#Salud: La edad ideal para que tu hijo aprenda a nadar (y por qué no deberías esperar)

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Cuando un niño se acerca al agua, no solo empieza un juego, también aparece una cuestión de seguridad. Nadar no es un capricho deportivo, es una habilidad que puede marcar la diferencia en un despiste. Además, es una actividad completa, mueve muchos músculos y cuida el corazón sin impactos fuertes.

La familiarización puede empezar muy pronto. Con acompañamiento y sentido común, muchas familias introducen al bebé en el agua desde alrededor de los 6 meses, con sesiones suaves y cortas. Aun así, las clases formales suelen encajar mejor más adelante, cuando el niño ya entiende indicaciones y puede repetir gestos con intención. En la práctica, muchos progresan de forma clara a partir de los 4 años, sin prometer milagros ni atajos.

¿Qué edad suele funcionar mejor y qué puede aprender un niño en cada etapa?

No existe una edad perfecta para todos. Sin embargo, suele verse un patrón: muchos niños aprenden entre los 4 y los 8 años porque ya siguen instrucciones y, a la vez, absorben técnicas con rapidez. Esa combinación ahorra frustración y acelera la confianza.

A partir de los 4 años, la mayoría ya puede trabajar habilidades básicas de seguridad, como flotar unos segundos, patear con control y orientarse hacia un borde. Entre los 3 y los 5 años también se abre una ventana muy buena para mejorar coordinación y perder el miedo, siempre con un enfoque progresivo.

Incluso entre deportistas de élite se ven caminos distintos. Rebecca Adlington empezó sus primeras clases con 4 años, mientras Michael Phelps las inició a los 7. El mensaje es simple: empezar pronto ayuda, pero empezar más tarde también funciona si se mantiene constancia y un buen método.

De 6 a 24 meses: familiaridad y confianza con un adulto en el agua

En esta etapa, el objetivo no es “nadar“. Lo importante es ganar confianza con un adulto cerca, jugar, soplar burbujas, mojar la cara poco a poco y aceptar el agua sin tensión. Estas experiencias suelen facilitar que, cuando lleguen las clases formales, el niño se concentre en aprender y no en defenderse del entorno.

De 3 a 5 años: la etapa donde despegan las habilidades reales de seguridad

Aquí mejora la coordinación y la capacidad de escuchar. Por eso suelen aparecer avances reales: flotación más estable, patada más útil, respiración básica y pequeños desplazamientos hacia una zona segura. Empezar antes de primaria reduce el tiempo en el que el niño está cerca del agua sin recursos propios.

Foto Freepik

¿Por qué no conviene esperar, el riesgo existe antes de que el niño sepa nadar?

El riesgo de ahogamiento existe mucho antes de que un niño aprenda a nadar “bien”. Por eso conviene actuar cuanto antes, con dos ideas claras: las clases tempranas pueden reducir el riesgo, pero no lo eliminan, y la supervisión adulta sigue siendo obligatoria. Cuando se busquen datos concretos, lo más sensato es revisar informes locales y fuentes sanitarias del lugar donde vive la familia.

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Clases tempranas ayudan, pero no sustituyen la vigilancia ni las normas de seguridad

La regla práctica es simple: en edades pequeñas, un adulto debería estar a distancia de brazo. Además, inflables y manguitos pueden dar falsa seguridad y fomentar malas posturas. Siempre que se pueda, conviene elegir espacios con socorrista y normas claras.

¿Cómo elegir clases de natación que de verdad ayuden al niño a avanzar?

Una buena escuela prioriza progresión y calma. Suele contar con instructor cualificado, grupos pequeños y objetivos realistas por etapas. También cuida detalles que importan, como el estado del agua, la temperatura y la comunicación con la familia. La regularidad pesa más que la intensidad. Para muchas familias, una clase semanal es un ritmo razonable para sostener motivación y avances. Si existe la opción, ver una sesión antes de apuntarse suele despejar dudas.

Señales de una buena escuela, y señales de alerta que conviene evitar

Una buena señal es que se trabaje flotación, respiración y desplazamiento seguro, respetando el ritmo del niño. En cambio, conviene desconfiar de la presión, del miedo como herramienta, de promesas de “nadar en pocos días” y de la dependencia constante de flotadores.

Empezar con familiarización temprana y pasar a clases formales alrededor de los 4 años suele dar buenos resultados. Si el niño es mayor, todavía está a tiempo. Lo importante es valorar su madurez, mantener la supervisión y reservar una clase de prueba para empezar con buen pie.

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