Tras el fracaso –en la óptica norteamericana– de las conversaciones de paz en Ginebra esta semana, la decisión de volver o no a bombardear Irán está ahora en manos del presidente Donald Trump. Todos los medios militares para hacerlo están ya en las proximidades … del país de los persas. Según las fuentes citadas por la prensa norteamericana, la decisión puede ser la de apretar el botón, y tendría lugar este fin de semana, probablemente el sábado.
Hay un precedente reciente: los 12 días de ataques contra las instalaciones nucleares iraníes del pasado mes de junio. El ataque norteamericano, combinado con otro israelí, no alcanzó sus objetivos, pero retrasó el programa persa de obtención del arma nuclear; y, lo que es peor para la población iraní, lo encareció todo.
Esa fue la chispa que hizo arder el país a finales del año pasado, con protestas callejeras en todo Irán –las peores quizás en los 47 años de vida del régimen teocrático de los ayatolás– que dejaron miles de muertos y no lograron el objetivo final de la caída del sistema creado por Ruhollah Musavi Jomeini.
Esta vez, si Trump decide pasar a la acción, los objetivos son mucho más complejos. Podrían ser bases militares, instalaciones oficiales, o personajes concretos del cuadro jerárquico del régimen integrista, área en el que Israel puede ser clave por su pericia, ya que en el pasado asesinó a una lista de mandos militares y científicos nucleares iraníes con gran precisión.
Hay un cierto runrún en la prensa sensacionalista de que el «núcleo duro» del régimen iraní estaría estudiando un ‘plan B’ para el caso de tener que huir del país. Como hicieron en el pasado dictadores del corte de Ben Alí, en Túnez, o Bashar al Assad –más cercano a Irán por ser chií– en Siria. Una información reciente del londinense ‘The Times’ citaba fuentes anónimas de Inteligencia y afirmaba que el líder Supremo, Alí Jamenei, estaría preparando su huida también a Moscú como Bashar al Assad. El Líder Supremo huiría junto a su familia y fieles más cercanos, pero ese era el escenario si las protestas se prolongaban más y las fuerzas de seguridad en algún momento cambiaban de bando.
Después de medio siglo en el poder, es difícil imaginar que las estructuras del régimen tiránico iraní puedan desplomarse con facilidad. Es verdad que Irán está tan aislado como otros regímenes árabes que han caído en el pasado reciente, pero a veces se olvida de que –aunque musulmanes fanáticos– los líderes jomeinistas no son árabes sino persas. Y cuentan con la ayuda y la cercanía de China, su vecino y cliente principal de sus recursos energéticos.
Mucho dependerá de la precisión quirúrgica de los eventuales bombardeos de Estados Unidos. Si se ciñen a los objetivos de las instalaciones nucleares, y a los jerarcas del régimen, obtendrán la simpatía y el apoyo del pueblo iraní. Por el contrario, si yerran o provocan muchas víctimas civiles, podría despertarse un sentimiento patriótico que solo puede favorecer la permanencia del régimen clerical autoritario.
Que se precisa hacer algo para frenar los planes de Teherán –lograr la bomba atómica y recuperar así su hegemonía en Oriente Próximo– es algo fuera de dudas para muchos analistas. El pueblo lo intentó a finales de diciembre y en enero, y dejó mucha sangre vertida en el esfuerzo. Y además el régimen se ha encargado de que no exista una oposición interna, una alternativa a los clérigos chiíes.
Irán, sin tiempo ni salida
El paso adelante dado desde su exilio por el heredero de la Corona, el hijo del sah, Reza Pahlavi, no convence como opción plausible. Tiene muchos seguidores dentro de Irán, pero el recuerdo de la monarquía absoluta de su padre es demasiado reciente.
Teherán dispone de poco tiempo para cambiar el curso en la decisión final de Trump, que no va de farol en sus amenazas militares a Irán, como se vio el pasado verano. En Ginebra los negociadores persas marearon la perdiz, y solo admitieron haber llegado a «un acuerdo de principios». Sin embargo, la condición de la Administración Trump es clara: Irán debe renunciar oficialmente a proseguir con su programa de obtención de la bomba atómica.
La estructura militar norteamericana ya está a punto. Además de sus bases en la región el Pentágono ha terminado el despliegue de dos portaaviones –el Abraham Lincoln y el Gerard R. Ford–, con sus respectivos grupos de ataque de cazas, además de aviones clave para el repostaje. Irán ha respondido con unas maniobras navales improvisadas en el estrecho de Ormuz –en el Golfo, junto a Omán– con el propósito incierto de hacer frente a la oleada aérea de la superpotencia.


