esfuerzos diplomáticos han ayudado a prevenir una mayor escalada en Beirut por el momento, los ataques casi diarios de Israel en el sur del Líbano y otras áreas continúan aumentando la inseguridad, las víctimas civiles y la destrucción generalizada de casas, hospitales e infraestructura civil. Las familias viven con miedo constante, sin saber si o cuándo es seguro regresar a casa”, constata el portavoz de ACNUR en el país levantino. Desde la entidad se denuncia que “a medida que el desplazamiento de población continúa creciendo y se hace cada vez más prolongado, las necesidades humanitarias superan rápidamente los recursos disponibles”.

Así las cosas, en un nuevo giro de guion, la intervención in extremis primero de Trump tras su tensa llamada telefónica al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y la reunión auspiciada en Washington por la Secretaría de Estado entre los embajadores de Israel y Líbano en Estados Unidos permitían esta semana que Beirut y Tel Aviv alcanzaran un acuerdo para la implementación del alto el fuego para el Líbano.

Horas después, no carente de realismo, el presidente de EEUU, Donald Trump, recordaba a sus interlocutores en la Casa Blanca que en esta parte del mundo la tregua equivale a “niveles moderados de violencia”. Y, en efecto, la violencia no se ha detenido en estos tres últimos días. Cierto es que Israel no ha bombardeado los suburbios de Beirut, pero sí sigue castigando objetivos de Hezbolá en el sur y avanzando con sus tropas por el interior del país, y la milicia proiraní continúa enfrentándose a las tropas del Tsahal.

Una parte de los libaneses respira aliviada este fin de semana, pero todos son conscientes de que solo se ha ganado algo tiempo y que un alto el fuego definitivo, por muchas que sean las promesas de las autoridades libanesas sobre un eventual repliegue de su Ejército hacia el sur y el desarme de Hezbolá, exigirá una negociación entre EEUU e Irán, que tendrá que decidir sobre la suerte de la más mimada de sus fuerzas proxy en Oriente Medio.

Estoy muy mal, harta. No quiero buscar trabajo en Beirut, lo que quiero es poder irme del Líbano. El problema es que quiero demasiado a este país.

Finalmente, desde Qlayaa, un pueblo de mayoría cristiana —y, por ende, fundamentalmente a salvo de los estragos de la guerra— situado a pocos kilómetros de la frontera con Israel, la joven Marie Fayad, quien ha evitado marcharse a pesar de la guerra circundante, admite y resume la dolorosa realidad de esta parte del Líbano en un soleado fin de semana de junio.

La localidad se vio sacudida esta semana por la muerte de dos hermanos y su progenitor como consecuencia de fuego de dron israelí que alcanzó su vehículo en la carretera de Khardai cuando los dos jóvenes regresaban de Beirut de hacer un examen. “Estoy muy mal, harta de la situación. No quiero buscar trabajo en Beirut, lo que quiero es irme definitivamente del Líbano. El problema es que quiero demasiado a este país”, confiesa.



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