#Salud: hábitos cotidianos que están elevando el riesgo

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Una jornada típica ayuda a entender el problema. Trabajo sentado, comida rápida a mediodía, café para aguantar, y una cena tarde frente a la pantalla. Nada de eso parece “grave” por separado. Sin embargo, repetido durante meses, el cuerpo empieza a perder manejo del azúcar.

La diabetes tipo 2 ya representa más del 90% de los casos de diabetes. Además, a nivel mundial viven con diabetes cientos de millones de adultos. Estimaciones recientes sitúan la cifra alrededor de 589 millones, e incluso más alta según organismos internacionales. Lo más inquietante es que muchas personas no lo saben: cerca del 43% no está diagnosticado.

¿Por qué el aumento preocupa y a quién está alcanzando?

La base del problema suele ser la resistencia a la insulina. En simple, la insulina funciona como una “llave” que ayuda a que la glucosa entre en las células. Cuando esa llave falla, el azúcar se queda más tiempo en sangre, y el páncreas se ve obligado a trabajar de más.

El aumento es global y golpea con fuerza a países de ingresos bajos y medios. Allí se concentra gran parte de los casos no diagnosticados, por falta de acceso a controles y por cambios rápidos en la alimentación y el estilo de vida. En España y en otros países europeos también preocupa el infradiagnóstico, porque muchos casos se detectan tarde, cuando ya hay complicaciones silenciosas.

Además, la enfermedad aparece cada vez más en adultos jóvenes. No es solo “cosa de mayores”. El riesgo sube cuando se normaliza una vida con pocas pausas, menos cocina casera y más fatiga acumulada.

Hábitos diarios que suben el riesgo sin que la persona lo note

El primer empujón lo da el sedentarismo prolongado. Pasar horas sentado reduce el uso de glucosa por el músculo. Aunque se entrene algunos días, el resto de la semana también cuenta. El cuerpo se adapta a “gastar poco”, y eso se paga.

La comida diaria también suma. Los ultraprocesados suelen concentrar azúcares, harinas refinadas, grasas y sal. En paralelo, las bebidas azucaradas y los zumos desplazan al agua sin que se note el exceso. El resultado es un pico rápido de glucosa, seguido de hambre temprana.

Otro hábito común es comer porciones grandes y picar a todas horas. El cuerpo casi no tiene descansos. Si además falta fibra y proteína (por ejemplo, pocas legumbres, verduras, frutos secos o yogur natural), la saciedad dura menos y el apetito manda.

Con el tiempo, crece la grasa en la cintura abdominal. Esa zona se asocia con peor respuesta a la insulina. La buena noticia es que pequeños cambios repetidos, como caminar tras comer o ajustar el plato, suelen tener más efecto del que parece.

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Foto Freepik

Sueño corto, estrés y pantallas: el combo que altera el azúcar

Dormir poco cambia el apetito y el control de glucosa. Con menos sueño, el cuerpo tiende a pedir más comida densa en calorías, y cuesta parar. Si esa falta de descanso se vuelve norma, la regulación del azúcar se desordena.

El estrés crónico también empuja. Eleva hormonas que preparan al cuerpo para “aguantar”, pero a costa de empeorar la sensibilidad a la insulina. En la práctica, se come más rápido, se eligen opciones peores y se mueve menos.

Las pantallas por la noche cierran el círculo. Luz, estímulos y horarios irregulares retrasan el descanso. En cambio, una rutina simple, pausas breves durante el día, respiración tranquila y un paseo después de cenar pueden ayudar sin convertir la vida en un plan rígido.

Señales tempranas y controles que ayudan a detectarla a tiempo

Al inicio, muchas personas no notan nada. Por eso, el control importa incluso cuando “todo va bien”. Aun así, algunos síntomas pueden aparecer: más sed, más ganas de orinar, cansancio que no mejora, visión borrosa, infecciones frecuentes, y heridas que tardan en cerrar. En consulta, los profesionales suelen pedir glucosa en ayunas y HbA1c, que refleja el promedio de azúcar de las últimas semanas. También se valora la presión arterial, el peso y el perímetro de cintura.

Conviene prestar más atención si hay sobrepeso, antecedentes familiares, hipertensión o vida muy sedentaria. Ante dudas, lo sensato es hablar con un profesional y evitar el auto-diagnóstico, porque los números y el contexto importan tanto como la sensación.Ajustar hábitos cotidianos baja la probabilidad de llegar tarde. Un chequeo a tiempo puede cambiar el rumbo, y la prevención suele empezar con una decisión pequeña que se repite cada día.

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