
En España viven hoy algo más de 700.000 venezolanos. La inmensa mayoría no vino a nuestro país a vivir una aventura o por elección propia, sino que lo hicieron huyendo de un régimen que -a quienes no eran cercanos al dictador y su interesado círculo- les sumió en la pobreza y lo llevó a un riesgo real para su vida. Los datos son claros: desde que se celebraron las elecciones de 2024 que Maduro decidió no respetar, España ha acogido a más de 200.000 venezolanos, dándoles un estatuto de protección humanitaria internacional a muchos de ellos.

Hemos ejercido de patria madre para todos ellos y, por suerte, España lo ha hecho con un gran consenso social, que no siempre político. En este punto, como país hemos tenido fallos en los que no cayeron otros socios europeos, como cierto compadreo con autoridades cercanas al régimen o haber dado un trato no siempre digno a la líder de la oposición democrática. Consideremos esos últimos errores como algo excepcional, porque la foto conjunta de cómo ha actuado España ante los venezolanos en los últimos diez años refleja muchos aciertos y, desde luego, una clara solidaridad con su población.
Todos estos venezolanos que por necesidad viven ahora en España, todos los que optaron por otros destinos y todos aquellos que siguen en Venezuela han sufrid falta de libertad, de respeto a las mínimas garantías democráticas y se merecen que la democracia vuelva a su país.
El camino recto que trazó la oposición para conseguirla se basó en garantizar que cada voto que se hiciese en las elecciones de 2024 fuese contado, que el resultado real no se pudiese ocultar. Lo consiguieron, pero se equivocaron al pensar que eso sería suficiente para que Maduro aceptase dejar el poder. La forma en que el dictador sale del poder, con una injerencia clara de Estados Unidos y saltándose Trump unas cuantas leyes internacionales, está muy lejos de ser la que muchos confiaban en que fuese a ser. Las formas son censurables, nos hacen volver a un esquema de Estados Unidos como policía del mundo que se declara ajeno al derecho internacional.
España tendrá que apoyar en todo para que el pueblo venezolano viva un final como el que nos llevó a celebrar las primeras elecciones generales democráticas en 1979
Este es un debate, pero otro es qué ocurrirá ahora con Venezuela. El deseo de la mayoría es seguro que haya una transición de un régimen dictatorial a uno democrático y España debería ponerse en esa línea. Es tarde para intentar liderarla a nivel internacional, pero deberíamos ser como país un apoyo fundamental. Ahora, cada paso es extremadamente importante porque pueden descarrilar muchas cosas y, por desgracia, sobran casos en el mundo de transiciones fallidas, que han acabado incluso en guerras civiles o en regímenes tan dañinos como los anteriores. No debería ser el caso de Venezuela y España, como esa tierra de acogida que ha sido cientos de miles de venezolanos huidos, tendrá que apoyar en todo para que ese pueblo viva un final como el que llevó a nuestro país a celebrar las primeras elecciones generales democráticas en 1979.



