¿A qué juego está jugando Max Verstappen? Las declaraciones que ha hecho a la BBC, en las que ha puesto en duda su continuidad en la Fórmula 1, suenan enigmáticas: no es un mensaje explícito, pero sí lo suficientemente claro como para ser interpretado como tal.
“Estoy pensando en todo lo que ocurre en este paddock, disputamos muchas carreras y me pregunto si realmente vale la pena, o si preferiría estar más en casa con mi familia y ver más a mis amigos“.
“Puedo aceptar sin problemas estar en séptima u octava posición, es decir, donde estoy ahora —continuó—, pero si no disfrutas plenamente de lo que haces, no creo que sea natural para un piloto de carreras. Quiero estar aquí para divertirme, pasar buenos momentos y disfrutar de la vida”.
“Por el momento, no es así. Claro, aprecio algunos aspectos, me gusta trabajar con el equipo, es realmente como una segunda familia. Pero cuando me siento en el coche, por desgracia, no es lo más agradable. Lo estoy intentando, sigo repitiéndome cada día que intento disfrutar de lo que tengo, pero es muy difícil“.
Un pensamiento claro, sin ambigüedades particulares. Pero, ¿es realmente este el único problema que está viviendo el tetracampeón del mundo? En realidad, hay al menos tres factores que hoy en día no ayudan a Verstappen a estar especialmente tranquilo. El primero es la falta de ‘feeling’ con esta generación de monoplazas; las observaciones planteadas por el neerlandés son todas sensatas y legítimas. El segundo se refiere a la crisis técnica que está atravesando Red Bull.
Probablemente, Verstappen había contado con una temporada en la que el equipo pagaría un importante déficit en materia de motor, pero en este aspecto, las cosas están yendo mucho mejor de lo previsto. El departamento de propulsión de Milton Keynes ha puesto en pista un motor que ha sorprendido incluso a la propia competencia: no es la mejor unidad de potencia en absoluto, pero la desventaja que tiene es aceptable. Las dificultades actuales están más bien relacionadas con el coche: agarre, carga aerodinámica y manejabilidad.
Max Verstappen, Red Bull Racing, Pierre Gasly, Alpine
Foto de: Andy Hone/ LAT Images vía Getty Images
Por último, hay un tercer aspecto. El mes de marzo también trajo a Verstappen otra noticia probablemente poco grata. A diferencia de los problemas técnicos (que, de todos modos, se pueden resolver a medio plazo), se trata de una oportunidad perdida, quizás para siempre. Hablamos de Mercedes, el equipo con el que el holandés mantuvo largas conversaciones el año pasado.
La oferta estaba sobre la mesa, la oportunidad de cambiar de equipo estaba en sus manos, pero al final prevaleció su deseo de quedarse en Red Bull. Es justo recordar que Verstappen estuvo luchando por el título hasta la última carrera el año pasado, al igual que hay que destacar que se encuentra en Red Bull en un equipo ya moldeado en torno a su figura, y del que percibe un sueldo astronómico.
La mala noticia para Max es que esa puerta de Mercedes, que decidió no cruzar, podría ahora permanecer cerrada durante mucho tiempo. El equipo de Brackley ya se consideraba favorito para 2026 desde hacía varios meses, pero la superioridad mostrada en las tres primeras citas de la temporada ha superado las expectativas.
Además, en lo que respecta a los pilotos, se ha asistido al despegue de Andrea Kimi Antonelli, una apuesta muy deseada (y acertada) por parte de Toto Wolff. Hoy, con esta situación en el orden jerárquico de la F1 y con la perspectiva de contar en el equipo con dos jóvenes procedentes del programa junior (ambos sólidos y sin puntos débiles evidentes), para Mercedes un perfil como el de Verstappen ya no representa una necesidad. De hecho, el equipo ha cerrado la puerta al mercado de pilotos.
Una oportunidad perdida que, con toda probabilidad, no ayuda a Verstappen en este comienzo de primavera a mirar al futuro con optimismo. Quizá no disfrutara mucho, ni siquiera al volante de un Mercedes, pero cuando se vuelve a boxes y se ve el propio nombre en lo más alto de la tabla de tiempos, la perspectiva (al menos un poco) cambia.
La decisión, sin embargo, fue suya: pesaron una mayor libertad personal y un sueldo que Mercedes nunca habría podido garantizar. Y tal vez, tras la amenaza de abandonar la Fórmula 1, se esconda también la conciencia (y la frustración) de haber tomado una decisión equivocada.
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