La rosácea es una afección dermatológica que provoca enrojecimiento, ardor, picazón y lesiones similares al acné. Según especialistas, la barrera cutánea de estos pacientes presenta mayor fragilidad, lo que incrementa su sensibilidad a ciertos procedimientos estéticos.
Procedimientos como exfoliaciones agresivas, peelings químicos en altas concentraciones y microdermoabrasión están contraindicados, ya que comprometen la integridad de la piel. Se recomienda evitar productos con alcohol, mentol o alcanfor, así como tratamientos que generen calor intenso o fricción excesiva. Durante brotes activos, los dermatólogos desaconsejan intervenciones invasivas debido a la mayor reactividad cutánea.
Entre los tratamientos de alto riesgo se incluyen los láseres ablativos, como los de dióxido de carbono (CO₂), que pueden incrementar la inflamación. Tecnologías como el láser vascular (PDL) o la luz pulsada intensa (IPL) pueden ser efectivas para reducir rojeces persistentes, pero su aplicación debe ser supervisada por un dermatólogo y ajustada a parámetros conservadores.
Para el cuidado diario, se sugieren limpiadores suaves e hidratantes con propiedades reparadoras. Activos como el ácido azelaico, metronidazol o ivermectina pueden ser indicados bajo prescripción médica para controlar la inflamación y los brotes. Ante reacciones adversas, como ardor o enrojecimiento intenso, se recomienda suspender el tratamiento y consultar a un profesional.
**REDACCIÓN FV MEDIOS**


