
Cada vez que hay un conflicto, en potencia o en acto, se aventan las reservas. Las reservas de militares en la reserva: se precisan en cuanta tertulia se precie, catódica o hertziana, para opinar sobre esto y aquello; es decir, para opinar sobre los movimientos de los ejércitos en lucha o en vigilancia. También para hacer previsiones sobre el desarrollo de los acontecimientos, normalmente prudentes, aunque hay de todo.

Me decía uno de ellos que les resulta muy gratificante, que les llena de orgullo y satisfacción, vamos, seguir sirviendo a la sociedad una vez retirados de la vida militar activa. El que me lo dice suele ser llamado en bastantes ocasiones y confiesa no poder atender tantas peticiones. Me resalta asimismo que tiene la sensación de ser muy parco en sus opiniones o, peor, dice, quedarse corto en las mismas. Le tranquilizo y le digo que viene muy bien contar con la opinión de verdaderos expertos en el arte de la guerra y de la defensa, sobre todo porque así permanecen calladitos y calladitas los legos y las legas en casi todas las materias y que estarían prestos a esparcir su sabiduría en lo militar, por supuesto.
Me decía uno de ellos que les resulta muy gratificante seguir sirviendo a la sociedad una vez retirados de la vida militar activa
Fenómenos coyunturales de los tiempos, que no puntuales. Fenómenos de aprovisionamiento informativo que normalmente eluden las preguntas esenciales porque la guerra no deja de ser una circunstancia trágica del estado natural de las cosas. Cuando se acaba, los generales y almirantes vuelven a sus cuarteles de retiro, es decir, a sus casas, a esperar a que les llamen en próxima ocasión. Porque la guerra, las guerras, todas las guerras, se dan por supuestas a la condición humana. Nadie pregunta por qué todavía estamos así. Parece que la humanidad, con los tiempos, solo ha sabido concentrar en el espacio la magnitud de las batallas, convirtiéndolas, así, en un espectáculo para el mal llamado mundo libre. Qué horror.


