¿Quién es Abelardo de la Espriella, el aparecido en la política electoral colombiana y hoy presidente electo para el periodo 2026-2030 por el movimiento Defensores de la Patria?
¿Qué hay detrás de su puesta en escena permanente, el tono de sus palabras … y gesticulaciones? ¿Se reduce a histrionismo o detrás del personaje candidato aparecerá a partir del próximo 7 de agosto, cuando reemplace a Gustavo Petro, el presidente que pueda liderar acercamientos a favor de ese país que ha prometido gobernar para todos?
Y ya montado en el poder, ¿evolucionará hacia un personaje más incluyente, respetuoso de la diferencia y consciente de las brechas sociales y económicas del tercer país más desigual del mundo? ¿O profundizará su tono machista y efectista contra las minorías, priorizando la confrontación en un país fracturado?
‘El Tigre’, según De la Espriella, es un apodo reciente que nace de una expectativa del expresidente Álvaro Uribe Vélez, quien hace tres años, pensando en candidatos, dijo buscar un tigre –en referencia a una persona muy fuerte y decidida– que pudiera llevar a la derecha al poder nuevamente. No es claro si en ese momento hubo conversaciones y este abogado, que el 31 de julio cumple 48 años y menos de uno en la política electoral, empezó a acariciar la idea de la Presidencia.
Lo cierto es que Abelardo no se matriculó en el Centro Democrático y siguió con su vida de empresario exitoso, penalista, cantante, diseñador de moda masculina, escritor de novelas policiacas, productor de ron e importador de vinos, restaurantero y asesor inmobiliario en Miami, con una vida repartida entre Italia, Estados Unidos y Colombia, tres países de los cuales es nacional. Así siguió consolidando su personaje de hombre nacido en Bogotá, pero hijo de la región deñ Caribe y criado cómodamente en Montería, con gran personalidad y sin recato en ostentar su riqueza o su pensar. Muy al estilo Trump.
Pasado controvertido
Precisamente es en torno a la financiación de su campaña, que dijo haría por cuenta propia para no deberle nada a nadie, y al origen de su fortuna donde han surgido los mayores interrogantes. La poca claridad sobre su patrimonio y el éxito real de sus empresas han dejado un manto de duda que él desestima como envidia. Pero varios periodistas del país que lo han investigado han sido señalados por sus abogados y seguidores, que él denomina «la manada». Sorprende, porque De la Espriella trabajó como periodista y comentarista de radio, plataformas que contribuyeron a su visibilidad.
Los cuestionamientos se concentran en dos frentes. El primero, en 2008, su papel como representante de David Murcia, quien con su esquema de pirámide financiera arruinó a miles de personas en Colombia, y de quien en ese entonces recibió 760 millones de pesos (equivalente a 194.000 euros) para hacer ‘lobby’ en el Congreso. Pero, al parecer, eso no sucedió. El otro flanco viene de su lista de clientes, entre ellos dos congresistas vinculados al paramilitarismo, el estafador Diego Murcia, y Alex Saab, testaferro de Maduro.
Tal vez su filosofía le sirva para afrontar estos próximos cuatro años de alabanzas y cuestionamientos: «La vida es una pelea de boxeo. No triunfa quien más pegue, sino quien más coñazos aguante». Y Abelardo parece que los aguanta bien. Al menos en la imagen, siempre producida, como fue evidente durante la campaña; impecable, vistoso y con cierta altanería que lo hace detestable para muchos y un referente de carácter, buen gusto y triunfo personal para el resto; una figura aspiracional.
Una política felina
Declarado como uno de los «nunca», término central en sus mensajes de campaña, Abelardo se define como un colombiano de los que nunca han robado dinero del Estado, nunca han hecho politiquería, nunca ha traicionado al pueblo colombiano y nunca ha vivido de cargos públicos, por lo cual tiene las credenciales para forjar la Patria Milagro –otra de sus consignas– lejos de la corrupción.
Es cierto, Abelardo se desmarcó de los partidos políticos tradicionales y su dirigencia nacional, pero para ser elegido contó con el apoyo de varios clanes políticos y religiosos de diferentes regiones del país.
«La vida es una pelea de boxeo. No triunfa quien más pegue, sino quien más coñazos aguante»
Abelardo de la Espriella
Presidente electo de Colombia
Hay que reconocer que en Colombia la clase política se acomoda a todo con tal de no perder presencia y acceso a rentas y cargos. Eso lo sabe bien el presidente electo y, estratégicamente, eligió las fichas regionales que movería a favor de su elección: el partido Cambio Radical, el clan político-empresarial de los Char, en el norte del país; el ultraconservador y magro movimiento Salvación Nacional; grupos cristianos que mueven fe y votos, líderes regionales de partidos tradicionales; y, ya en segunda vuelta, la mano tendida al huérfano Centro Democrático.
Aunque la billetera le alcance para costear su campaña, a lo que se suma la reposición de votos que paga el Estado, el liderazgo regional y la gobernabilidad con alianzas en el Congreso se aliña de otra forma. Allí se verá el talante real de De la Espriella, su capacidad de negociación o su testarudez, el paso del candidato estrella al gobernante que cree en el modelo gobierno-oposición, pero no tiene experiencia en eso que se llama la cosa política.
Aunque Colombia es un país marcado por la fe, los colombianos cada vez creen menos en milagros y mesías. Como lo han demostrado gobiernos anteriores, la presión de la calle, la disparidad territorial, los intereses sectoriales, el fraccionamiento social y la compleja realidad colombiana han sido siempre más ágiles que cualquier tigre.


