
La presencia de drones en los cielos de Letonia y Lituania activó días atrás las alertas por amenaza aérea obligando a la población a buscar refugio. Cazas F-18 rumanos que participaban en una misión de vigilancia en el Báltico, guiados por el ejército letón, los derribaron.
Eran drones supuestamente ucranianos que la electrónica rusa desvió a los países bálticos en un atisbo de guerra híbrida. Episodios que revelan el temor prebélico que se vive en aquellas repúblicas que padecieron décadas bajo el imperio de la antigua Unión Soviética y a las que Moscú inquieta con sus ansias expansionistas.
Esas repúblicas bálticas pertenecen a la OTAN, un paraguas defensivo que les garantizó hasta ahora la defensa de sus fronteras. El artículo 5 del tratado del Atlántico Norte establece que un ataque armado contra cualquiera de los países miembros será considerado como una agresión contra todos ellos. Estonia, Letonia y Lituania son con diferencia los países más preocupados por una hipotética retirada de Estados Unidos de la Alianza, el país que posee la mayor fortaleza militar del planeta, y cuyo presidente no para de enviar mensajes de incomodidad a su presencia en la organización atlántica.
De momento EE.UU. ya ha confirmado la retirada de 5.000 militares de Alemania y, aunque desplegará un contingente similar en Polonia, no por motivos operacionales sino por la amistad personal de Donald Trump con su presidente ultra, Marco Rubio ha dejado claro que el repliegue norteamericano en Europa continuará. Polonia comparte más de 200 kilómetros de frontera terrestre con Rusia y es el país de la OTAN que porcentualmente más gasta en defensa, cerca del 5% de su PIB.
A pesar de la insistencia del secretario general de la Alianza en restar importancia a la rebaja de efectivos como algo previsto, en las cancillerías europeas preocupa seriamente una reducción drástica de los compromisos del Pentágono con Europa sin tiempo para un rearme europeo estructurado y capaz de afrontar una grave crisis como lo sería un ataque militar sobre un aliado.
El interés de Washington en reorientar su estrategia hacia el Pacífico conduce a sus aliados atlánticos a pensar que ya no se puede contar con el hasta ahora líder de la Alianza. En Europa se sabe desde hace tiempo que ha de trabajar a fondo en una estructura defensiva propia que le garantice autonomía frente a la imprevisibilidad del actual inquilino de La Casa Blanca, dure lo que dure.
El problema es que eso no se consigue de la noche a la mañana. La dependencia del antes amigo americano es enorme no solo por los efectivos desplegados en las 50 bases militares que hay en Europa, con casi 100.000 efectivos, sino por las capacidades armamentísticas “made in USA” que, de prescindir de ellas, mermarían la defensa del continente. Preocupa especialmente el frenazo al despliegue previsto para este año de los misiles Tomahawk de largo alcance y los hipersónicos, elementos disuasorios para los que la industria de europea de defensa aún no dispone de alternativa.
El compromiso estadounidense sobre el paraguas nuclear no está aún en discusión pero es obvio que Europa ha de ponerse cuanto antes las pilas no solo en la necesaria unidad de acción en materia militar sino en lo que a su industria armamentística se refiere.
No basta con gastar más en defensa, hay que invertir en el desarrollo de una producción propia que garantice la protección de los estados miembros y su acceso a los suministros sin someterse a presiones, imposiciones o chantajes de un aliado despótico, arbitrario y altamente inestable. Sin tiempo que perder.


