Alzheimer y el drama de miles de familias dominicanas

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Por: Silvana Rodríguez

Durante gran parte de su vida, Milagros de Jesús fue el corazón de su familia. Pero el Alzheimer comenzó a borrar lentamente los recuerdos que durante décadas sostuvieron su hogar. Lo que inició con pequeños olvidos terminó transformando por completo la vida de sus hijos, que pasaron de ser cuidados por su madre a convertirse en sus cuidadores.

Todo comenzó después de la muerte de una de sus hijas, quien falleció en un accidente mientras se dirigía a su trabajo. La familia creyó que las distracciones, las confusiones y los cambios de conducta eran consecuencia del profundo duelo. Sin embargo, con el paso del tiempo descubrieron que enfrentaban una enfermedad neurodegenerativa que avanzaba silenciosamente.

Milagros empezó a repetir preguntas, llamar por teléfono a personas que habían fallecido años atrás y hablar de ellas como si todavía estuvieran vivas.

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“Recuerdo que había que sentarse a darle la comida porque si se la dejábamos sola, la escondía ; el agua fría, la botaba y le echaba agua de la llave”, relata un familiar.

Especialistas explican que este tipo de conductas son frecuentes en personas con Alzheimer. Con el tiempo, acciones tan simples como comer, vestirse o reconocer objetos cotidianos pueden convertirse en tareas complejas.

Cómo cambia la vida de los cuidadores

Mientras la enfermedad avanzaba en Milagros, la carga emocional aumentaba para quienes la rodeaban. Los cuchillos desaparecieron de la cocina, los objetos de vidrio fueron retirados de los estantes y cualquier elemento que pudiera representar un peligro terminó fuera de su alcance.

“Tuvimos que ponerle candado al tanque de gas porque una vez la encontramos con una hornilla encendida y tenía el brazo sobre el fuego. Fue algo terrible”.

A partir de ese momento, la seguridad del hogar se convirtió en una prioridad absoluta. Las puertas comenzaron a mantenerse bajo vigilancia, los medicamentos se guardaban bajo llave y la cocina nunca volvía a quedar sin supervisión.

Con el paso del tiempo, Milagros comenzó a sufrir caídas frecuentes. “Como era una persona mayor, se caía y se quedaba callada”, recuerda un familiar. No siempre pedía ayuda; no siempre comprendía lo que había ocurrido.

“Estábamos hablando con mi padre cuando sentimos un olor muy fuerte”, recuerda uno de sus hijos. Al principio pensaron que algo ocurría en la cocina, pero la realidad era otra: “Cuando fuimos a verla tenía las manos llenas de heces”.

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“Ella ya no entendía lo que estaba ocurriendo”.

Para la familia fue uno de los momentos más dolorosos del proceso, no por el incidente en sí, sino porque evidenciaba hasta qué punto el Alzheimer había borrado capacidades que acompañaron a Milagros durante toda su vida.

La magnitud del Alzheimer también puede medirse en cifras económicas. En el caso de Milagros, la enfermedad transformó la rutina familiar: las salidas comenzaron a reducirse, siempre debía haber alguien pendiente de ella, los horarios cambiaron y las responsabilidades aumentaron.

Las alucinaciones y episodios de confusión también se hicieron cada vez más frecuentes. “Había momentos en que la ayudábamos a sentarse y comenzaba a gritar que la estaban matando. Uno sentía miedo de que alguien escuchara y creyeran que era verdad”.

La mujer que durante décadas cuidó de sus hijos, preparó comidas familiares y acompañó a quienes amaba, terminó necesitando el mismo cuidado que durante tanto tiempo ofreció a los demás. Quienes crecieron bajo su protección se convirtieron en sus protectores.

Un mensaje para las familias

Como mensaje para las familias dominicanas que hoy conviven con un ser querido diagnosticado con Alzheimer, la psicóloga Margaret Muñoz invita a no enfrentar el proceso en soledad.

“Les diría que no están solos. El Alzheimer es una enfermedad que afecta a toda la familia, no solo a quien la padece. Es importante buscar información, apoyo profesional y compartir las responsabilidades del cuidado. También es necesario valorar cada momento de conexión que todavía sea posible vivir con el ser querido. Aunque la memoria se vaya deteriorando, la dignidad, el respeto y el amor nunca deben perderse. La paciencia, la comprensión y la unión familiar se convierten en herramientas fundamentales para transitar este proceso con humanidad y esperanza”.



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