El plan parecía perfecto. Un golpe sorpresa a Irán en plena negociación nuclear, como hicieron en junio: asesinar al líder supremo, Alí Jamenei, y a varios altos cargos, bombardear unos días con extrema dureza y esperar a que el caos se apoderase de las calles … para que los iraníes se levantasen y derrocaran al régimen. Esto es a grandes rasgos lo que el Mossad habría vendido a Benjamin Netanyahu, según los medios israelíes, antes de lanzar la guerra contra la república islámica, y así se lo contó el primer ministro a Donald Trump. El presidente estadounidense compró la idea y visualizó un escenario tipo Venezuela, un golpe rápido con un cambio de liderazgo que le permitiría disfrutar del petróleo iraní, como sucedía hasta la revolución islámica de 1979.
Pero pasan los días y las semanas, la guerra ha entrado en su segundo mes y la caída del régimen ha desaparecido como objetivo de las declaraciones de unos y otros. El levantamiento popular anunciado por los servicios de Inteligencia no se materializa, el hijo de Jamenei es el nuevo líder, los iraníes lanzan misiles y drones cada día contra Israel y el Golfo y han cerrado el estrecho de Ormuz, por donde discurre el 20 por ciento del crudo que se consume en el mundo. Un escenario que los mismos iraníes habían dibujado para intentar disuadir a sus enemigos.
Trump hace su propia lectura de la situación, insiste en que «ya se ha producido el cambio de régimen» y se muestra dispuesto a un alto el fuego a cambio de la reapertura de Ormuz. Netanyahu, consciente de la importancia del apoyo de Estados Unidos y de la volatibilidad de su presidente, emplea sus comparecencias públicas para alabar a Trump, nunca le lleva la contraria. Israel impone el ritmo y la intensidad y acelerar cada día golpeando el mayor número de objetivos -militares y civiles- y ejecutando asesinatos selectivos para debilitar al máximo a su gran enemigo por el temor a un cambio de parecer repentino de Trump.
Israel y Estados Unidos lanzaron la guerra de manera conjunta, aunque con nombres diferentes, como operación León Rugiente para los primeros y Furia Épica, los segundos, pero pasa el tiempo y se observan diferencias sobre cómo continuarla. Washington parece con prisas por acabar cuanto antes, «en dos semanas», según las últimas declaraciones de Trump, e intentar tranquilizar a los mercados mundiales. Pero puede ser solo una apariencia porque no deja de enviar tropas de refuerzo a la zona y gana fuerza la opción de un ataque por tierra.
Israel dijo desde el primer momento que necesitaba al menos hasta el final del Pesaj, la Pascua judía que concluye el 9 de abril, y Netanyahu no tiene interés alguno en parar sin lograr antes tres grandes objetivos: destruir el programa nuclear de Irán, sus capacidades de misiles balísticos y cortar su apoyo a grupos aliados en la región. Tres objetivos con más posibilidad de éxito que el cambio de régimen para una operación que se desarrolla desde el aire.
Única divergencia
El único momento de divergencia pública entre estos aliados se produjo el 18 de marzo tras el ataque de Israel contra South Pars, el enorme yacimiento de gas operado conjuntamente por Irán y Qatar. Este golpe, y la posterior respuesta iraní contra plantas energéticas de la región, puso a temblar a los mercados globales y obligó a Trump a distanciarse de un ataque del que aseguró que «no sabía nada». Seguro que, bajo la mesa, hay más diferencias, sobre todo respecto a la búsqueda de un final. En Israel piensan que Trump intenta abrir un puente de acuerdo para reabrir Ormuz lo antes posible, pero mantienen el silencio.
Ambos países «comparten objetivos, pero también existen divergencias que probablemente aumentarán con el tiempo. Cuanto más dure el conflicto, más probable es que difieran en sus objetivos finales y en su tolerancia al riesgo. Estados Unidos se centra casi exclusivamente en objetivos militares, mientras que Israel busca debilitar al régimen. Netanyahu es más favorable a una guerra prolongada, mientras Trump busca una salida más rápida, presionado por factores internos como el precio del petróleo», explicó Dan Shapiro, exembajador estadounidense en Tel Aviv, en una entrevista concedida a CNN.
«Cuanto más dure el conflicto, más probable es que difieran en sus objetivos finales»
Dan Shapiro
Exembajador de EE.UU. en Israel
Otro de los problemas a los que se enfrenta la alianza entre Trump y Netanyahu es la diferencia de popularidad del conflicto en uno y otro lado. Encuestas en Israel muestran que más del 80 por ciento de la población apoya la guerra, incluso entre votantes de la oposición el respaldo alcanza el 77 por ciento. Los israelíes llevan más de un mes viviendo entre sirenas y carreras a los búnkeres, pero es un precio que están dispuestos a pagar para acabar de una vez con Irán, país al que consideran una «amenaza existencial», y sus aliados como Hizbolá. En Estados Unidos no se respira esa popularidad y el país es muy sensible al aumento de los precios de la energía, sobre todo en un año electoral.
Washington actúa como potencia mundial y le afecta la crisis en los mercados, pero Israel se mueve por un interés regional. Como ya demostró en la guerra del Yom Kippur en 1973, la subida del petróleo no es un tema que le inquiete. La obsesión de Netanyahu siempre ha sido acabar con la república islámica y ahora cuenta con un inquilino en la Casa Blanca que le apoya, por lo que intentará ir hasta el final y destrozar al enemigo. Esto le garantizaría la victoria en las elecciones de este año y le ayudaría a cerrar las operaciones que puso en marcha en toda la región tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023. Un ataque que es un enorme lunar en su expediente como primer ministro.
Segundo frente
La entrada de Hizbolá en la guerra para apoyar a Irán abrió un nuevo frente para Israel en el que no ha entrado Estados Unidos. Netanyahu ordenó a sus tropas «ampliar aún más la zona de seguridad existente» en el sur del Líbano, y adelantó que están «decididos a cambiar fundamentalmente la situación en el norte» del país, sometido a la amenaza constante de los cohetes de la milicia chií.
Irán ha incluido el fin de las hostilidades «en todos los frentes, incluidos todos sus aliados en la región», como una de sus cinco condiciones no negociables para cualquier acuerdo y esto será complicado de aceptar para Israel, dispuesto a implantar una nueva «zona de seguridad» como las que ya ha implantado por la fuerza en Gaza y Siria.

