Volver a nacer al este del Congo

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Goma es una de las ciudades más castigadas por el último capítulo de la enquistada guerra del Congo, donde han muerto más de seis millones de personas en los últimos treinta años.

En enero del año pasado, la ciudad fue invadida por el grupo rebelde Movimiento 23 de Marzo (M23) –promovido por el Gobierno de Ruanda para hacerse con las minas de oro, cobalto y coltán–. Las autoridades congoleñas calculan que murieron 7.000 personas, entre ellas muchas mujeres y niños indefensos.

Goma, capital de la provincia de Kivu del Norte, es, tras la entrada del M23, una ciudad sin ley, fantasma y caótica. Contaba con alrededor de 160.000 habitantes antes del conflicto. Está situada en la zona este de la República Democrática del Congo (RDC), al oeste del Gran Valle del Rift, en la frontera con Ruanda. Actualmente los bancos no han reabierto sus puertas y solo funcionan algunos comercios.

Las zonas rurales han quedado aisladas y desabastecidas. Cerca de la ciudad se encuentra el parque nacional de Virunga. Se cuentan ya por miles las personas desplazadas hacia campos de refugiados como en Burundi, donde han huido más de 100.000 personas en un mes.

Esta ciudad fue uno de los lugares donde huyeron los hutus de Ruanda durante el genocidio de 1994. La masiva afluencia provocó una importante crisis humanitaria por la falta de agua y comida. Los refugiados también sufrieron cólera y otras enfermedades.

Los continuos enfrentamientos entre el M23, el Ejército congoleño (FARDC) y más de 200 grupos guerrilleros que operan en la zona han dejado un sangriento reguero de muertos y heridos, muchos de ellos con graves mutilaciones provocadas por las bombas, minas antipersona y drones suicidas. Además, cientos de niñas y mujeres han sufrido salvajes violaciones por soldados y guerrilleros de ambos bandos. El reciente acuerdo de paz firmado por Ruanda y la RDC en Estados Unidos parece haber quedado en papel mojado.

En este escenario desgarrador sobrevive Wivine Kavira Mukata (Beni, 1997), quien sufrió la amputación de la pierna izquierda el domingo 2 de marzo de 2014. Aquel día que nunca olvidará, le cortaron la pierna tras un bombardeo de un grupo rebelde ugandés en su casa en Kivu del Norte mientras estaba en la cocina preparando sopa de pescado para su familia. Tenía 17 años. El atentado fue perpetrado por los rebeldes del ADF/NALU (Fuerzas Democráticas Aliadas / Armada Nacional para la Liberación de Uganda).

Wivine Kavira Mukata trabaja sus prótesis en su taller en Goma (RDC)
REUTERS y ABC

Mukata, de 28 años, habla con ABC para contar su prometedor futuro profesional, que cambió tras formarse en ortopedia y prótesis con el fin de ayudar a otras víctimas de la guerra en el este de la RDC. Algunas de ellas han seguido su camino.

Mukata tiene cinco hermanas pequeñas, tres se graduaron el año pasado, pero no pudieron continuar con sus estudios por falta de medios, y las dos más jóvenes, que son gemelas, todavía están en la escuela primaria.

Amputación

«Mis padres se quedaron paralizados cuando se enteraron de que me iban a amputar la pierna. Mi madre estaba triste porque yo era la hermana mayor. Ese día resultamos heridos mi padre, mi madre y yo», recuerda. «Mi madre resultó herida en el tobillo, mi padre en el tronco y yo sufrí heridas tan graves que perdí la pierna izquierda. La pierna derecha también resultó afectada, pero no me la amputaron. También me encontraron fragmentos de metralla en el abdomen, por lo que tengo una gran cicatriz en esa zona».

Después de sufrir el ataque junto a su familia, Mukata recibió su primera prótesis en el centro ortopédico Shikira la Umoja, en Goma.

«No me resultó fácil aceptar la pérdida de mi pierna, recibí ayuda psicológica en el mismo centro sanitario donde me atendieron en el hospital CBCA Ndosho de Goma, donde me atendió el Centro Internacional de la Cruz Roja (CICR). También me refugié en la fe; porque después de aceptar mi discapacidad, comprendí que nada sucede por casualidad», comenta.

Mukata tenía la intención de casarse algún día y cursar una carrera. «He cumplido parte de mis sueños, como el de estudiar en la universidad, aunque no fue la misma carrera que había elegido antes de la amputación. Empecé a formarme en ortopedia y prótesis, después de mi amputación. Antes quería estudiar informática y especializarme en redes y telecomunicaciones, pero lo abandoné justo después de perder la pierna».

Su vocación

«La idea de convertirme en especialista ortoprotésica se me ocurrió cuando fui a Bukavu para recibir mi primera prótesis. Allí vi a un paciente con doble amputación que estaba triste antes de probarse sus dos prótesis, pero, cuando se las probó, se alegró de poder ponerse de pie y fue su alegría y su sonrisa lo que me dio la idea de formarme en ortopedia y prótesis», afirma.

Pero Mukata no lo tuvo fácil, ya que en la RDC no hay escuelas de formación en ortopedia y prótesis. Si alguien quiere estudiar esta especialidad en África, tiene que irse a Togo o Tanzania, «pero, por desgracia, es muy caro, así que ni siquiera tuve la oportunidad de ir porque mi familia no es lo suficientemente rica como para pagarme dicha formación».

Después del bachillerato, continuó con sus estudios superiores y, tras graduarse a finales de 2020, fue a Goma para renovar su prótesis y aprovechó para preguntar cómo podía formarse allí.

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Heridos por la guerra

«Son, sobre todo, soldados que han perdido miembros o partes del cuerpo por minas antipersona»

«Por desgracia, me dijeron que no era posible. Volví a casa triste porque no había conseguido mi objetivo. Al llegar a casa, me enteré que la Cruz Roja había puesto en marcha un curso de formación en ortopedia y prótesis para estudiar en Lomé (Togo) durante tres años. Así que presenté mi solicitud desde Beni, mientras que otras personas hicieron la prueba aquí en Goma y yo la hice en línea. Por suerte para mí, gané el concurso y me fui a Lomé para estudiar durante tres años».

El día que el M23 invadió Goma, Mukata estaba de vacaciones en Beni porque acababa de terminar sus estudios en Lomé y se había ido de vacaciones para celebrar la Navidad y el año nuevo 2025 con su familia, ya que hacía mucho tiempo que no la veía.

Regreso a la zona de guerra

Estaba preparando su regreso a Goma para el 27 de enero del año pasado, «pero, por desgracia, ese fue el día en que el M23 tomó la ciudad y mi vuelo fue cancelado. Temía por la población que se encontraba allí. A pesar de su presencia en la ciudad de Goma y, dada la demanda (el número de víctimas había aumentado) en el centro Shirika la Umoja, me vi obligada a ir a Goma a pesar del miedo, pasando por Uganda y Ruanda, para comenzar el trabajo el 3 de marzo de 2025».

La toma de Goma por el M23 ha multiplicado el número de jóvenes heridos y amputados, «sobre todo soldados que han perdido miembros o partes del cuerpo por minas antipersona». «La mayoría han quedado realmente traumatizados y les cuesta aceptar su situación actual de discapacidad», señala Mukata.

«Lo primero que aconsejo a los nuevos amputados es que acepten la situación, aunque no sea fácil, porque lo importante es la mentalidad y, sobre todo, rodearse de personas positivas, personas que nos acepten a pesar de la discapacidad, e ignorar a quienes nos menosprecian o nos recuerdan que no somos capaces», argumenta.

Según los datos del centro Shirika la Umoja, unas 700 personas recibieron alguna prótesis durante 2024. Hasta septiembre de 2025, más de 500 personas recibieron algún tipo de rehabilitación física y cerca de 300 recibieron algún tipo de prótesis y órtesis.

Ayuda a sus pacientes

Desde que se reavivó el conflicto, han sido muchas las personas –sobre todo jóvenes– que han pasado por la consulta de Mukata. Arline P. es una joven de 18 años que también resultó herida por una bomba y perdió una pierna. «Salía de la iglesia con sus amigos y, por desgracia, fueron víctimas de una mina antipersona. Todos sus amigos murieron y ella fue la única superviviente, quedando gravemente herida. Permaneció más de un mes en coma en cuidados intensivos», recuerda.

Melissa H., de 30 años, es otra de sus pacientes. Esta mujer sobrevivió a un bombardeo que le dejó las piernas paralizadas y múltiples cicatrices. Mukata le confeccionó unas prótesis con las que ya puede ir y volver sola al centro médico.

«Lo primero que aconsejo a los nuevos amputados es que acepten la situación, porque lo importante es la mentalidad»

El padre de Mbusa Mbula, otro joven de 32 años amputado víctima de la guerra, fue asesinado por los rebeldes del ADF/ NALU en un campo de Mbau, cerca de Beni. «Cuando vio que estaba muerto y que la hambruna se había instalado en su casa, su madre quiso ir al campo para salvar la situación. Tenía miedo de perder también a su madre, por lo que tomó la decisión de ir al campo», explica Mukata.

«Desgraciadamente para él, los rebeldes estaban allí. Al llegar, quería cortar plátanos para llevarlos a casa, pero los rebeldes le dispararon en ambas piernas. Tuvo la oportunidad de escapar arrastrándose por el suelo y sangrando. Afortunadamente para él, alguien lo vio y lo salvó para llevarlo al hospital. Dada la gravedad de las heridas, se decidió amputarle una pierna y ponerle la otra en tracción», recuerda.

Mukata concluye: «Yo ya solo necesito paz en mi país, porque la guerra solo trae cosas malas. Además de perder una pierna, he perdido a mis seres queridos en esta guerra y por eso la detesto. Ya basta, es atroz todo lo que está pasando aquí, en nuestro país, ¡queremos la paz! Estamos cansados, es todo lo que puedo decirle al mundo».



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