#Mundo:¿Se puede pasar de la política? #FVDigital

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Es posible vivir sin el sometimiento a la política polarizada? Primero habría que hacerse el test de la polarización. O sea, ¿estoy polarizada/o? Lo básico, como en todas las dependencias, sería reconocer la adicción, tanto más intensa cuanto menos se admite. Imaginemos la típica reunión de varias personas en corro donde cada cual se presenta y dice “y soy alcohólico”.

Pues lo mismo, pero con la frase, “me llamo fulanito y estoy polarizado”. Quizá la politología o la psiquiatría podrían ensayar ese test que sería de gran utilidad para saber en qué grado de cerrazón y empecinamiento se encuentra la persona que se somete a sus preguntas.

Estar polarizado sin reconocerlo es lo peor. Y quizá la única forma de sucumbir a ese sectarismo de los tiempos: si lo sabes y lo reconoces, en cierto modo ya estás empezando a curarte. Yo confieso que me quiero creer que no lo estoy.

Pero ¿qué sería lo contrario de ese estado de crispación y conflicto que caracteriza al ser políticamente polar? Podría ser cierto grado de ecuanimidad, distancia crítica del forcejeo diario y esfuerzo por entender lo que pasa sin fanatismo ni entrega total a uno de los bandos. Leer o ver los medios del rival o de los rivales (ahora enemigos). Leer o seguir a los/las mejores de los medios rivales es muy sano. Y más sano aún seguir los medios que, como este 20minutos, intentan ejercer hora a hora la moderación y la ecuanimidad.

Cierta mirada escéptica y serenidad para los impactos. La política es emitir un impacto emocional por día, de ahí que resuenen tanto las pelis “Una batalla tras otra” y “Todo a la vez en todas partes”.

Es agotador pero es adictivo, es entretenido, por eso se llama política espectáculo. La pelea diaria es serotonificante. Insufla dopamina a chorros.

Mantener una distancia crítica frente a este estado de enfrentamiento emocional interminable supone un enorme gasto de energía, un esfuerzo mayor que dejarse llevar por la corriente de la actualidad que siempre es torrencial.

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Los temas son efímeros: lo polar requiere velocidad e intensidad, insultos y exageraciones. El famoso “y tú más” ha sido desbordado y sabe a poco, no funciona como antes.

De estas aprensiones se podrían poner ejemplos, pero si son de actualidad incurriríamos en lo que tratamos de esquivar… o de amortiguar.

¿Es más grave la polarización que la antigua crispación? Esto requiere personas expertas. Quizá la crispación se daba en una etapa en la que había cierto consenso sobre algunas zonas intocables de la realidad. Lo polar exige la exclamación que parece de El maquinista de la general y es de Los hermanos Marx en el oeste: “¡Más madera, es la guerra!”.

Más vale admitir que librarse del todo de la política atroz es imposible o implicaría estar fuera del mundo. Se puede convivir sin ver tal o cual serie porque la oferta —y los precios— es inabarcable; se pueden soslayar los anuncios, que en tiempos edulcoraban las conversaciones; incluso se puede socializar sin recurrir al martillo pilón del entretenimiento norteamericano (con algunas excepciones que ya nos han modelado el epigenoma: Black Friday; Halloween, mundo Disney…), pero no se podría vivir sin saber nada del estrépito polarizante diario. ¿O sí?

Quizá pasar del todo signifique simplificar al máximo, atender solo a un enunciado o un lema simple. Y quizá ese aislamiento implicaría dos cosas: la dificultad de desahogarse a improperios y el renunciar al voto por abstención o por entrega al aparente antisistema.

Resumen: reconocer la propia polarización, buscar lo mejor de los rivales, que no enemigos, y un punto o dos de humor.



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