El presidente de Estados Unidos aseguró este miércoles que Irán se ha comprometido a no enriquecer uranio y a cooperar con Washington en la retirada del material nuclear que pudiera quedar tras los bombardeos norteamericanos. Donald Trump se ha apresurado así a cantar victoria … y a fijar por adelantado los términos del supuesto acuerdo que, según él, debe ordenar el nuevo escenario abierto en Irán después de los ataques de EE.UU.
En un mensaje de tono abiertamente triunfalista difundido por la mañana, Trump da por hecho no solo que se ha producido un «cambio de régimen» en Teherán, sino también que EE.UU. está ya en condiciones de dictar las reglas de la fase siguiente. Según su versión, no habrá enriquecimiento de uranio, Washington retirará el material nuclear enterrado y comenzará a hablar con Irán del alivio de aranceles y sanciones.
«EE.UU. trabajará estrechamente con Irán, país del que hemos determinado que ha atravesado lo que será un cambio de régimen muy productivo», escribió Trump. Y añadió, en la misma línea: «No habrá enriquecimiento de uranio».
El mensaje no deja espacio para la duda ni quiere transmitir la idea de una negociación entre iguales. Trump presenta como un hecho consumado que el programa nuclear iraní ha quedado bajo control estadounidense y que nada se ha movido desde el ataque. «Ahora está, y ha estado, bajo una vigilancia satelital muy precisa», asegura, antes de rematar con otra frase que revela hasta qué punto quiere marcar el terreno: «Muchos de los 15 puntos ya han sido acordados».
Después de anunciar la noche del martes que frenaba el ataque que amenazaba contra las infraestructuras eléctricas y los puentes de Irán, Trump ha querido pasar ahora a otra fase: la de fijar él mismo las condiciones políticas del desenlace. La velocidad con la que ha tratado de imponer ese relato dice mucho de su estrategia.
Antes incluso de que exista una imagen clara sobre la estabilidad interna iraní, sobre el alcance real del daño causado al programa nuclear o sobre la capacidad del nuevo poder en Teherán para sostenerse, el presidente de Estados Unidos corre a presentar una victoria total, con el cambio de régimen, desmantelamiento nuclear, vigilancia satelital, retirada del «polvo» atómico y apertura de una nueva etapa económica bajo supervisión de Washington.
Todo ello, además, después de haber aceptado una pausa de dos semanas en los bombardeos si Irán garantiza la apertura «completa, inmediata y segura» del estrecho de Ormuz. La Casa Blanca sostiene que Teherán ha remitido una propuesta de diez puntos que Trump considera una «base viable» para negociar. Irán, por su parte, ha respondido que, si cesan los ataques contra su territorio, sus Fuerzas Armadas detendrán sus operaciones defensivas y permitirán durante dos semanas el paso seguro por Ormuz en coordinación con sus mandos militares.
La mediación, según esta versión, ha corrido a cargo de Pakistán. Trump atribuyó el movimiento al primer ministro Shehbaz Sharif y al jefe del Ejército, el general Asim Munir, dos interlocutores que han tratado de abrir una salida a una guerra que ha desestabilizado a toda la región.
Líbano, excluido del alto el fuego
Israel, por su parte, apoyó la suspensión temporal de los ataques contra Irán, pero dejó claro que ese alto el fuego «no incluye Líbano», en contradicción con lo que había deslizado Sharif.
Trump ha tratado de presentar la situación como una derrota absoluta de Irán, al que dibuja como un régimen neutralizado y ya sometido a las condiciones de Washington. Pero la realidad militar de los últimos días ha sido más compleja.
El régimen iraní ha mantenido capacidad de respuesta, hasta el punto de abatir cazas F-15 y de sostener el cierre del estrecho de Ormuz durante buena parte de la crisis. Esa contradicción entre el tono de victoria total de Trump y la resistencia efectiva de Irán forma parte del trasfondo de este momento.
El presidente completó esa exhibición de fuerza con una amenaza comercial de alcance global. En un segundo mensaje advirtió de que cualquier país que suministre armas a Irán será castigado de inmediato con un arancel del 50% sobre todos los bienes que venda a Estados Unidos.
«No habrá exclusiones ni exenciones», escribió. Es una forma de ampliar el conflicto más allá de Irán y de convertir el desenlace de la guerra en un instrumento de presión mundial: quien sostenga a Teherán pagará un precio económico directo en el mercado estadounidense.
Empresa conjunta en Ormuz
Trump fue incluso un paso más allá. Ya no se limita a presentar la reapertura del estrecho de Ormuz como una rendición iraní, sino que habla como si Washington estuviera en condiciones de convertir ese paso estratégico en un negocio compartido con Teherán. Preguntado por la posibilidad de que Irán cobre peajes a los buques que crucen la zona, respondió a la cadena ABC News que estudia una «empresa conjunta» con los iraníes para hacerlo de forma coordinada, porque sería, dijo, «una manera de asegurarla» y, además, «algo hermoso».
La idea encaja con la retórica de estos días. Trump da por descontada la victoria militar, se atribuye el control político del desenlace y empieza a fijar, también en términos económicos, las reglas del día después del conflicto, si es que este final dura más allá de la tregua.


