Un preparado denominado ‘mumia’ se comercializó en Europa durante siglos tras un error de traducción en la Edad Media. El término persa ‘mumiya’, referido a un betún medicinal, fue confundido con ‘mumia’, asociado a cuerpos embalsamados egipcios. La similitud en resinas y sustancias oscuras entre ambos productos facilitó su adopción como remedio desde el siglo XII.
Entre los siglos XVI y XVII, la ‘mumia’ alcanzó su mayor difusión en boticas europeas, donde se recetaba para tratar inflamaciones, epilepsia, úlceras e infecciones. Se administraba en polvo, mezclado con vino, agua o jarabes, o aplicado en ungüentos. La demanda generó un mercado lucrativo, con importaciones desde Egipto y distribución en ciudades europeas.
La escasez de momias auténticas derivó en la producción de falsificaciones, incluyendo cuerpos recientes tratados para simular antigüedad. El declive de esta práctica ocurrió entre los siglos XVIII y XIX, impulsado por avances científicos en anatomía y química que cuestionaron su eficacia. En 1834, Thomas Pettigrew organizó en Londres eventos públicos de desenvolvimiento de momias, combinando fines científicos y de entretenimiento.
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