#Salud: ¿Cuándo cambiar tu cepillo de dientes? La alerta de los dentistas

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Un cepillo de dientes puede parecer “bien” a simple vista y, aun así, estar ya cansado. La alerta de los dentistas no busca asustar, sino recordar algo básico: con el uso, el cepillo pierde eficacia, y la higiene depende tanto de la técnica como del estado de las cerdas.

En la práctica, el cepillado es como barrer una alfombra. Si la escoba está abierta y deformada, arrastra menos suciedad y obliga a frotar más. Con la boca pasa igual. La buena noticia es que hay señales fáciles de detectar para saber cuándo toca el cambio, sin obsesionarse y sin adivinar.

La regla general: cada 3 meses (y por qué los dentistas insisten)

La recomendación más repetida por dentistas y asociaciones dentales es clara: cambiar el cepillo, o el cabezal si es eléctrico, cada 3 a 4 meses. El motivo principal es mecánico. Las cerdas se doblan, se abren y ya no llegan igual a los bordes de la encía ni a los espacios entre dientes, aunque el mango siga “nuevo”.

También influye el entorno. El baño suele ser húmedo, y esa humedad favorece la presencia de microbios en un objeto que se moja a diario. No hace falta entrar en pánico, pero sí entender que un cepillo viejo pasa más tiempo húmedo y, por tanto, se mantiene peor.

Además, hay datos que ayudan a ponerlo en contexto: se ha observado que un cepillo desgastado puede retirar hasta un 30% menos de placa que uno nuevo. Cambiarlo a tiempo es una mejora simple, barata y constante.

Qué pasa cuando el cepillo se desgasta: menos limpieza y más irritación

Cuando aparecen cerdas abiertas, la limpieza se vuelve menos precisa. El cepillo “peina” la superficie, pero falla en la línea de las encías. A menudo, quien nota esa sensación de “no queda limpio” aprieta más, y ese exceso de fuerza irrita y puede provocar sangrado.

Señales claras para cambiar el cepillo antes de tiempo

El calendario orienta, pero manda el estado real del cepillo. Conviene adelantar el cambio cuando ocurre algo de esto:

  • Las cerdas se ven dobladas o abiertas en forma de abanico.
  • Hay mal olor persistente pese a enjuagarlo bien.
  • Se cepilla con mucha presión, o se cepilla más veces al día.
  • El cepillo lo usa un niño, porque suele morder las cerdas y las deforma antes.
Foto Freepik

Cerdas dobladas, abiertas o con “abanico”: la señal más fiable

Para comprobarlo, basta mirarlo desde arriba y de lado. Si las puntas se separan y pierden su forma recta, el cepillo ya no trabaja bien, aunque se haya comprado hace poco. Elegir cerdas suaves y evitar apretar suele alargar su buen rendimiento.

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Después de una gripe o infección de garganta: cuándo conviene reemplazarlo

Tras un resfriado fuerte, gripe, anginas o una infección bucal, muchos dentistas aconsejan un cambio inmediato del cepillo. No se promete que así se evite enfermar, pero sí se reduce la idea de “volver a usar” un objeto que estuvo en contacto con un periodo de alta carga de gérmenes.

Errores comunes y hábitos que alargan la vida del cepillo (sin perder higiene)

Un error típico es creer que más presión limpia mejor. Suele pasar lo contrario: se dañan encías y cerdas, y el cepillado pierde calidad. La rutina base sigue siendo sencilla: cepillado dos veces al día, al menos dos minutos, con movimientos controlados.

Guardar y secar bien el cepillo: menos mal olor y menos microbios

Después de usarlo, conviene enjuagarlo, sacudir el exceso de agua y dejarlo en vertical, al aire. Las fundas cerradas son útiles para viajar, pero en casa mantienen humedad si se usan siempre. Guardarlo lejos del inodoro y con ventilación ayuda.

Cepillo manual vs eléctrico: lo que cambia (y lo que no) al reemplazarlo

En un manual se cambia el cepillo completo; en uno eléctrico se cambia el cabezal. La frecuencia es parecida, cada 3 a 4 meses, o antes si hay desgaste. Algunos cabezales incluyen indicadores de color, pero la forma de las cerdas sigue siendo la pista más fiable.

Revisar el cepillo hoy mismo lleva unos segundos. Si las cerdas ya no apuntan rectas, el recordatorio puede ponerse en el calendario y listo. A la larga, la boca lo nota, sobre todo cuando se priorizan cerdas suaves y una técnica tranquila, sin fuerza extra.

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