#Salud: Esto es lo primero que siempre debes hacer antes de cocinar pollo

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Mucha gente cree que el primer paso para preparar pollo es lavarlo bajo el grifo. Suena lógico, pero ese gesto suele traer más problemas que soluciones. El agua no elimina los microbios del pollo crudo, y las salpicaduras pueden llevarlos a la encimera, el fregadero o los utensilios.

Por eso, antes de pensar en adobos o en el horno, hay una acción más importante que cualquier otra: lavarse bien las manos. Es el punto de partida más seguro, porque corta el camino más rápido de la cocina: el de las manos a todo lo demás. Luego sí, llega el primer paso práctico sobre el pollo. No se trata de enjuagarlo, sino de preparar su superficie para que se dore mejor. En especial, para que la piel quede más apetecible y el sazonado no “resbale”.

El primer paso real sucede antes de tocar el pollo: manos limpias para evitar contagios en la cocina

El pollo crudo puede transportar bacterias como Salmonella o Campylobacter. El riesgo no está solo en el pollo, sino en lo que ocurre después. Un toque al grifo, al salero o a la tabla puede iniciar la contaminación cruzada sin que nadie lo note.

El lavado de manos debe hacerse con agua y jabón, frotando palmas, dorsos, entre los dedos y uñas durante al menos 20 segundos. Ese tiempo marca una diferencia real, porque ayuda a arrastrar la suciedad y los microbios. Además, conviene repetirlo cada vez que cambie la tarea: después de manipular el pollo, tras tirar el papel usado y antes de tocar otros alimentos.

En comparación, enjuagar el pollo ofrece una falsa sensación de limpieza. La seguridad alimentaria empieza mucho antes del fuego, y suele depender más de hábitos simples que de trucos.

Foto Freepik

Después, no se lava: se seca el pollo para que quede dorado, crujiente y bien sazonado

La idea de no lavar el pollo tiene una razón práctica: al caer el agua, los jugos pueden salpicar y esparcir microbios por el fregadero y alrededor. Como el calor es lo que destruye las bacterias, el lavado aporta poco y arriesga mucho.

En cambio, el gesto que sí mejora el resultado es secar con papel la superficie del pollo, sobre todo la piel. Si la piel entra húmeda a la sartén o al horno, el agua debe evaporarse primero. Mientras tanto, el exterior se queda pálido y tarda más en empezar el mejor dorado. Con la superficie seca, la grasa se funde mejor y la piel puede volverse más firme. Así aparece una piel crujiente y sabrosa, con ese color tostado que huele a cocina bien hecha. Además, la sal, las especias y hasta una capa ligera de mantequilla se adhieren mejor cuando no hay agua de por medio.

Un plan simple para que el pollo salga seguro y jugoso, sin complicarse

La calidad y la higiene pueden ir de la mano. Para empezar, la descongelación segura se hace en la nevera, dentro de un recipiente, para evitar goteos sobre otros alimentos. También ayuda guardar el pollo crudo en la parte baja y usar una tabla y un cuchillo separados.

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Después, una limpieza rápida y constante reduce sustos. Agua caliente y jabón para utensilios y superficies, y manos limpias cada vez que se cambie de tarea.

En la cocción, el punto de control más fiable es un termómetro de cocina. La parte más gruesa debe llegar a 75 °C (165 °F). Así se cocina con margen y sin depender del color. Al terminar, un breve reposo antes de cortar ayuda a que los jugos se repartan y la carne quede más agradable.

Si hay tiempo, un extra sencillo mejora el acabado: salar el pollo con antelación y dejarlo destapado en la nevera. La sal sazona por dentro y la piel se seca más, lo que favorece el dorado.

Al final, el orden importa. Primero, manos impecables para cortar la cadena de contagios. Después, papel de cocina para secar y preparar un buen dorado. Con esa base, cualquier receta funciona mejor, ya sea en horno, sartén o air fryer, y el pollo llega a la mesa con más sabor y menos riesgos.

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