En Pompeya, epicentro de incendios en Chile, no hay tiempo para llorar…

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Quilpué (Chile), 4 feb (EFE).- En el campamento irregular ‘Pompeya’, una de las ‘zona cero’ de los mortíferos incendios que han arrasado miles de casas y segado la vida de casi un centenar de personas en la región costera de Valparaiso, apenas se escuchan ya lamentos.

El clamor que se mezclaba con la desesperación cuando el viernes aparecieron las llamas, ha sido sustituido por una sinfonía de chapas que se amontonan, palas que se arrastran y golpes de martillo sobre maderas irregulares.

Sonidos acompasados sobre una horizonte desolador que replica el horror que sobrevuela los barrios arrasados tras bombardeos como los que sufren Yemen, Ucrania o Gaza.

Columpios tristes, piscinas de goma abandonadas, juguetes quebrados y decenas de hierros ennegrecidos, coches calcinados y una capa gris formada por cientos de brasas dormidas envueltas en el humo de las cenizas.

“Solo en este sector han muertos al menos nueve personas”, varios ancianos y dos madres con sus hijos pequeños», explica a EFE Ofelia, coordinadora del campamento y presidenta del Comité Fuerza y Esperanza.

“Tener una casa, eso es lo que necesitamos. Antes del invierno, usted sabe que los inviernos aquí son crueles y aquí hay niños y personas mayores”, explica mientras gestiona con otras vecinas la comida, en forma de «olla común” para todos.

“Pero como somos bien realistas, y eso no va a pasar ahora, nuestras necesidades básicas son agua, alimentos, leche, pañales, vestuario, zapatos, ropa de abrigar, y colchones, que han llegado pero no han dado a basto para todos”, enumera.

Lo que tampoco ha llegado son los materiales de construcción, que igualmente no esperan, por eso muchos comenzaron ya a reconstruir con lo que quedó menos dañado.

Juan, empleado de un restaurante de comida rápida, ha levantado ya varios paneles, y con dos de sus primos levanta las primeras vigas: un palo hundido en el suelo y una madera que pretende que mañana sean el pilar de un hogar.

De momento vive en una carpa. Y ya le ha llegado un colchón reglado por una de las comunas del norte del país, por lo que se cuenta entre los afortunados.

Y lo celebra mientras golpea con determinación los clavos, con cumbia que sale con estruendo de un reproductor de música a la sombra de las chapas.

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Tiene más suerte que sus vecinos, que se arraciman en un auto completamente quemado: el capó sirve de mesa improvisada y varias tablas permiten tumbarse y resguardarse del sol, que vuelve a picar con fuerza al mediodía.

Al menos corre una fresca y ligera brisa, y no hay indicios de que vaya a volver el viento que el viernes pasado se convirtió en su peor enemigo.

Al igual que Ofelia, José, padre de dos hijos, aseguró que fue todo muy rápido y atroz. En cuestión de segundos esta amplia y mísera barriada del extrarradio de Viña del Mar en Chile, en la que malviven 320 familias, se vio abocada al infierno.

“Veíamos las llamas en los cerros, pero no creímos que iba a llegar. Y estaban esos otros campamentos antes. Pero de repente el viento cambió y apenas nos dio tiempo a salir, a correr. Muchos no pudieron”, explica a EFE mientras trasiega entre los escombros.

“Esta tragedia no viene desde el viernes”, precisa Ofelia. “Nosotros no tomamos ninguna importancia porque no creímos que iba a llegar hasta acá. En quince minutos se quemaron las tomas (asentamientos ilegales) de atrás. Después las casas de delante y al final fue una caótica de fuego”, insiste.

“Muchos vecinos no quisieron dejar sus casas. Hubo muchas pérdidas humanas y murió mucha gente acá”, agrega Ofelia, que explica porqué no queda espacio para el luto.

La pobreza, señala, no da tregua. Todos tienen que trabajar este lunes para poder comer y dar de comer a sus hijos, y les gustaría que al llegar a casa, al menos, le espere un techo: aunque sea de lata, con cuatro paredes -aunque sea de madera fina- y un colchón limpio donde descansar algunas horas.

EFE, Javier Martín



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