La imputación anunciada este miércoles por el gobierno de Estados Unidos contra el expresidente de Cuba, Raúl Castro, marca una fase crítica en la larga historia de tensiones entre ambos países.
El departamento de Justicia de EE.UU. indicó que Castro y otras cinco personas más enfrentan cargos penales que incluyen conspiración para matar a ciudadanos estadounidenses y asesinato, vinculados al derribo por parte de la fuerza aérea de Cuba de dos avionetas civiles hace 30 años.
El ataque contra las aeronaves operadas por Hermanos al Rescate, un grupo de exiliados cubanos en Miami, causó la muerte de cuatro personas, tres de ellas estadounidenses, y agudizó el enfrentamiento que Washington y La Habana mantenían desde la Guerra Fría.
Castro era en aquel momento ministro de Defensa del gobierno comunista cubano que presidía su hermano Fidel, ya fallecido. Hoy tiene 94 años y está retirado de cargos públicos, aunque aún se lo considera influyente en la isla.
La imputación en su contra fue presentada en Miami, cuna del anticastrismo en EE.UU., el mismo día en que se conmemora la independencia cubana, y tiene claras implicancias políticas.
Acusar formalmente ante la justicia estadounidense de asesinato a un alto funcionario cubano en funciones o retirado es un paso que Washington nunca había dado hasta ahora durante las siete décadas de enemistad con la isla.
La movida abre una serie de interrogantes sobre sus consecuencias formales y prácticas.
Cuba padece una severa crisis económica agravada en los últimos meses por el bloqueo petrolero que le impuso el presidente de EE.UU., Donald Trump, quien este mes sostuvo que podría tomar control de la isla “casi de inmediato”.
Esos comentarios de Trump y la imputación de Castro evocan lo que ocurrió en Venezuela en enero, cuando EE.UU. detuvo al presidente socialista Nicolás Maduro en una operación militar tras acusarlo de narcotráfico y a partir de ahí asumió mayor influencia sobre el gobierno de Caracas.
Cynthia Arnson, una experta sobre las relaciones de EE.UU. con América Latina en la Universidad Johns Hopkins de Washington, señala “dos interpretaciones básicas” para la decisión de presentar ahora cargos contra Castro.
“Una es que forma parte de una campaña de ‘máxima presión’ (sobre Cuba), que tiene como componente importante la guerra psicológica. La segunda interpretación se acerca más al precedente de Venezuela”, dice Arnson a BBC Mundo.
Sin embargo, al igual que otros analistas, advierte que “los paralelismos entre Cuba y Venezuela no se sostienen en muchos aspectos en cuanto a la facilidad de una operación militar”.
Presiones y dudas
Que Trump busca presionar cada vez más a La Habana es algo evidente.
Además del embargo que profundizó la crisis energética en la isla, que sufre largos apagones desde hace años, EE.UU. ha anunciado sanciones a altos funcionarios, oficinas del gobierno cubano y empresas extranjeras con negocios en el país.
John Ratcliffe, el director de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA por sus siglas en inglés), visitó Cuba la semana pasada y, según ha trascendido, reclamó a funcionarios locales reformas políticas y económicas, así como el fin de lo que Washington ve como actividades de espionaje de China y Rusia desde la isla.
Entre los interlocutores cubanos de Ratcliffe estuvo Raúl Rodríguez Castro, apodado “El Cangrejo”, el nieto y guardaespaldas de Raúl Castro.
También se ha reportado un reciente aumento de vuelos de vigilancia de EE.UU. sobre Cuba y discrepancias sobre las condiciones de una ayuda humanitaria por US$100 millones que Washington ofreció a La Habana.
Marco Rubio, un hijo de inmigrantes cubanos en EE.UU. que es a la vez secretario de Estado y consejero de seguridad nacional de Trump, sostuvo este miércoles que Washington está listo para “abrir un nuevo capítulo en la relación” con Cuba.
“Lo único que se interpone en el camino hacia un mejor futuro son quienes controlan su país”, dijo Rubio en un mensaje de vídeo en español a los cubanos sugiriendo un cambio de régimen en la isla con elecciones de autoridades y espacio para la protesta y la iniciativa privada.
Pero por ahora hay escasas señales de que el gobierno de Cuba ceda a las exigencias de EE.UU.
Por el contrario, sus autoridades lanzan fuertes advertencias a Washington.
El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, sostuvo el lunes que una eventual agresión militar a su país “provocará un baño de sangre de consecuencias incalculables”.
Tras la acusación formal contra Castro este miércoles, Díaz-Canel afirmó que “se trata de una acción política, sin ningún basamento jurídico, que solo busca engrosar el expediente que fabrican para justificar el desatino de una agresión militar a Cuba”.
Según distintos analistas, la decisión de EE.UU. conlleva la amenaza implícita de que el expresidente termine como Maduro, quien ahora enfrenta en Nueva York a la justicia estadounidense.
El Departamento de Justicia indicó que, si fuera hallado culpable, Castro se enfrentaría a penas que van hasta la muerte o cadena perpetua.
La gran duda ahora es si la historia de Venezuela se repetirá efectivamente en Cuba.
Semejanzas y diferencias
La estrategia de Washington hacia La Habana tiene otras similitudes con la que usó para Caracas, como las sanciones a altos funcionarios, el aislamiento económico y diplomático, o la búsqueda de grietas en el gobierno.
Por otro lado, al menos hasta la caída de Maduro hubo una estrecha cooperación de seguridad entre Cuba y Venezuela, que ahora es gobernada por la exvicepresidenta Delcy Rodríguez con el apoyo de Trump.
Pero los expertos también notan distinciones importantes entre ambos países.
“Cuba plantea un reto fundamentalmente diferente: el régimen está más institucionalizado, cohesionado ideológicamente y tiene más experiencia en resistir la presión externa”, señala Brian Fonseca, un experto en seguridad y políticas públicas en la Universidad Internacional de Florida.
Existen además fuertes matices entre los casos de Maduro y Castro.
El venezolano aún era presidente en ejercicio cuando fue detenido por EE.UU., acusado de integrar una organización narcotraficante activa, algo que Maduro niega.
Castro, en cambio, lleva tiempo fuera del poder formal y resulta difícil imaginar que EE.UU. logre decapitar el gobierno cubano con un eventual arresto suyo por hechos que ocurrieron hace más de tres décadas.
William LeoGrande, un profesor de la American University en Washington experto en las políticas de EE.UU. hacia Latinoamérica y hacia Cuba en particular, dice a BBC Mundo que en el caso de Castro “puede ser una operación militar más difícil de ejecutar, porque los cubanos ya la vieron, y tiene un riesgo político”.
“Aunque el pueblo cubano esté profundamente descontento con el gobierno y su gestión de la economía”, explica, “Castro aún tiene apoyo y respeto entre la gente por haber sido uno de los líderes históricos de la revolución: entrar, llevárselo y exhibirlo en EE.UU. como un delincuente común enfadaría a muchos”.
Luego está el factor edad. El nonagenario Castro tiene 31 años más que Maduro, por lo que según LeoGrande cualquier acción militar para detenerlo y juzgarlo implica “un riesgo de que lo mates por error y entonces, básicamente, habrías asesinado a un exjefe de Estado”.
Trump ha demostrado que está dispuesto a asumir grandes riesgos en operaciones militares como las que ordenó este año en Venezuela e Irán, esta última con resultados menos claros hasta ahora que la primera.
Pero pese a todas sus acciones y declaraciones, Trump sigue sin dar una indicación pública de lo que quiere exactamente en Cuba y si empleará la fuerza militar para lograrlo.
Esa es por el momento otra diferencia con lo ocurrido antes de la captura de Maduro, cuando EE.UU. realizó un insólito despliegue militar frente a las costas caribeñas de Venezuela en nombre del combate al narcotráfico que sirvió luego para arrestar al presidente.
Tampoco se sabe si Trump busca que, como ocurrió en Venezuela, en Cuba asuma un nuevo líder con respaldo de Washington que evite la inestabilidad que causaría una caída completa del gobierno.
Para eso tendría que encontrar a alguien capaz de ganarse la lealtad de las fuerzas armadas, de la burocracia gubernamental y del Partido Comunista, sostiene LeoGrande.
“No sé quién podría ser, sobre todo si lo nombrara EE.UU.”, agrega. “La otra alternativa es que EE.UU. entre y trate de dirigir el país por su cuenta, pero creo que eso es improbable porque han aprendido la lección de Irak: esa no es una buena estrategia”.
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