Cada ocho años, Alemania ha venido introduciéndose como miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, el órgano más poderoso de la comunidad mundial, de forma casi rutinaria. Esta vez, sin embargo, otros dos países de Europa Occidental han desplazado la influencia alemana … . Y no ha sido gracias a la reconocida eficiencia diplomática de Austria, ni al barco de vela Sagres de la Marina portuguesa, anclado en el puerto de Nueva York, en el que el ministro Paulo Rangel ha estado invitando a generosas recepciones, sino a la confusa política exterior alemana.
La posición de apoyo a Israel, «cuestión de Estado» para la República Federal desde la II Guerra Mundial, le ha valido 104 votos, mientras que Austria (131) y Portugal (134) sí han logrado apoyo suficiente. Su presentación como una fuerza fiable y comprometida con el orden basado en reglas ha quedado en entredicho y ser el segundo mayor contribuyente al sistema de la ONU no le ha servido de nada. Portugal ganó por su buena conexión con el Sur Global y esto obliga a Alemania a replantear su estrategia hacia África, Asia y América Latina.
«Es una verdadera decepción, una amarga derrota», ha reconocido el ministro alemán de Exteriores, Johann Wadephul, que sin embargo asegura no tener «nada que reprocharme». Pero la palabra más repetida en Berlín es «vergüenza» y el fracaso supone un revés directo para el canciller Friedrich Merz, que se ha volcado en la política exterior en su primer año y medio de legislatura precisamente con el objetivo de reforzar el perfil global de Alemania. El cuerpo diplomático cree que su ausencia en la Asamblea General del año pasado fue «un grave error».
Wadephul, uno de los más fieles a Merz en la CDU, queda políticamente debilitado. El Partido Socialdemócrata (SPD), socio menor de la coalición, critica sus incoherencias. La vicepresidenta del grupo parlamentario, Siemtje Möller, exige una postura más firme en defensa del derecho internacional y concretamente cuestiona el apoyo a Israel y las posturas respecto a Gaza, Irán o Venezuela, donde Berlín ha evitado condenar las acciones de Estados Unidos o Israel. La derrota confirma además la narrativa de declive alemán en el ámbito internacional que defiende la oposición de ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), imparable en las encuestas. Su líder, Alice Weidel, habla de «ninguneo internacional» y de «humillación».
Wadephul ha dado a entender que Alemania no se presentará en la próxima convocatoria, dado que el panel de candidatos está ya muy avanzado, y que seguirá con el guion establecido, según el cual se presenta cada ocho años, pero surgen voces que cuestionan la relación de Alemania con la ONU tal como ha sido hasta ahora y que exigen precisamente un cambio de guion. El gobierno regional de Hesse, una coalición de la CDU y los socialdemócratas, ha planteado reducir las aportaciones alemanas a la ONU.
Voces contra seguir invirtiendo en la ONU
«Si no tenemos la influencia allí en el futuro a la que tenemos derecho, surge la pregunta: ¿Por qué deberíamos seguir invirtiendo tanto dinero en la ONU?», se ha preguntado en voz alta Manfred Pentz, responsable de Exteriores de Hesse y miembro de la CDU, hasta ahora fiel al multilateralismo y defensora de las organizaciones internacionales. Aunque figuras de peso como Wolfgang Ischinger rechazan esta idea, el debate está definitivamente abierto y puede tensar la relación entre Berlín y Naciones Unidas.
El orgullo alemán, por otra parte, ha sufrido un duro golpe. La derrota frente a dos países más pequeños, Austria y Portugal, uno de ellos perteneciente a la periferia a la que con tanto desprecio se ha tratado a menudo desde el Bundesgank, hiere ese sentimiento de superioridad.


