Starmer gana tiempo con el respaldo de su gabinete tras la mayor crisis interna de su mandato

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Keir Starmer llegó al martes con la autoridad erosionada por la crisis más grave desde su llegada a Downing Street y al mismo tiempo con una imagen de control que, sin disipar las dudas de fondo, ha permitido al Partido Laborista ganar tiempo. Tras unas jornadas previas marcadas una investigación policial en curso por el caso Mandelson y el desafío abierto desde el líderazgo laborista escocés, que pedía su dimisión, el primer ministro presidió la reunión semanal del gabinete arropado por sus ministros, en un ejercicio de disciplina colectiva que evitó el colapso inmediato de su liderazgo y trasladó el foco a un horizonte decisivo de pruebas electorales.

El detonante de la crisis sigue siendo el nombramiento de Peter Mandelson como embajador del Reino Unido en Estados Unidos, una designación realizada en diciembre de 2024 que terminó nueve meses después con su destitución, cuando se hicieron públicos sus vínculos con Jeffrey Epstein. La publicación posterior de nuevos archivos por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos añadió una dimensión más grave al escándalo al incluir acusaciones de que Mandelson habría transmitido información sensible del Gobierno durante la crisis financiera de 2009. La Policía Metropolitana investiga ahora al exembajador por un presunto delito de mala conducta en el ejercicio de un cargo público, mientras, según la BBC, Mandelson sostiene que no actuó de forma criminal ni con motivaciones económicas.

La presión sobre Starmer aumentó con rapidez. El fin de semana dimitió su jefe de gabinete, Morgan McSweeney, figura central en la maquinaria política de Downing Street, y el lunes se conoció la salida de Tim Allan, director de comunicación. Fuentes citadas por la prensa local señalan que el proceso de cambios podría continuar con la marcha del secretario del gabinete, Chris Wormald, lo que subraya la profundidad de la sacudida institucional. En ese contexto, la intervención de Anas Sarwar, líder del Partido Laborista en Escocia, al pedir públicamente la renuncia del primer ministro, supuso una ruptura sin precedentes en la disciplina interna y elevó el riesgo político en vísperas de las elecciones escocesas de mayo.

A última hora del lunes, sin embargo, el equilibrio empezó a inclinarse. En una reunión privada del grupo parlamentario laborista, Starmer afirmó que no está dispuesto a marcharse y pidió tiempo para reconducir la situación. A partir de ese momento, y de manera especialmente visible tras un mensaje de apoyo del viceprimer ministro David Lammy, los miembros del gabinete comenzaron a expresar su respaldo público al líder. El responsable de Energía, Ed Miliband, reconoció la gravedad del episodio al describirlo como un «momento de peligro» en el que el partido «miró al precipicio» antes de decidir sostener al primer ministro, al considerar que la alternativa habría sido un proceso interno de liderazgo con consecuencias imprevisibles.

Ese argumento fue reforzado por el politólogo John Curtice, una de las voces más influyentes en el análisis electoral británico. En declaraciones a la BBC, Curtice afirmó que el mayor activo de Starmer en este momento es la ausencia de una alternativa creíble capaz de «dar la vuelta a la situación a corto plazo», y advirtió de que una dimisión inmediata abriría una contienda interna «divisiva» que dañaría al partido en un momento crítico. Curtice interpretó el movimiento de Sarwar como un intento de «ir a por todas» ante el riesgo de un «choque electoral» en Escocia, pero subrayó que, para que surtiera efecto, habría necesitado un respaldo interno mucho más amplio.

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El apoyo al primer ministro no se limitó a Westminster. La ministra principal de Gales, Eluned Morgan, difundió un comunicado en el que declaró su respaldo a Starmer «en el trabajo para el que fue elegido», al tiempo que apeló a la necesidad de estabilidad tras años de liderazgo errático bajo gobiernos conservadores. No obstante, Morgan introdujo matices significativos al reconocer que había tenido dudas sobre la idoneidad de Mandelson para un cargo público y al reclamar que el error de su nombramiento fuese «reconocido y afrontado con honestidad».

Desde el Partido Conservador, la lectura es distinta. Su líder, Kemi Badenoch, sostuvo que la caída de Starmer era «una cuestión de cuándo, no de si» (sucederá) y afirmó que su partido está preparado para presentar una moción de censura, aunque admitió que aún no ha llegado el momento. Badenoch argumentó que el cierre de filas laborista responde al miedo de los diputados a perder sus escaños y calificó el liderazgo del primer ministro como una fuente de inestabilidad.

En paralelo, el Gobierno ha tratado de contener las consecuencias institucionales del caso Mandelson. Tras la decisión del ministro de Sanidad, Wes Streeting, de publicar sus mensajes con el exembajador, desde Downing Street de instruyó a los ministros para que no divulgaran comunicaciones privadas. La Policía Metropolitana respaldó esa directriz al advertir de que la publicación de conversaciones podría perjudicar la investigación en curso.

Al abandonar el número 10 este martes tras la reunión del gabinete, los ministros mostraron una imagen de normalidad que contrastaba con la intensidad de las horas previas. Starmer, por ahora, respira. Sin embargo, el apoyo recibido tiene fecha de caducidad implícita. Como señalan analistas y admiten en privado miembros del Gobierno, las elecciones de mayo, así como citas intermedias como la elección parcial de Gorton y Denton, se perfilan como pruebas determinantes para medir si el premier ha superado una crisis coyuntural o si simplemente ha pospuesto un ajuste de cuentas que sigue latente en el corazón del laborismo.



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