Venenos de rana, agentes nerviosos soviéticos y otras ‘dolencias’ que sufrieron disidentes rusos

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Yulia Navalnaya, la viuda del opositor ruso Alekséi Navalni, sorprendió a la red con su mensaje en X de este sábado: los análisis de cinco países europeos (Reino Unido, Francia, Alemania, Suecia y Países Bajos) apuntan a que el veneno que mató a su marido fue la epibatidina, una toxina que tiene en su piel una rana de Ecuador. Dicha sustancia provoca parálisis, asfixia y una muerte dolorosa, como la que sufrió Navalni hace ahora dos años mientras cumplía condena en un penal del Ártico.

Con independencia de la causa en este caso, los envenenamientos a opositores rusos son un secreto a voces en Rusia. Las autoridades siempre han negado cualquier tipo de relación y han echado balones fuera por muchas evidencias que se mostraran. Pero estos envenenamientos siempre suceden a las voces incómodas para el régimen, en repetidas ocasiones e incluso fuera de las fronteras rusas.

El caso más conocido, incluso antes de su muerte, era el del propio Navalni. En agosto de 2020 fue envenenado en Tomsk antes de volar de regreso a Moscú desde esta ciudad de Siberia, adonde había ido para hacer campaña en sus elecciones regionales. Mediante investigaciones y confesiones obtenidas de los mismos agentes que atentaron contra él, su equipo averiguó que le pusieron el veneno en la ropa interior. Se desmayó en pleno vuelo y, tras un aterrizaje forzoso, los equipos médicos consiguieron estabilizarlo y que sobreviviera. Según apuntaron informes alemanes, país donde se le permitió ir para tratarse, se trataba de Novichok, un agente nervioso fabricado en la extinta Unión Soviética. Tras regresar a Rusia en enero de 2021, a pesar de las amenazas que se cernían sobre él, Navalni fue condenado a 19 años de prisión y murió en una colonia penal del Ártico el 16 de febrero de 2024.

Vladímir Kara-Murzá, otro opositor, también aseguró haber sido envenenado en dos ocasiones. La primera de ellas fue en 2015 y le provocó un coma. Aunque sus allegados temían por su vida, él no tenía miedo y en 2017 volvió a sufrir los mismos síntomas y entró en coma otra vez. Al contrario que en el caso de Navalni, no se pudo confirmar qué toxina le habían inoculado.

Atentados en el extranjero

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Vivir en el extranjero no impide atentados similares. Alexander Litvinenko, exagente de los servicios secretos rusos, murió en el Reino Unido en 2006 tras ser envenenado con polonio-210. Tras meses de agonía, en sus últimos días señaló directamente al presidente ruso, Vladímir Putin, como el responsables que había dado la orden de matarlo. Tras haber trabajado en el Servicio Federal de Seguridad (FSB), lo abandonó en el año 2000 para trasladarse al Reino Unido. Desde allí fue muy crítico con el Kremlin y acuñó el término «Estado-mafia» para referirse a la Rusia actual.

Un destino parecido le ocurrió a Serguéi Skripal. En 2018 fue envenenado junto a su hija en Salisbury, también en el Reino Unido. Londres señaló a Rusia de estar tras este ataque químico perpetrado otra vez con el temido Novichok soviético. Tanto Skripal como su hija Yulia pasaron varias semanas en curas intensivas y, finalmente, sobrevivieron.

Otro de los envenenamientos más famosos tuvo lugar en septiembre de 2004 y fue el del entonces presidente de Ucrania, Viktor Yushchenko, quien abogaba por alejarse de Moscú para acercarse a la UE. Fruto de una potente dioxina llamada TCDD, sufrió una deformación que le arrugó la cara y estuvo a punto de matarlo.

En todos estos casos, el Kremlin siempre negó cualquier responsabilidad.



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