#Salud: ¿Qué hábitos protegen de la demencia y el Alzhéimer?

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El alzhéimer no forma parte del envejecimiento normal, aunque a menudo se confunda con “cosas de la edad”. Tampoco es solo un problema de memoria. Puede aparecer como apatía, cambios de carácter, dificultades con el lenguaje o con tareas cotidianas. ¿Qué pasa cuando fallan las palabras antes que los recuerdos?

La genética influye, pero no manda en la mayoría de casos. En la práctica, pesan más el estilo de vida y el entorno. La edad sigue siendo el mayor factor de riesgo, a partir de los 65 años la probabilidad se duplica cada 5 años. Por eso tiene sentido actuar pronto, porque los cambios cerebrales pueden empezar muchos años antes de los síntomas.

Comer al estilo mediterráneo: el hábito con mejor respaldo

La alimentación funciona como un “mantenimiento” diario del cerebro. Entre los patrones más estudiados, la dieta mediterránea destaca por su asociación con menor riesgo de deterioro cognitivo. Algunos trabajos estiman una reducción del riesgo del 10% al 20%, incluso en personas con predisposición genética como APOE4, sin convertirlo en una garantía individual. Un plato repetido cada día pesa más que una promesa rápida, el patrón completo suele ser la clave.

¿Qué alimentos priorizar y por qué ayudan al cerebro?

El aceite de oliva, las verduras de hoja verde, los frutos rojos, el yogur y el pescado azul encajan bien en ese patrón. Su aporte de grasas saludables y compuestos antioxidantes se relaciona con una mejor protección de las neuronas y de los vasos sanguíneos del cerebro.

En la mesa, esto puede verse en decisiones simples: una ensalada con hojas verdes y aceite de oliva, un bol de yogur con frutos rojos, o una cena con pescado azul y verduras salteadas. Pequeños gestos, repetidos, construyen un hábito.

Lo que conviene recortar y el mito de los suplementos

Cuando sobra peso, bajarlo ayuda. También conviene limitar dulces industriales, ultraprocesados y reducir la carne roja. Estas medidas suelen ir de la mano de un mejor control de azúcar y presión arterial, dos frentes ligados a la salud cerebral.

Los suplementos generan expectativas, pero la evidencia no sostiene que una vitamina, por sí sola, prevenga el alzhéimer. Se estudian nutrientes como vitaminas del grupo B, omega-3, zinc o compuestos con litio, pero lo más consistente sigue siendo el conjunto de la dieta y no una cápsula.

Mover el cuerpo: dormir bien y cuidar el corazón para cuidar la memoria

El sedentarismo es un enemigo silencioso. En cambio, el ejercicio regular se asocia con un cerebro mejor irrigado y más “entrenado” para crear conexiones. En entornos clínicos se ha observado que, junto con otros hábitos, el movimiento puede acompañarse de mejoras en ciertos biomarcadores, lo que sugiere un posible freno del proceso.

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La salud vascular también cuenta. Hipertensión, diabetes y obesidad elevan el riesgo con el tiempo. Cuidarlas no es solo “cuidar el corazón”, también es proteger la memoria.

Foto Freepik

Ejercicio que suma: desde caminar rápido hasta fuerza ligera

Como referencia fácil, se suele recomendar alrededor de 150 minutos semanales de actividad moderada, por ejemplo caminar rápido, y añadir algo de fuerza varios días. Esa combinación ayuda al equilibrio, reduce caídas y mantiene la autonomía. También favorece el flujo sanguíneo cerebral, que es el combustible del pensamiento.

Sueño y control de factores de riesgo: dos frenos silenciosos

Dormir lo suficiente permite que el cerebro se recupere y “ordene” lo aprendido. Cuando el sueño se rompe de forma crónica, cuesta más concentrarse y se resiente el ánimo, y eso complica el día a día. Además, prevenir golpes en la cabeza importa. Un casco bien usado y el cinturón de seguridad reducen traumatismos, un riesgo que se asocia a más demencia en etapas posteriores.

La vida social y el reto de la soledad: un factor que muchos subestiman

La soledad no es solo una emoción, también es un factor de salud. Vivir con aislamiento se ha relacionado con un aumento relativo del riesgo cercano al 31%, un impacto comparable al de otros riesgos conocidos. En análisis internacionales, el aislamiento social en edades avanzadas se ha estimado como contribuyente de una parte relevante de casos globales de demencia.

Conexión diaria: actividades compartidas y el buen uso de las pantallas

Conversaciones regulares, actividades en grupo, voluntariado o un club de lectura sostienen la mente como lo hace el ejercicio con el músculo. La tecnología, usada con criterio, puede sumar. Se han descrito mejoras en memoria y funciones ejecutivas en mayores aislados con videollamadas de unos 30 minutos varias veces por semana. Aun así, las pantallas son un arma de doble filo. Si sustituyen la vida real y el esfuerzo mental de lo cotidiano, pueden agrandar el aislamiento.

Cerrar el círculo con pasos realistas

Estos hábitos se acumulan, no compiten. Empezar hoy tiene sentido a cualquier edad, porque el cerebro responde a rutinas sostenidas. Una comida mediterránea al día, caminatas regulares o recuperar una actividad social ya cambian el rumbo. Si aparecen despistes llamativos, cambios de conducta o dudas persistentes, conviene consultar con un profesional. En contextos médicos existen pruebas y biomarcadores que ayudan a valorar el riesgo y a orientar el seguimiento.

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