
Más de 500 kilos de explosivos volaron por los aires el coche en el que viajaba Giovanni Falcone junto a su mujer y tres escoltas. Los había colocado la mafia en una autovía de Palermo. Fue la venganza por el Maxiprocesso, el histórico juicio contra los jefes de la Cosa Nostra que sentó en el banquillo, por primera vez, a más de 470 mafiosos y varios capos. El encargado de la detonación fue Giovanni Brusca, apodado “el cerdo”, uno de los mafiosos más temidos de la historia, hoy en libertad con identidad falsa y bajo el programa de protección de testigos.
Los jueces Falcone y Borsellino cambiaron la historia de Italia al atreverse a luchar, esta vez de verdad, contra la lacra de la mafia. El método Falcone implicaba seguir el rastro del dinero y gracias a las declaraciones de Tommaso Buscetta, un pentito acorralado hasta por los suyos que optó por tirar de la manta, se descubrió la estructura jerárquica de la Cosa Nostra. La investigación culminó en el denominado pool antimafia, un grupo reducido de valientes dispuestos a rebuscar entre las cloacas del sistema.
Para procesar semejante arsenal de poder se montó la famosa Sala Búnker. Un agujero de hormigón armado con avanzados sistemas de seguridad capaces de resistir ataques con misiles. Ahí dentro se llevó a cabo el Maxiprocesso desde el 10 de febrero de 1986 hasta el 16 de diciembre de 1987. El saldo: más de 300 condenas, el desmantelamiento de modus operandi mafioso y el mayor golpe a la organización de toda la historia. Pero la consecuencia fue la muerte.
El capo Totò Riina ordenó matar a Falcone. Y el hombre elegido para la venganza fue Giovanni Brusca, conocido como u verru, “el cerdo” en dialecto siciliano, y también llamado Scannacristiani, el matacristianos, el mata-hombres. Fue hijo de un capo, mamó desde pequeño, como tantos otros, los particulares códigos morales mafiosos hasta convertirse en uno de los mayores sicarios de Cosa Nostra. A sus espaldas, rastros de sangre de más de 150 asesinatos confesados. Ahora está en libertad tras pasar 25 años encarcelado.
Entró en la mafia siendo muy joven, con 19 años ya había cometido su primer crimen. La ceremonia de ingreso a la organización la presidió el propio Riina. Era su predilecto y protegido. El apodo de matacristianos se lo ganó a pulso. Era temido dentro del propio clan por su sadismo y violencia extrema.
Participó en los escuadrones de la muerte de los Corleonesi durante los años más sangrientos de la guerra mafiosa siciliana de los 80 y también estuvo en la campaña terrorista de Cosa Nostra contra el Estado italiano. Mató al empresario Ignazio Salvo, al capo Vincenzo Milazzo, a rivales, sospechosos y desleales. Secuestró al hijo de 11 años de un arrepentido, Giuseppe di Matteo, y ordenó estrangularlo y disolver su cuerpo en ácido para vengar la colaboración del padre con la justicia.
Falcone sabía que muchos lo querían muerto. Era plenamente consciente. Aun así, quiso seguir adelante. Hasta que el 23 de mayo de 1992 su coche explotó en medio de la A29 de Capaci, en Sicilia. Una explosión devastadora. Levantó el asfalto varios metros, lanzó otros coches por los aires y abrió un enorme cráter en la autopista. El atentado conmocionó todo Italia.
Brusca era el preferido porque lo hacía todo. No conoció empatía. La frialdad mostrada al matar con ácido a un niño refleja, como mínimo, rasgos de psicopatía. Pero a diferencia de otros perfiles, más fríos y estratégicos, Brusca era descrito como un tipo impulsivo, explosivo, emocionalmente embrutecido, un monstruo. Un animal sin escrúpulos.
Pero hasta “el cerdo” asesino acabó bajando el morro. En mayo de 1996 fue detenido en Sicilia y, en lugar de mantenerse firme, al sentirse acorralado, acabó colaborando con la justicia. Proporcionó información sobre la estructura, los atentados de Falcone y Borsellino, asesinatos internos, redes de poder y relaciones de la mafia con la política. El matahombres que mataba quien cantaba, cantó.
Y como la vida es así de injusta e incoherente tantas veces, las leyes que permitieron reducir su condena fueron precisamente las impulsadas por Falcone, el juez que mató. Iba para cadena perpetua, pero en 2021 fue liberado bajo vigilancia especial. Cuatro años más tarde terminó la condicional y empezó su vida de hombre libre con identidad falsa amparado por el programa de protección de testigos. Ahora tiene 69 años. Nadie sabe dónde está. Pero nadie olvida lo que hizo.


