Durante una cirugía, el corazón se detiene, no hay pulso, tampoco respiración. En el monitor, el tiempo se vuelve pesado. Y, aun así, la persona regresa. Estos relatos atrapan porque mezclan miedo, curiosidad y una búsqueda simple, saber qué pasa cuando se apaga todo.
¿Qué pasó en esos seis minutos, el hecho médico y el punto de partida del relato?
En un hospital, la muerte clínica suele referirse a un paro cardiorrespiratorio. El cuerpo deja de sostener funciones básicas, y el equipo médico intenta revertirlo con maniobras de reanimación. En ese umbral, la prioridad no es el misterio, es volver a iniciar el latido.
En el caso difundido de John Davis, el paro ocurrió durante una operación tras un accidente de moto, debido a una reacción adversa a la anestesia. Se habló de unos seis a siete minutos sin signos vitales, antes de que los médicos lograran reanimarlo.
Lo más desconcertante de su testimonio no fue el dato clínico, sino el contraste. Para él, esos minutos no se sintieron como minutos. Describió una percepción del tiempo expandida, como si hubiera vivido una experiencia larga mientras el reloj de la sala seguía su curso.
Lo que dijo haber visto: un “cielo” sin clichés y con detalles inesperados
Cuando se piensa en “el cielo”, muchos imaginan nubes, música suave y una bienvenida familiar. Sin embargo, Davis contó algo distinto, más parecido a un lugar ordenado que a un paisaje de postal. Habló de un gran edificio de mármol, con pasillos, puertas y un aire funcional, como si se tratara de un centro de orientación. Según su relato, una presencia serena lo acompañó, actuando como guía. No describió gritos ni dramatismo. Lo que destacó fue la calma, una lucidez difícil de explicar y la sensación de estar consciente sin pánico.
También mencionó una revisión de vida presentada como comprensión, no como castigo. En lugar de un tribunal externo, la experiencia se sintió íntima, como un espejo interno. Ese punto coincide con muchos testimonios similares, donde el juicio no parece venir de fuera, sino de la propia conciencia. Más adelante, describió un entorno abierto y afectivo, como una pradera o jardín. Allí situó un reencuentro simbólico con animales queridos, un detalle que sorprende por lo concreto y emocional.
El mensaje que lo cambió: sin juicio externo y con un impacto muy humano
Davis atribuyó el cierre de su experiencia a una figura luminosa difícil de mirar de frente. No insistió en rasgos, sino en la idea transmitida, que la muerte no sería un final absoluto, sino un cambio de estado. Ese mensaje, contado una y otra vez por él, quedó como enseñanza central.
El regreso, según su versión, fue brusco. Después, dijo sentir menos miedo y más atención a lo simple. Las discusiones perdieron peso, y sus prioridades se reordenaron. En vez de buscar grandeza, habló de vivir con coherencia, con menos máscara y más verdad cotidiana.
¿Cómo leer estas experiencias sin caer en extremos, fe ciega o burla fácil?
Estos testimonios dividen opiniones porque tocan fibras profundas. Algunas personas los leen como una ventana espiritual. Otras los explican como efectos del cerebro bajo estrés, fármacos, falta de oxígeno, o recuerdos que la mente reconstruye al despertar.
Aun con esas dudas, el tema importa por una razón práctica. Muchos que pasan por una experiencia así reportan cambios reales, menos miedo, más atención al tiempo, más cuidado en las relaciones. Tal vez el valor no esté en “demostrar” un más allá, sino en observar qué hace ese relato con la vida de quien vuelve.
Al final, el lector puede quedarse con preguntas simples. ¿En qué se va el tiempo?, ¿qué vínculos se cuidan poco?, ¿qué decisiones se postergan demasiado? El relato no coincide con lo que muchos imaginan, y quizá por eso inquieta. Habla de identidad, de memoria y de cómo se siente estar frente a uno mismo. Y deja la puerta entreabierta, sin exigir una sola interpretación.
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Este artículo fue elaborado con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial.
Posteriormente, fue objeto de una revisión exhaustiva por parte de un periodista profesional
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