
Europa se ha comprometido a ayudar a sus ciudadanos en los momentos de necesidad. En una era marcada por el cambio y las perturbaciones inesperadas, Europa debe estar preparada para empoderar y proteger a todos los ciudadanos.
En la actualidad, uno de cada cinco europeos se encuentra en riesgo de pobreza y exclusión social. Un número tan elevado es inadmisible, aún más teniendo en cuenta que puede empeorar por tensiones geopolíticas o transiciones turbulentas en el mercado laboral que no se gestionen adecuadamente.
Si Europa no actúa con decisión para prevenir la pobreza y luchar contra ella, la fragilidad social podría convertirse en una auténtica emergencia social, con graves consecuencias para todas las demás prioridades europeas, desde la competitividad hasta la preparación y la resiliencia democrática. Una Unión que no protege a sus ciudadanos difícilmente puede esperar ganarse su confianza. Luchar contra la pobreza es una responsabilidad colectiva que requiere esfuerzos a todos los niveles, también a nivel de la UE, donde la Unión desempeña un papel importante de apoyo y coordinación.
Así pues, se plantea la cuestión: ¿podemos permitirnos ahora declarar la guerra total a la pobreza? Hay una respuesta clara a esta pregunta: Europa no puede permitirse mirar hacia el otro lado. Por este motivo, la Comisión Europea ha presentado el 6 de mayo su primera Estrategia de lucha contra la pobreza, que se articula en torno a tres pilares de actuación: prevenir la exclusión en materia de vivienda, empoderar a las personas para que logren salir de la pobreza a través de empleos de calidad y liberar a los menores de la carga de la pobreza intergeneracional.
Estudiantes, familias monoparentales y trabajadores precarios: demasiadas personas que viven en riesgo de perder sus hogares
En primer lugar, en lo que respecta a prevenir la exclusión en materia de vivienda. Sin un techo que nos proteja, no hay ningún fundamento sobre el que construir una vida. Estudiantes, familias monoparentales y trabajadores con bajos ingresos: hay demasiadas personas que viven en riesgo de perder sus hogares. La Comisión recomienda medidas concretas, como sistemas de alerta temprana, asesoramiento específico y apoyo personalizado, incluido asesoramiento sobre deudas, apoyo para gestionar atrasos en el pago de alquileres, mediación entre inquilinos y propietarios, ayuda financiera de emergencia y atención específica a las personas que salen de instituciones o centros en los que han permanecido internadas un tiempo. También ayudaremos a las Administraciones a ampliar el parque de vivienda social y asequible haciendo un mejor uso de los fondos de la UE, movilizando la inversión pública y privada, respaldando la renovación y el uso de viviendas vacías y promoviendo modelos como la vivienda social y cooperativa. Al fin y al cabo, el objetivo es sencillo: menos personas en situación de riesgo, menos personas sin hogar y un sistema de vivienda que funcione.
Sin un techo que nos proteja, no hay ningún fundamento sobre el que construir una vida
En segundo lugar, en lo referente al empleo. Los empleos de calidad, con salarios justos y buenas condiciones laborales, pueden empoderar a las personas para alcanzar realmente la independencia económica. En la actualidad, uno de cada doce trabajadores se encuentra en riesgo de pobreza, a pesar de tener un empleo. Otro número elevadísimo que hace sonar las alarmas: más de cincuenta millones de personas en edad de trabajar siguen marginadas y expuestas a un mayor riesgo de exclusión social, en su mayoría mujeres, jóvenes, gitanos e inmigrantes. Esta situación supone una enorme pérdida a varios niveles: para las propias personas, a las que se niega la oportunidad de construirse un futuro digno; para las empresas europeas, que tienen problemas para encontrar los perfiles que necesitan, y para la generación más joven, cuyas perspectivas de vida dependen de si sus padres tienen un trabajo. Para responder a este reto, y en consulta con los interlocutores sociales, la Comisión tiene previsto elaborar nueva legislación que garantice que en todos los Estados miembros exista el apoyo adecuado para acceder al mercado laboral, adaptado a las necesidades específicas de cada persona, de modo que quienes puedan trabajar tengan una oportunidad real de hacerlo.
En tercer lugar, la protección de los menores. ¿Cómo puede una Unión con un modelo social sólido y un PIB de 18 billones de euros ignorar el hecho de que 19 millones de niños están en riesgo de pobreza y que este número está aumentando en lugar de disminuir? La pobreza priva a los niños no solo de alimentos, educación, asistencia sanitaria o seguridad, sino, sobre todo, de esperanza. Y, con demasiada frecuencia, los sitúa en el camino hacia una vida de exclusión.
La Garantía Infantil Europea ya ha contribuido a ampliar el acceso a los servicios esenciales. Pero debemos asegurarnos de que produzca un cambio real en la vida de todos los menores vulnerables. Una solución que proponemos es la Tarjeta de la Garantía Infantil Europea: una herramienta digital sencilla para ayudar a que los niños necesitados accedan al respaldo al que tienen derecho, al tiempo que se mejora la coordinación de este apoyo, que también debe ser más eficaz y visible. Al mismo tiempo, debemos estar al lado de los menores vulnerables en su transición hacia la edad adulta. Ayudaremos a los Estados miembros a garantizar la continuidad del apoyo desde la infancia a los programas de juventud centrados en las competencias, la formación y el trabajo.
Todas estas propuestas requieren inversiones. Está clara cuál es la magnitud de lo factible: invertir un 0,25 % adicional del PIB de la UE podría contribuir a que 18,5 millones de personas salgan de la pobreza. Así que todos tenemos que poner de nuestra parte.
A finales de este año, la Comisión pondrá en marcha la Coalición contra la Pobreza, que reunirá a empresas y organizaciones filantrópicas en torno a compromisos concretos para disminuir la pobreza. En los próximos meses, también colaboraremos con instituciones financieras internacionales, como el Banco Europeo de Inversiones, para poner en marcha nuevos instrumentos de financiación específicos. Nada de esto será posible sin contar con una participación estrecha de los entes locales y las organizaciones de la sociedad civil, que conocen mejor las realidades sobre el terreno.
Europa siempre se ha definido no solo por su fortaleza económica, sino también por su modelo social y su solidaridad. A corto y medio plazo, se pondrán a prueba estos valores y compromisos. La respuesta que demos conformará nuestras economías y modulará la confianza que nuestros ciudadanos depositan en Europa. Una Europa más fuerte no es aquella en la que algunos tienen éxito, mientras que otros se quedan atrás. Es una Europa en la que progresamos juntos.


