Tulsi Gabbard llegó al segundo gabinete de Donald Trump como una anomalía política y sale de él como una baja anunciada. La directora nacional de Inteligencia de Estados Unidos ha presentado su dimisión al presidente este viernes y dejará el cargo el 30 … de junio. La versión oficial es que su marido, Abraham Williams, padece una forma «extremadamente rara» de cáncer óseo y Gabbard ha decidido apartarse para acompañarle en el tratamiento. Pero su salida llega también después de meses de fricciones internas, pérdida de influencia y distanciamiento con el núcleo duro de seguridad nacional de la Casa Blanca, especialmente por las intervenciones militares en Venezuela e Irán.
Gabbard notificó su decisión a Trump en una reunión en el Despacho Oval. En su carta formal de dimisión, expresó su gratitud por la confianza del presidente y por la oportunidad de dirigir durante año y medio la Oficina del Director Nacional de Inteligencia. «Desafortunadamente, debo presentar mi dimisión, efectiva el 30 de junio de 2026», escribió. Después añadió la razón central de su marcha: «Mi marido, Abraham, ha sido diagnosticado recientemente con una forma extremadamente rara de cáncer óseo».
Antes de que Gabbard presentara su dimisión, ya había caído una de sus piezas clave: Joe Kent, su antiguo jefe de gabinete y director del Centro Nacional de Contraterrorismo. Kent dejó el cargo tras menos de ocho meses en protesta por la guerra de Irán y después rompió públicamente con la Administración Trump con críticas muy duras a la intervención. Su salida debilitó aún más a Gabbard dentro de la Casa Blanca.
La dimisión cierra una etapa política complicada para una secretaria que fue diputada demócrata durante ocho años, candidata presidencial en 2020, militar y una de las voces más visibles contra las guerras de cambio de régimen antes de convertirse en aliada y defensora de Trump. Su llegada al cargo de directora nacional de Inteligencia fue una de las decisiones más provocadoras del presidente, por elegir a una diputada demócrata de Hawái conocida por una postura poco crítica, casi apaciguadora, con adversarios como Rusia o Irán.
Sobre el papel, Gabbard supervisaba las 18 agencias de inteligencia de Estados Unidos. En la práctica su peso real fue disminuyendo a medida que avanzaban las decisiones más delicadas del mandato. En la operación que culminó con la captura de Nicolás Maduro en Caracas y su traslado a Nueva York, Gabbard no fue una de las voces centrales. Tampoco lo fue en la guerra contra Irán, incluida la campaña contra sus instalaciones nucleares y militares.
En los momentos decisivos, Trump se apoyó sobre todo en un círculo reducido formado por la jefa de gabinete, Susie Wiles; el secretario de Estado, Marco Rubio; el secretario de Defensa, Pete Hegseth; y el director de la CIA, John Ratcliffe.
Ratcliffe, que técnicamente estaba por debajo de Gabbard en el organigrama de inteligencia, acabó ocupando de facto el espacio de principal consejero de inteligencia del presidente, el enviado a Caracas tras la caída de Maduro y ahora a Cuba en una campaña de mayor presión. Esa fue una de las señales más claras del desplazamiento interno de Gabbard.
En una Administración donde la proximidad personal a Trump pesa tanto como el cargo formal, la directora nacional de Inteligencia fue perdiendo acceso, presencia y capacidad de intervención en los casos de mayor riesgo. Por la Casa Blanca se la veía poco.
Pérdida de influencia
La escena que mejor resume esa pérdida de poder se produjo antes de la guerra con Irán. En una reunión clave de mediados de febrero entre Trump y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, estuvieron los principales responsables políticos y militares de la operación, pero no Gabbard. Tampoco estaba el vicepresidente J. D. Vance. Cuando la Casa Blanca difundió después una imagen de Gabbard y Vance en la Sala de Crisis con varios miembros del gabinete, la fotografía tuvo más aspecto de gesto de inclusión tardía que de prueba de mando real. Desde entonces, su presencia pública en los grandes expedientes exteriores fue cada vez menor.
While Secretary Rubio was accompanying President Trump at Mar-a-Lago during the operation in Iran, JD Vance was in the Situation Room in Washington alongside Tulsi Gabbard.
Politically speaking, that says a lot… pic.twitter.com/QjxTRwJtek
— Emmanuel Rincón (@EmmaRincon) February 28, 2026
Gabbard arrastraba una trayectoria política difícil de encajar en una Administración que ha decidido usar la fuerza con rapidez y sin reparos. Durante años fue una crítica feroz de las intervenciones militares de Estados Unidos en Oriente Próximo. Antes de llegar al Gobierno se presentó como una voz contraria a una guerra con Irán. Esa posición, que en otro momento le ayudó a conectar con el trumpismo más aislacionista, se convirtió en una carga cuando Trump decidió golpear al régimen iraní y sostener una campaña militar de largo alcance.
Ella misma fue miembro de la Guardia Nacional del Ejército de Hawái, desplegada en Irak en 2004 y 2005, y después sirvió también en Kuwait. Alcanzó el rango de teniente coronel en la Reserva del Ejército antes de meterse en política.
Gabbard trató de ganar espacio con una agenda propia, sobre todo defendiendo desclasificación de documentos secretos, denuncias de politización de las agencias durante las administraciones de Barack Obama y Joe Biden, y hasta investigaciones sobre fraude electoral dentro de Estados Unidos. Hasta se la llegó a ver en un registro de material electoral en Georgia.
Ese último frente generó incomodidad porque las elecciones internas quedan lejos de la función ordinaria de la Dirección Nacional de Inteligencia, centrada en amenazas exteriores. Para sus críticos, era un intento de mostrar sintonía con las prioridades de Trump.
Círculo reducido
La salida de Gabbard permite al presidente recomponer una comunidad de inteligencia que ya funcionaba, en los hechos, bajo la influencia creciente de Ratcliffe y de la CIA. También elimina una parte incómoda en un gabinete donde las grandes decisiones exteriores ya no pasan por el viejo debate entre intervencionistas y aislacionistas, sino por una lógica más directa de presión, fuerza, sanciones y resultados rápidos a la que se ha sumado hasta escépticos como J.D. Vance.
Su marcha es una de las más relevantes del segundo gabinete de Trump, tras las de la exsecretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, y de la ex fiscal general, Pam Bondi. También es una señal del cierre de filas en torno a la política exterior del presidente. En Venezuela, en Irán y ahora en Cuba, Trump ha impuesto un método basado en la presión total. Gabbard nunca terminó de encajar en él.


