
Afortunadamente, la Conferencia de Seguridad de Múnich no nos ha dejado este año los feos titulares de la anterior. En ambos lados del océano se ha celebrado que Donald Trump haya tenido la amabilidad de dejar en casa al vicepresidente Vance —el ideólogo del supremacismo norteamericano que encabeza la línea dura de su Gabinete— y delegara su representación en Marco Rubio, el jefe de su diplomacia. Las formas son las formas y, aunque haya quien pueda decir que son los mismos perros con distintos collares, parece que hasta Trump se ha convencido de que no se puede insultar a los aliados al mismo tiempo que se les pide lealtad.
Además de un entorno más sosegado que es de agradecer, la Conferencia nos ha dejado dos noticias buenas, una a cada lado del Atlántico, y dos malas. En nuestra orilla, es sin duda una buena noticia que, más allá de la Comisión, voluntarista pero impotente, el núcleo duro de la Unión Europea —Francia y Alemania— haya hecho propósito de enmienda. Desde la invasión de Ucrania, el sueño de un orden internacional se ha ido desvaneciendo a marchas forzadas y lo menos que se puede hacer para adaptarse es reconocerlo.
En nuestro continente, la necesaria apuesta por la independencia estratégica no solo requiere financiación, sino también abordar los problemas políticos del rearme, el mayor de los cuales sigue siendo el encaje de la Europa del mañana en un mundo donde la proliferación nuclear ya no es una hipótesis sino un hecho. Es solo el principio de un largo camino, pero al menos se ha dado el primer paso.
Mirando hacia el otro lado del océano que a la vez nos une y nos separa de los EEUU, es también una buena noticia que Marco Rubio ni siquiera haya mencionado la isla de Groenlandia. Un peso que todos nos quitamos de encima gracias al riesgo político —en el mundo de Trump, haríamos bien en recordar que las Fuerzas Armadas son, fundamentalmente, un instrumento de la política exterior de las naciones— que asumieron ocho naciones europeas mientras las demás, España incluida, miraban para otro lado.
Lo que el magnate desea es una relación de vasallaje que Europa no debería aceptar
Es malo, en cambio, que el secretario de Estado de los EEUU se haya olvidado de lo que ocurre en Ucrania. Es malo porque, aunque Rubio lo haya negado posteriormente, los tejemanejes que se traen Trump y Putin, Putin y Trump de espaldas a la Unión Europea demuestran que, visto desde Washington, el vínculo trasatlántico no es esa alianza entre iguales que, en las últimas décadas, los europeos quizá no hayamos sabido merecer. Ni siquiera le basta a Trump el papel de primus inter pares que, con mejor o peor fortuna, desempeñaron sus predecesores desde Eisenhower. Lo que el magnate desea es una relación de vasallaje que Europa no debería aceptar… a menos que, en nombre del derecho democrático que tenemos a elegir a nuestros líderes, se nos permita votar en las elecciones norteamericanas.
En nombre de la herencia común, Rubio le ofrece a Europa la posibilidad de ir de la mano con los EEUU, pero solo en la dirección que quiera Trump. Y no solo en el Caribe, donde nosotros no tenemos gran cosa en juego. No solo en Oriente Medio, a pesar de que dependemos de sus recursos energéticos. También en Ucrania, un problema europeo —eso dice Trump para que seamos nosotros quienes paguemos la factura— que el magnate quiere resolver sacrificando nuestros intereses a los de los EEUU. En lugar de sentarnos a la mesa, quiere ponernos en el menú… pero además exige que seamos nosotros quienes cocinemos, sirvamos y freguemos los platos.
En lugar de sentarnos a la mesa, quiere ponernos en el menú… pero además exige que seamos nosotros quienes cocinemos
Con todo, la peor noticia para los españoles es que nuestro presidente, quizá por miedo a lo que puedan decir de él sus socios de gobierno, siga poniendo palos en las ruedas del ya de por sí difícil renacer de Europa.
Si los demás líderes europeos empiezan a regresar de las vacaciones estratégicas que nos han dejado a los pies de los caballos —otra vez Trump y Putin, Putin y Trump— Sánchez prefiere apostar por lo que él ha llamado “rearme moral”… pero que no es otra cosa que la vieja política del avestruz. Porque solo si metemos la cabeza en un agujero y renunciamos a ver lo que ocurre a nuestro alrededor podemos llegar a creer que el camino para salir del apuro en que nos encontramos, a merced de los vientos que soplan del este y del oeste, del norte y del sur —casi siempre nos olvidamos de estos últimos, que quizás sean los que más preocupen a los españoles— es justo el mismo que, serpeando entre pedregales de desidia mal ocultados bajo una superficial capa de pintura buenista, nos ha traído hasta aquí.


