Estudios científicos respaldan cuatro beneficios del omega-3 en el desarrollo infantil

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El omega-3, un tipo de grasa poliinsaturada, cumple funciones esenciales en el desarrollo infantil. Sus componentes más estudiados, DHA (ácido docosahexaenoico) y EPA (ácido eicosapentaenoico), han sido asociados en investigaciones científicas con efectos en cuatro áreas clave: desarrollo cerebral, salud visual, sistema cardiovascular y regulación de la respuesta inflamatoria. Estos beneficios se vinculan a hábitos saludables, como una dieta equilibrada, sueño adecuado y actividad física regular.

El DHA se concentra en el cerebro y la retina, contribuyendo a su estructura y funcionamiento. Estudios relacionan niveles adecuados de DHA con mejoras en atención, memoria y, en algunos casos, habilidades de lectura y escritura. En niños con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), los efectos del omega-3 son limitados y no reemplazan los tratamientos convencionales.

En la retina, el DHA actúa como componente estructural clave para la agudeza visual, especialmente durante las etapas tempranas del desarrollo. La evidencia científica indica que un aporte sostenido de DHA, más que ingestas esporádicas, se asocia con una mejor agudeza visual en niños.

Respecto al sistema cardiovascular, aunque los problemas clínicos suelen manifestarse en la adultez, el perfil lipídico se configura desde la infancia. Análisis observacionales vinculan el consumo de omega-3 con niveles más favorables de triglicéridos, particularmente en individuos con valores elevados.

El EPA y el DHA participan en la modulación de la respuesta inflamatoria, contribuyendo al equilibrio del sistema inmunológico. Su función se centra en regular procesos inflamatorios, sin evidencia concluyente sobre la prevención de enfermedades específicas.

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Para incorporar omega-3 en la dieta infantil, se recomiendan fuentes naturales como pescados azules (salmón, sardina, caballa y boquerón), adaptados a la edad y tolerancia del niño. Fuentes vegetales como chía, lino molido y nueces aportan ALA (ácido alfa-linolénico), un precursor que el organismo convierte en DHA y EPA en cantidades limitadas. También existen alimentos enriquecidos, como huevos o lácteos con DHA añadido, que pueden complementar la ingesta.

Los suplementos de omega-3 pueden considerarse en casos de dietas restrictivas, alergias o necesidades clínicas específicas, siempre bajo supervisión pediátrica. Al evaluar suplementos, es clave verificar la concentración real de DHA y EPA, el formato (líquido o masticable) y la ausencia de azúcares añadidos. La calidad del producto, certificada por organismos reguladores, y la dosificación adecuada son factores determinantes para su uso seguro.

**REDACCIÓN FV MEDIOS**