El problema de los partidos en el poder: todos quieren ser presidentes

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Ernesto Rodríguez Politólogo

La reelección, la sucesión y la ambición personal son ingredientes que siempre terminan por romper la unidad de los partidos políticos cuando están en el poder. El Partido Revolucionario Moderno (PRM) no escapa a esa regla. La estructura que hoy lleva las riendas del Estado dominicano exhibe ya las señales de lo que puede convertirse en una disputa abierta por la candidatura presidencial, con figuras que hoy ocupan cargos ejecutivos y que miran hacia el 2028 con apetito propio.

Tradicionalmente, la carrera por la nominación en el partido oficialista solía estar marcada por el dedo del presidente. Pero esta vez el escenario es distinto. Varios funcionarios de alto perfil han empezado a caminar en paralelo, sin que el Palacio haya dado señales claras de un ungido oficial.

Carolina Mejía, alcaldesa del Distrito Nacional y secretaria general del PRM, es la figura con mayor reconocimiento público fuera y dentro del partido. Aunque nunca lo ha dicho de forma explícita, su círculo cercano alimenta constantemente las especulaciones. Su gestión municipal y su perfil bajo en escándalos la presentan como una opción técnicamente sólida, y en los sectores empresariales goza de cercanía y confianza.

Wellington Arnaud, director general de INAPA, suma trayectoria institucional y una base de poder propia dentro del PRM. No construye su aspiración desde un ministerio de exposición económica, sino desde la gestión del agua y el alcantarillado, un tema sensible y de alta visibilidad ciudadana.

David Collado, ministro de Turismo, tiene la ventaja de un sector propio y un flujo constante de noticias positivas: llegada de turistas, inversiones, recuperación de hubs. Eso le permite construir una narrativa de gestión visible sin necesidad de buscar titulares ajenos a su cartera. Él mismo lo dijo sin ambages en una entrevista reciente: medirá su carrera cuando toque.

Yayo Sanz, ministro de Industria, Comercio y Mipymes, maneja una cartera central para la economía y tiene presencia en sectores productivos, gremios y zonas francas. Eso le da una plataforma nacional para proyectarse, aunque su exposición pública sea más medida.

Felipe (Fellito) Suberví, director de CAASD, aparece menos en actos masivos, pero su posición al frente de la Corporación de Acueducto y Alcantarillado de Santo Domingo le da control sobre un sector estratégico y vínculos con actores empresariales y comunitarios. No será protagonista de las encuestas grandes, pero en la geometría del PRM nadie sobra: los votos se suman por bloques y puede que su apoyo sea el que marque la diferencia en una convención cerrada.

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Guido Mazara, presidente de Indotel, completa el mapa de figuras con peso interno. Su perfil en el ente regulador de telecomunicaciones le da presencia en el sector tecnológico y empresarial, además de cercanía con actores de la comunicación y los negocios digitales. Su capital político se construye más desde la influencia sectorial que desde el protagonismo de plaza pública.

Mientras el presidente Abinader administra su segundo y último año completo antes de la campaña, los precandidatos también tienen que mostrarse leales y al mismo tiempo diferenciarse. La arquitectura del poder los obliga a ese equilibrio imposible: son socios obligados y competidores anticipados. Eso genera tensiones en reuniones de gabinete, en recorridos, en las declaraciones y, sobre todo, en los contactos con los dirigentes provinciales y municipales que son los que definen las convenciones.

Históricamente, los partidos que gobiernan suelen perder la próxima elección presidencial cuando no logran resolver la sucesión de forma limpia y temprana. Las luchas internas desgastan, exponen divisiones y facilitan que la oposición capitalice las fisuras. El PRM tiene la ventaja de que la economía va bien y que el presidente mantiene popularidad, pero la desventaja de que ya no existe la cohesión de la oposición: ahora el enemigo está adentro, y es uno mismo.

Si la dirigencia del partido no diseña reglas claras para la selección del candidato —una convención transparente, un método de consenso o un acuerdo sobre la figura de consenso—, el riesgo es que las diferencias se conviertan en fracturas. Los dirigentes que hoy se sientan en el mismo Consejo de Ministros podrían terminar encabezando corrientes rivales, y el “todos quieren ser presidentes” dejaría de ser una frase periodística para convertirse en un conflicto institucional dentro del propio partido.

No es solo una candidatura. Es el modelo de cómo el PRM maneja su propia democracia interna. Si logra una competencia ordenada y legitima a su abanderado, saldrá fortalecido. Si se desgasta en peleas de pasillo y denuncias de filtraciones, el daño puede ser irreparable de cara al 2028. Porque el problema de los partidos en el poder no es solo la ambición personal; es la incapacidad de administrar esa ambición sin que el Estado se convierta en campo de batalla.

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