#Mundo:¿Qué será de la OTAN? #FVDigital

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El Tratado de Washington, piedra angular de la Alianza Atlántica, parece a punto de irse a pique. A los vientos duros que nos llegan del este desde hace cuatro años, provocados por la ambición de poder del criminal dictador que se sienta en el trono del Kremlin, se unen estos días las furiosas olas que vienen del golfo Pérsico. Olas provocadas por la misma mano inexperta y arrogante que, en lugar de conducir la nave a través de la tormenta, parece empeñada en estrellarla contra los arrecifes. No cabe valorar de otra manera las reiteradas advertencias del presidente Trump y el secretario de Estado Rubio para tratar de forzar a la OTAN a que se implique en una guerra sobre la que ni siquiera se consultó a ninguno de los aliados.

Si el presente nos parece amenazador, lo que viene por detrás tampoco invita al optimismo. Unas pocas singladuras más allá de Irán se encuentra el desafío de China. Un desafío global que, a pesar de las fanfarronadas que a menudo escuchamos al otro lado del Atlántico, es demasiado serio para abordarlo cada uno por separado. Norteamericanos y europeos nos necesitamos ahora y nos seguiremos necesitando para abordar el reto de un futuro que nos va a sorprender, pero que intuimos que será mucho más difícil de lo que todos imaginábamos cuando terminó la Guerra Fría.

A nadie se le oculta que el timonel que el pueblo de los EEUU ha elegido para liderar la Alianza en estos tiempos tan complejos —liderar, que no regir— no inspira confianza en la mayoría de las naciones de la vieja Europa. Más que como aliados, nos trata como súbditos. Nos amenaza, nos insulta, nos desprecia, nos ignora a la hora de tomar sus decisiones y pacta a nuestras espaldas con nuestros enemigos. En estas condiciones, la tentación de abandonar el buque es comprensible; pero, ¿cuál es la alternativa si, en nuestra dejadez, ni siquiera nos hemos ocupado de preparar un bote salvavidas?

Cuando la mar se encrespa es preciso tener la cabeza fría. Los pueblos de Europa, que hemos decidido de forma democrática pertenecer a la Alianza Atlántica, deberíamos recordar que este no es el buque de Trump, sino el de todos. No ha llegado el momento de abandonarlo, sino de defenderlo. El vínculo trasatlántico, que libró a Europa del expansionismo de la URSS y que, en justa pero a menudo olvidada reciprocidad, colaboró para hacer de los EEUU la primera potencia del planeta, sigue pareciendo una buena idea ahora que vuelven a pintar bastos en el tablero geoestratégico global.

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Claro que no nos sirve cualquier Alianza. Queremos aquella que no apoyó al Reino Unido en las Malvinas ni a Bush (padre) en Panamá. Queremos aquella que no se plegó a las presiones de Washington cuando Bush (hijo) invadió Irak. Queremos aquella que dio su apoyo a los EEUU después del ataque a las Torres Gemelas, aquella que despliega tropas en las fronteras orientales para contener a Putin, aquella en la que los aliados hablaban sin gritar, discrepaban sin insultarse, se coordinaban sin imponerse.

Para defender esa Alianza que queremos es preciso reconocer los errores que nos han llevado hasta donde estamos. La aparente ingenuidad de Europa a la hora de valorar los riesgos estratégicos escondía la certeza de que Washington, como el primo de Zumosol, nos iba a sacar de cualquier apuro militar. La apuesta por el poder blando de la UE apenas disimulaba la desidia de nuestros gobernantes a la hora de atender a los asuntos de la defensa. Las cosas no pueden seguir así. El pueblo norteamericano, tan soberano allí como nosotros aquí, tiene que percibir que, si no sumisión política —yo sería el primero en renunciar a una alianza así—recibe de Europa una parte proporcional de la seguridad que nos ofrece.

Hay, pues, mucho por hacer; pero el esfuerzo merece la pena. Puede haber otros barcos en la mar, pero el Tratado de Washington sigue siendo el nuestro. ¿O es que ya no estamos, como dice su preámbulo, “decididos a salvaguardar la libertad, la herencia común y la civilización de nuestros pueblos, basados en los principios de la democracia, las libertades individuales y el imperio de la ley”? ¿O es que, con la que está cayendo, nos parece innecesario “unir nuestros esfuerzos para la defensa colectiva y la conservación de la paz y la seguridad”?



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