Holyoke: la ciudad más puertorriqueña fuera de la isla

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Holyoke aparece después de una curva del río Connecticut, en el oeste de Massachusetts, con sus torres de ladrillo todavía en pie y el agua corriendo por los mismos canales que un día movieron sus molinos y fábricas. Llegamos un mediodía de principios de mayo, con el cielo bajo y los arces apenas reverdecidos, a unas dos horas de Boston y fuera de la mayoría de las rutas turísticas. La ciudad tiene alrededor de 40 mil habitantes. Más de la mitad es de origen hispano, en su mayoría puertorriqueño, y eso le da un título que casi nadie espera de un pueblo industrial de Nueva Inglaterra: aquí vive la mayor concentración de puertorriqueños per cápita de Estados Unidos, fuera de la isla.

Esa sola frase basta para justificar el desvío si uno tiene algún vínculo con Puerto Rico. Lo que encontramos en cuatro días de recorrido fue algo más difícil de resumir en una estadística: una ciudad chica que ha trabajado, durante décadas y desde abajo, para volverse un lugar mejor donde vivir y, de paso, un lugar que vale la pena visitar.

La Paper City y los que llegaron después

Holyoke carga su historia en el sobrenombre con que aún se presenta, Paper City. En 1847, aprovechando una caída de casi sesenta pies del río en South Hadley Falls, ingenieros del siglo XIX levantaron una de las primeras ciudades industriales planificadas del país. Cavaron a pico y pala un sistema de canales de varios niveles, hoy monumento histórico nacional, que repartía la fuerza del agua entre decenas de molinos. Para 1885 ninguna otra ciudad producía más papel. En sus mejores años, sus fábricas concentraron cerca del noventa por ciento del papel del país. La población pasó de menos de cinco mil personas en 1860 a más de sesenta mil hacia 1920. En las fábricas trabajaron irlandeses, francocanadienses, polacos, alemanes y escoceses.

Ese pasado sigue a la vista en el ayuntamiento. De una de sus paredes cuelga un mapa antiguo de aquella ciudad planeada, dibujado a vista de pájaro, con cada molino y cada chimenea rotulados. En el segundo piso, una esfera metálica que recuerda que aquí se inventó el voleibol encierra una cápsula del tiempo sellada por el comité del 150 aniversario, con instrucciones de no abrirse hasta el 7 de abril de 2073, el día en que la ciudad cumpla doscientos años.

Cápsula del tiempo del 150 aniversario de Holyoke en el ayuntamiento, sellada hasta 2073
En el segundo piso del ayuntamiento, una cápsula sellada por el comité del 150 aniversario espera abrirse el 7 de abril de 2073, cuando la ciudad cumpla dos siglos.
Crédito: Omar Muñoz | Impremedia

La industria del papel se apagó después de la Segunda Guerra Mundial. Las fábricas cerraron, la renta del centro se desplomó y, en las décadas siguientes, una racha de incendios vació manzanas enteras de casas de vecindad. Por un tiempo, la ciudad cargó incluso con la fama de capital del incendio provocado.

A ese paisaje llegaron los puertorriqueños. Primero como jornaleros de temporada en los campos de tabaco del valle del Connecticut, entre los años treinta y cincuenta. La ola más numerosa llegó en los setenta, cuando la industria ya iba en retirada y los alquileres del centro estaban por los suelos. Se instalaron en los barrios del centro, en South Holyoke y los Flats, que los obreros blancos de los molinos habían empezado a dejar. Más tarde llegaron otros, empujados por la crisis económica de la isla y por el devastador huracán María. Hoy la pobreza ronda el treinta por ciento, más del doble del promedio del estado.

En la oficina del alcalde, las paredes están cubiertas de dibujos y tarjetas hechos por niños de las escuelas, una bandera de Puerto Rico junto a la irlandesa armada con tablas de madera. Ahí despacha Joshua García, el primer alcalde puertorriqueño en la historia de Holyoke, electo en 2021. Nació y creció en la ciudad. Su mensaje, repetido en cada acto, es que el origen no decide quién pertenece: si vives aquí, eres holyoker. Cuando hablamos de los números duros de la ciudad, prefiere hablar de causas sistémicas y de gestión antes que de culpas. Señala una fotografía de un mural y explica los proyectos que tiene en marcha. La conversación sobre por qué Holyoke encogió, dice, sigue pendiente.

Joshua García, primer alcalde puertorriqueño de Holyoke, en su oficina del ayuntamiento
Joshua García, primer alcalde puertorriqueño en la historia de Holyoke, en su oficina, donde una bandera de Puerto Rico hecha con tablas convive con dibujos de niños de las escuelas.
Crédito: Rosalina Estrada | Impremedia

El Distrito Cultural Puertorriqueño de Holyoke

Recorrimos el Distrito Cultural Puertorriqueño a pie, con Stephanie Colón, recién nombrada directora de Nueva Esperanza, la organización comunitaria del barrio. Llevaba apenas unos días en el cargo, aunque trabaja con la organización desde hace años y fue una de las impulsoras del distrito. Son ocho manzanas de Main Street que el estado de Massachusetts reconoció oficialmente en noviembre de 2024 y se trata del segundo distrito de su tipo, después del Paseo Boricua de Chicago. Van de Race Street a South Canal Street, entre torres antiguas y pendones con los rostros de figuras de la comunidad.

Colón va por la calle y la gente la saluda por su nombre. Entramos a varios locales y en todos la reconocen, porque la conocen de toda la vida y porque su abuelo fue pastor de la congregación del barrio. Nos cuenta que viaja a Puerto Rico al menos una vez al año, y que aun así Holyoke es su lugar favorito para vivir. En una ciudad de este tamaño, ese tejido de parentescos y trayectorias sigue siendo visible a simple vista.

Una de las formas más atractivas para recorrer el distrito es a través de sus murales. A unos pasos de las oficinas de Nueva Esperanza, en el 415 de Main, está “La Cultura es Poder”, del Colectivo Moriviví, un grupo de mujeres artistas de Puerto Rico. Lo pintaron en 2023 como parte del proyecto El Corazón de Holyoke, con apoyo de Nueva Esperanza. En el mural, distintos géneros musicales salen por las ventanas y se funden en una estela de colores que desemboca en un cerco de bomba, el ritmo que la diáspora ha llevado consigo a donde va. La frase que lo corona da nombre a todo lo demás.

Mural "La Cultura es Poder" del Colectivo Moriviví en el Distrito Cultural Puertorriqueño de Holyoke, Massachusetts
El mural “La Cultura es Poder”, del Colectivo Moriviví, en el 415 de Main Street, corazón del Distrito Cultural Puertorriqueño de Holyoke.
Crédito: Omar Muñoz | Impremedia

Unas cuadras adentro, en la esquina de Clemente y Sargeant, hay un mural de una mujer mayor de blusa azul con la bandera al pecho, los brazos abiertos sobre una escena de barbacoa familiar. Es Betty Medina Lichtenstein, pintada por la artista Kilia Llano. Betty fue la primera mujer puertorriqueña electa a un cargo público en Massachusetts, en 1985, y durante décadas dirigió Enlace de Familias, una organización al servicio de las familias de la ciudad. En 2019 Holyoke le puso su nombre a una calle. Jason Comcowich, de Nuestras Raíces, la mencionó después como una de las personas que más admira por todo lo que ha hecho por la ciudad, y él ni siquiera nació aquí.

En un antiguo baldío entre Race y Main funciona el Beyond Armour Yard, un patio de contenedores pintados que levantó la organización Beyond Walls junto con la ciudad. Hay bancas, grava, food trucks y conciertos los lunes. Un contenedor lleva la palabra “Puerto Rico” dibujada con la silueta de la isla, obra del argentino Octavio Fragueiro. En otro, su compatriota Maximiliano Bagnasco pintó en blanco y negro a Héctor Lavoe y a Bad Bunny, dos generaciones de la misma música, con la bandera de fondo. Al aire libre se exhibe MATRIA, una muestra fotográfica de la artista Michelle Falcón Fontánez que retrata a cinco mujeres puertorriqueñas ligadas al trabajo comunitario de Holyoke, entre ellas María Salgado-Cartagena, a quien en la ciudad llaman la historiadora del pueblo y cuyo rostro aparece también en los banderines del distrito.

Stephanie Colón, directora de Nueva Esperanza, frente al mural de Héctor Lavoe y Bad Bunny en el Beyond Armour Yard de Holyoke
Stephanie Colón, una de las impulsoras del distrito, en el Beyond Armour Yard, frente al mural de Héctor Lavoe y Bad Bunny pintado por el argentino Maximiliano Bagnasco.
Crédito: Rosalina Estrada | Impremedia

Donde mejor se entiende la comunidad es comiendo

El recorrido terminó en el 325 de Main Street, en De Todo Un Poco, un comedor puertorriqueño con bandejas calientes detrás del vidrio. Una mano enguantada movía las pinzas sobre el pernil deshebrado; al lado, bacalao guisado con cebolla, ensalada de camarón y arroz con gandules teñido de achiote. Pedí pernil, arroz con gandules y unas habichuelas guisadas, y una Malta India bien fría. El lugar tenía el aire de una cocina de casa abierta al barrio.

“Me sorprende que no nos hayamos encontrado a mi abuelo aquí”, dijo Colón cuando nos sentamos. “Siempre viene a comer como a esta hora”. Ahí nos contó la historia de su familia, y era evidente el amor por su ciudad y por su gente. Frances Santos, la dueña de De Todo Un Poco, empezó con un servicio de catering, trabajó durante años de la mano de Nuestras Raíces y con el tiempo abrió el restaurante. Cada noviembre sirve una cena de Acción de Gracias a las personas sin hogar del barrio. En Holyoke casi todos conocen esa historia, igual que conocen el papel del alcalde y del comité de las patronales, o el trabajo de Jason en la granja. Nadie lo presenta como un eslogan. Simplemente saben quién hace qué, y se reconocen entre sí.

Plato de pernil, arroz con gandules y habichuelas guisadas con Malta India en un comedor puertorriqueño de Holyoke
Pernil, arroz con gandules y habichuelas guisadas, acompañados de una Malta India, en De Todo Un Poco, sobre Main Street.
Crédito: Omar Muñoz | Impremedia

Esa idea de comunidad se ha vuelto frecuente en campañas con poco detrás. En Holyoke describe un trabajo concreto, y buena parte de ese trabajo gira alrededor de la comida. La prueba más reciente es un libro. Se llama Sláinte & Sabor, lo publicó la ciudad junto con Nueva Esperanza y reúne recetas y relatos de los vecinos. El nombre cruza dos comunidades en una sola portada: sláinte es el brindis irlandés por la salud, herencia de aquellos obreros de los molinos, y sabor es lo que pusieron los que llegaron después. El recetario pone por escrito recetas y platillos que antes se transmitían de boca en boca, y lo recaudado por cada ejemplar sostiene el distrito cultural.

Una pregunta pertinente ante un plato así, es de dónde salen sus ingredientes. El sofrito, base de buena parte de la cocina puertorriqueña, depende del recao y el ají dulce. En el clima de Massachusetts esos cultivos solo prosperan entre mayo y octubre, y rara vez aparecen frescos en los supermercados de la región. La cultura encuentra en la comida una de sus expresiones más poderosas, y por ello han construido redes de apoyo para poder asegurar los insumos.

La Finca, a la orilla del mismo río

El último día, bajo llovizna, llegamos a La Finca, la granja urbana de Nuestras Raíces, en el 24 de Jones Ferry Road. La organización nació en 1992, cuando un grupo de agricultores boricuas limpió un lote lleno de basura en South Holyoke y sembró ahí el primer huerto comunitario de la ciudad. De ahí el nombre. Hoy mantiene una red de huertos por toda la ciudad y treinta acres de granja a la orilla del río Connecticut, el mismo que un siglo antes movía los molinos.

Nos recibió Jason Comcowich, director de desarrollo, que antes pasó cerca de una década en cocinas. Hay invernaderos, un granero, una tienda con el letrero “Farm Store / La Tienda” y un vehículo convertido en mercado rodante que lleva verdura fresca a los barrios con poco acceso a alimentos. La Finca presta tierra a alrededor de quince agricultores latinos de ingresos bajos o moderados, que cultivan justamente lo que no se consigue barato en el supermercado: recao, ají dulce, calabaza, gandules. Los que tienen experiencia le enseñan el oficio a los más jóvenes. Es la otra punta del hilo que empieza en las bandejas de De Todo Un Poco.

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Jason Comcowich, de Nuestras Raíces, muestra una camiseta del programa Nuestros Árboles Nuestra Salud en La Finca, Holyoke
Jason Comcowich, director de desarrollo de Nuestras Raíces, con la camiseta del programa “Nuestros Árboles, Nuestra Salud”, en La Finca, la granja urbana de la organización a la orilla del río Connecticut.
Crédito: Rosalina Estrada | Impremedia

Nuestras Raíces hace algo más que sembrar. Trabaja la calidad del aire y del agua heredada del pasado industrial; uno de sus programas, “Nuestros Árboles, Nuestra Salud”, planta y cuida arbolado urbano en una ciudad con problemas de aire desde sus tiempos de fábrica. Jason nos mostró una camiseta con ese logo, un árbol con familias bajo la copa, mientras hablaba con una pasión que contagiaba a pensar que los proyectos que implican el bienestar de los que están a nuestro alrededor son a lo que deberíamos enfocarnos.

El recetario, la comida que se sirve en el comedor del barrio, los murales del distrito y la tierra de La Finca responden a un mismo propósito por medios distintos: mantener viva y transmisible la cultura puertorriqueña de la ciudad.

Jardín de hierbas medicinales en La Finca, la granja urbana de Nuestras Raíces en Holyoke
El jardín de hierbas medicinales de La Finca, los treinta acres que Nuestras Raíces cultiva a la orilla del río Connecticut, donde crecen recao, ají dulce y otros ingredientes de la cocina boricua.

Ciudades hermanas

La red se extiende quince minutos al sur, a Springfield. El alcalde García las llama ciudades hermanas, y la misma comunidad hispana de la región se mueve entre las dos como si fueran una. A lo largo del corredor latino visitamos negocios que han recibido apoyo de la Corporación de Desarrollo Económico Latino de la zona. Por ejemplo, Break Time, la primera sala de la furia de la región, donde se paga por entrar a romper cosas viejas, abierta por la puertorriqueña Nilka Correa, o Bella Luna, un espacio de estética y bienestar de Maricely Cancel-Ortiz y Abigail Salas. Todas ellas tienen historias de un éxito que solo puede hallarse cuando hay una red de apoyo comunitario detrás.

Nilka nos contó que familiares suyos llegaron sin nada y que Nueva Esperanza los ayudó a levantarse. Cuando le dijimos que esa misma mañana habíamos estado con Stephanie, la conversación cambió de tono. Habló del trabajo de la organización con una gratitud que no se podía fingir. Esa validación, dicha por alguien que no tenía por qué decirla, fue lo que mejor explicó la palabra que tanto se repite en Holyoke.

Cuándo ir y por qué

Si uno tiene cualquier vínculo con Puerto Rico, la historia de Holyoke termina sintiéndose propia, y conviene conocerla en persona. El momento más vivo para hacerlo es a finales de julio. Del 30 de julio al 2 de agosto de 2026, Nueva Esperanza celebra el quinto aniversario de las Fiestas Patronales, cuatro días de música, baile y comida dedicados ese año al pueblo de Naranjito, en lo que se ha vuelto el mayor evento latino del oeste de Massachusetts, con un promedio de entre treinta mil y cuarenta mil asistentes a lo largo del fin de semana.

El resto del año, el distrito cultural se camina en una mañana, entre murales, restaurantes, música saliendo de los negocios y casas, con el Armour Yard como parada obligada. La Finca recibe visitas si se coordina con anticipación. Holyoke no llegó todavía al radar de las guías de viaje, y por eso mismo vale el desvío: es una ciudad que se rehízo a sí misma, a la orilla del mismo río que un día la levantó, y que hoy le dice algo a cualquiera que entienda lo que significa hacer comunidad lejos de casa.

Cómo visitar Holyoke

Dónde: Oeste de Massachusetts, junto a Springfield, a unas dos horas de Boston por carretera. Conviene llegar en auto. El aeropuerto más cercano es Bradley (BDL), a unos 30 minutos.

Distrito Cultural Puertorriqueño: ocho cuadras de Main Street, de Race a South Canal. Se camina en una mañana, entre murales y restaurantes. No se pierda “La Cultura es Poder” (415 Main), el mural de Betty Medina Lichtenstein (Clemente y Sargeant) y el Beyond Armour Yard, entre Race y Main.

Fiestas Patronales 2026: del 30 de julio al 2 de agosto, quinto aniversario, dedicadas a Naranjito.

La Finca (Nuestras Raíces): 24 Jones Ferry Road. Revisar antes mercados y actividades abiertas al público.

Comer: De Todo Un Poco Restaurant & Bake Shop, 325 Main Street, cocina puertorriqueña de diario

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