El 2 de junio de 1995, mientras patrullaba la zona de exclusión aérea de la Operación Deny Flight impuesta por la OTAN sobre Bosnia-Herzegovina, el F-16 de Scott O’Grady fue alcanzado por un misil tierra-aire. Tras el impacto, el entonces … piloto de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos se eyectó y aterrizó en territorio hostil: durante seis días, se vio obligado a esconderse en los bosques y a moverse solo de noche para evitar ser capturado, además de alimentarse de hierba, hojas, hormigas y agua de lluvia recolectada con una esponja.
Dos décadas antes, el ahora coronel retirado estadounidense Roger Locher vivió una situación más penosa si cabe. Durante la guerra de Vietnam, en 1972, el avión en el que viajaba fue abatido a solo 60 kilómetros de Hanói, en cuyos alrededores tuvo que ocultarse durante 23 días para evadir al enemigo. Perdido en plena selva, sobrevivió a base de plantas y bayas, aunque perdió casi 25 kilos. Para rescatarlo, la Fuerza Aérea detuvo temporalmente los ataques para concentrar los esfuerzos en su búsqueda. Ahora, otro piloto norteamericano está desaparecido en Irán después de que Teherán abatiera su caza este sábado.
El avión, un caza F-15, fue derribado a primera hora de la tarde del sábado. Los dos tripulantes se eyectaron del aparato, pero solo uno fue localizado posteriormente y puesto a salvo de inmediato. En ese momento, comenzó una lucha de las fuerzas estadounidenses contra el tiempo y contra Irán, que ofreció una recompensa por el soldado norteamericano, de acuerdo con los medios de comunicación del régimen del ayatolá.
Sin embargo, una vez fuera del caza, ¿cómo es posible sobrevivir? ¿Qué hay que hacer en primer lugar? ¿Cuántos días puede aguantar alguien sin asistencia? ¿Es factible repetir la hazaña de O’Grady y Locher? Con la conciencia de que la tecnología ha experimentado una evolución extraordinaria desde la guerra de los Balcanes y más aún desde Vietnam, a estas preguntas han respondido a la agencia de noticias AFP un expiloto de la Fuerza Aérea y un rescatador.
«Te dices: ‘Dios mío, hace dos minutos estaba en un avión de combate, volando a 800 kilómetros por hora, y un misil acaba de explotar, literalmente a 4,5 metros de tu cabeza’», afirma el general de brigada retirado Houston Cantwell, que ahora trabaja en el Instituto Mitchell de Estudios Aeroespaciales. En este sentido, recalca que el piloto tiene «la mejor perspectiva» de hacia dónde ir y qué lugares evitar cuando todavía sobrevuela el terreno con el paracaídas.
Una vez en el suelo, destaca, es necesario hacer una valoración del propio estado, puesto que el salto en paracaídas conlleva el riesgo de sufrir lesiones en los pies, los tobillos y las piernas. A continuación, los aviadores determinan dónde se encuentran, si están tras las líneas enemigas, dónde pueden esconderse y cómo comunicarse. Además, si se trata de un entorno desértico -como es el caso-, encontrar agua se convierte en una prioridad.
«Mi prioridad sería el camuflaje, porque no quiero que me capturen. Hay que intentar llegar a un lugar desde donde te puedan rescatar», señala Cantwell, que destaca cómo la conciencia de que existen unas labores de auxilio aportan tranquilidad al militar afectado. Como espacios ideales para una potencial evacuación, apunta a una azotea en un ambiente urbano o a un descampado en un entorno rural y aconseja, asimismo, moverse por la noche y llevar una pistola en cada vuelo.
Sobre el rescate en sí mismo, el sargento mayor retirado Scott Fales explica que tanto «la inteligencia humana como la de imágenes» se emplean actualmente para localizar al piloto perdido. Una vez localizado, se formula un plan de rescate en tiempo real dentro de los helicópteros. Ya en tierra, el equipo se asegura de que el soldado extraviado sea realmente la persona buscada y realiza una evaluación de las amenazas frente a las necesidades médicas.
Sin embargo, antes del salvamento, el piloto debe sobrevivir por sus propios medios. Para lograrlo, O’Grady pasaba casi todo el día boca abajo, cubierto con una manta de camuflaje y sin moverse para evitar que los helicópteros o las patrullas terrestres lo vieran. Solo se desplazaba unos pocos cientos de metros cada noche en busca de bosque denso donde esconderse mejor y no encendió su radio de emergencia durante los primeros días por miedo a que el enemigo rastreara la señal, únicamente la utilizaba en brevísimos periodos para escuchar aviones aliados cerca.
Scott O’Grady tras el rescate.
(Tana R. Hamilton)
Algo similar hizo Locher, que se trasladaba principalmente de noche o en el crepúsculo y, durante el día, se ocultaba en la vegetación más densa posible. A veces permanecía inmóvil durante horas mientras escuchaba a los granjeros y soldados norvietnamitas pasar a pocos metros de él. Además, se dirigió hacia las montañas para alejarse de las zonas pobladas en los valles, lo que dificultaba que las patrullas enemigas lo encontraran por casualidad.
Roger Locher tras su rescate.
(Fuerza Aérea de los Estados Unidos)
En cuanto a la alimentación, ambos se nutrieron a base de frutas y bayas que reconocían como seguras, como las papayas silvestres en el caso de Locher. Asimismo, masticaban tallos de plantas para obtener algo de energía y dependeían de la lluvia y del rocío para beber agua, que el primero recogía con hojas grandes de la selva y el segundo con un esponja, ya que aproximarse a un río era demasiado arriesgado. El piloto estadounidense actualmente desaparecido, si sigue con vida, deberá aprovechar todo su ingenio para emular la gesta de sus compatriotas.


