Uno de los memes recurrentes de Donald Trump en redes sociales es poner la bandera de Estados Unidos sobre el mapa de algún país vecino, como si fuera un estado más de la Unión. El último ejemplo ha sido con Venezuela, en un mensaje … en el que Trump se ha referido a ese país como estado número 51, aunque debiera haber escrito un número más alto, pues ya lleva al menos otros dos territorios sobre los que ha expresado deseo de anexión: Canadá y Groenlandia.
A la lista se podría añadir Cuba, para la que Trump propone una suerte de protectorado como el que mantiene sobre Venezuela, y tal vez Puerto Rico. El presidente-magnate no se ha pronunciado sobre la posibilidad de que esta isla se sume a las 50 estrellas que figuran en la bandera estadounidense, como desde hace tiempo aspira una parte de los puertorriqueños, pero es evidente que este enclave, dependiente de EE.UU. como un «estado libre asociado», ha recobrado importancia estratégica para Washington con el actual despliegue militar en el Caribe.
Si ciertos imperativos geopolíticos, aunque no supongan una legitimización, dan sentido tanto al interés estadounidense por Groenlandia como a una actuación en el Ártico que reclame libertad de paso a través de Canadá, plantear la incorporación de Venezuela a Estados Unidos es tan hiperbólico que, aunque haya sido una broma, subraya de modo estentóreo la actitud imperial con que Trump se relaciona con el mundo y, muy singularmente, con los países vecinos.
Ese neoimperialismo está expresado, a nivel de doctrina, en las estrategias de seguridad y de defensa nacional publicadas los últimos meses. A nivel cartográfico queda plasmado en el término «Gran Norteamérica», que la Administración Trump ha comenzado a usar para delimitar el perímetro de seguridad donde desea ejercer un control más o menos directo: de Groenlandia al Ecuador y de Alaska a Guyana.
Consternación en Venezuela
Pero si en esos documentos y declaraciones formales la Administración Trump mide sus palabras, aunque sin ocultar del todo su aspiración de dominio vecinal, los memes del presidente dejan al descubierto la brutalidad del desprecio con que trata a naciones soberanas. Las barras y estrellas sobre el mapa de Venezuela hablan claramente de la relación neocolonial a la que Trump está sometiendo a ese país. Sin hacer caso de la voluntad popular que otorgó la victoria a Edmundo González en las elecciones de 2024 y dando por válida la usurpación de Nicolás Maduro, en una dictadura continuada por Delcy Rodríguez, Trump se ha entregado sin otra preocupación a la explotación petrolera del país caribeño.
Venezuela es el pozo donde el predicamento de Trump en la región se hunde. El trato que da a ese país también le erosiona entre los propios estadounidenses: la guerra de Irán le resta apoyos en el mundo MAGA, pero al menos en el Golfo Pérsico se enfrenta a un régimen sádico que oprime a su pueblo. En Venezuela, Trump aplaude al abusador y de momento ha demostrado hacer muy poco por el abusado.
La publicación de Trump en Truth Social donde habla de Venezuela como estado 51. de Estados Unidos.
(EFE)
Esa actitud ha causado una profunda consternación entre los venezolanos y memes como el de la bandera recuperan el resquemor antiyanqui tan arraigado en Latinoamérica. Es posible que ni siquiera la ola de derecha que vive el continente, con presidentes y candidatos en muchos casos alineados con Trump, resista a ese sentimiento de rechazo del desprecio con que la presente Administración estadounidense trata a los países de su entorno.
Puerto Rico, despechado
Uno de los lugares donde mejor podría medirse esa reacción es en Puerto Rico. Con el despliegue naval de Estados Unidos en el Caribe para acabar con las narcolanchas, mantener la presión sobre Venezuela y llevar a cabo el bloqueo petrolero de Cuba, Puerto Rico ha recobrado la importancia estratégica que tradicionalmente había tenido y que explica que Estados Unidos lo haya retenido durante más de un siglo, sin darle la independencia a pesar del coste que el déficit puertorriqueño supone para las arcas federales.
La desconsideración con que Trump ha tratado hasta ahora a Puerto Rico se ve acentuada con su broma sobre la anexión de Venezuela, supuestamente ofreciendo algo a los venezolanos que nunca ha querido para los puertorriqueños
Concluida la Guerra Fría, EE.UU. acabó desmantelando las grandes instalaciones militares que tenía en la isla principal y pequeñas islas adyacentes y cabía pensar que llegara un día en que dejara Puerto Rico a su suerte. Ese creciente desinterés de Washington explica que siempre haya hecho oídos sordos a la petición de ‘estadidad’ (integrarse del todo en EE.UU., como un estado más) que repetidas veces, en referéndums no vinculantes cada vez más frecuentes, ha venido haciendo algo más de la mitad de sus habitantes. Revalorizado de nuevo este territorio en términos de estrategia militar y en el contexto de la presidencia imperial de Trump, podría imaginarse que este planteara la plena incorporación de Puerto Rico a la Unión.
Pero no ha sido así. De hecho, la desconsideración con que Trump ha tratado hasta ahora a la isla se ve acentuada con su broma sobre la anexión de Venezuela, supuestamente ofreciendo algo a los venezolanos que nunca ha querido para los puertorriqueños. Todo esto puede acabar impulsando la convicción de la conveniencia de un mayor distanciamiento y autonomía respecto de Washington o incluso la independencia.


