Venezuela atraviesa uno de los períodos más difíciles de su historia. Transcurrido ya el primer cuarto del presente siglo, no sólo hemos sufrido las peores consecuencias que pueden derivarse del régimen impuesto por una terrible tiranía criminal (el mayor expolio de nuestras riquezas; las mayores … tasas de homicidios del planeta; la hiperinflación más profunda y prolongada en el continente; la contracción de 80% del PIB en diez años; el peor éxodo migratorio del siglo XXI…), sino que además, desde el pasado 24 de junio, padecemos también los estragos de un terremoto que probablemente haya ocasionado decenas de miles de fallecidos.
Aunque no podemos detener a la naturaleza, debemos ser capaces de lidiar asertivamente con sus manifestaciones más peligrosas. Podemos estudiar y prevenir los riesgos más importantes, para optimizar así los sistemas de respuesta de la administración pública. Pero es precisamente en este terreno donde la tragedia que hoy vive Venezuela alcanza su mayor gravedad.
Si bien un sismo de tal magnitud representa siempre una amenaza considerable, hay países como Japón o Chile que son capaces de superarlo con escasas pérdidas materiales y humanas. En cambio, cuando un terremoto de semejantes proporciones acontece en la Venezuela de hoy, que acumula décadas de desinversión, corrupción y represión, los efectos son trágicamente devastadores.
Como consecuencia de políticas que jamás estuvieron al servicio del ciudadano, y que más bien pretendieron someterlo y explotarlo, el Estado venezolano ya no es capaz de brindar una respuesta coherente y eficaz. En Venezuela vivimos la paradoja de que un régimen socialista y estatista, que reclama para el Estado (o mejor dicho, para sus responsables) la mayor suma de posesiones y atribuciones, ha reducido a su mínima expresión las capacidades estatales.
Frente a un Estado que ha sido degradado desde sus funciones naturales y constitucionales hasta comportarse como enemigo de la población, los venezolanos hemos debido reaccionar con la más poderosa y esencial de las herramientas cívicas: la cooperación ciudadana. Ante un Estado que expropia y castiga, los ciudadanos nos organizamos, nos solidarizamos y afinamos todas nuestras capacidades para dar respuesta a las duras condiciones que el gobierno de facto nos ha venido imponiendo durante años.
Hemos sobrevivido así al brutal aparato represivo que se fue apoderando del sector público en Venezuela. Hemos sobrellevado los problemas de la escasez y la desinversión sostenida por parte del Estado. Hemos tejido redes de solidaridad y aprendizaje ciudadano dentro y fuera de Venezuela, a lo largo de más de veinte países que concentran la mayor parte de nuestra diáspora. Y como todo el mundo sabe, fuimos capaces de derrotar en las urnas a una tiranía experta en fraudes electorales, y de eludir en gran medida la oleada represiva que desató a continuación.
El desafío va ahora mucho más allá. No sólo tenemos el reto de consolidar una unión nacional en la que ya se ha avanzado mucho, enrumbando al país hacia una transición que le permita afianzar sus instituciones, recobrar su libertad, reimplantar la democracia y alcanzar la prosperidad. Ahora también tenemos el reto de hacer todo lo anterior mientras atendemos la terrible emergencia que se deriva de un sismo colosal, en un país donde lo único que saben hacer las instituciones públicas es explotar y castigar al ciudadano.
Hemos tejido redes de solidaridad y aprendizaje ciudadano dentro y fuera de Venezuela, a lo largo de más de veinte países que concentran la mayor parte de nuestra diáspora
Para afrontar tales retos contamos ya con una formidable red ciudadana en múltiples niveles, la «red 600-K», articulada por el Comando Con Venezuela que integran mi partido Vente y todas las organizaciones políticas que suscribieron el acuerdo de Panamá hace unas semanas. La misma red ciudadana que fue capaz de burlar la persecución del régimen de Maduro, vencerlo en las urnas y probar su victoria al digitalizar el 85% de las actas en 48 horas, es la red que ahora se activa para desplegar un gigantesco operativo de solidaridad y atención ciudadana, capaz de brindar una buena parte de la ayuda que nuestra gente necesita en estos momentos.
Mi principal aprendizaje a lo largo de muchos años de lucha por la libertad y la democracia en Venezuela es que siempre debemos confiar en la nobleza, resiliencia, entrega y talento de nuestra gente. Lo he comprobado, cada vez más, con cada obstáculo que nos toca superar. Por eso doy fe de lo que podremos hacer si se permiten las mínimas condiciones necesarias para ello. Y yo estaré con ellos.
Es la hora de trabajar unidos por Venezuela. Es el tiempo para dejar atrás los comportamientos que arrastraron a nuestro país hacia la ruina. Mi mano está tendida para quien demuestre genuina voluntad de trabajar por el bien de nuestra gente. Es el momento, necesario y propicio, para impulsar un gran renacimiento nacional. No tenemos otra opción, ni misión más importante que ésta. Es lo que la gente demanda, y lo que nos exige nuestro mandato popular.


