#Mundo:Lisístrata no quiere guerras | Opinión de Mario Garcés #FVDigital

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Era de esperar y ocurrió. Una parte del movimiento feminista que recorrió las calles el pasado 8-M se volcó en resucitar el lema del ‘No a la guerra’, con una pulsión ideologizada muy ligada al sentimiento antiimperialista recrudecido por el histriónico Trump. Más allá de que las coincidencias entre feminismo y pacifismo son meramente léxicas, derivadas de la terminación de las palabras con el sufijo ‘-ismo’, cuesta entender la relación entre ambos movimientos. Por dos razones morales esenciales: la primera es que el movimiento feminista ha tenido a lo largo de los años la posibilidad de mostrar su coherencia antimilitarista invocando otras crisis que han decidido invisibilizar (Sudán, Myanmar, Siria, Yemen, Somalia, Nigeria, Burkina Faso); y, de otra parte, porque en muchos de esos países lacerados por la violencia militar o paramilitar las mujeres viven de modo oprobioso las lacras de las violaciones, de las mutilaciones genitales o de los matrimonios forzados. En suma, había en el pasado burkas de sobra para protestar, pero prefieren los búnkeres del imán yanqui, regurgitando ese odio ancestral a todo lo que tenga aroma a barras y estrellas.

Algunas asociaciones feministas llevan el nombre de Lisístrata, en reconocimiento a la protagonista de la comedia que Aristófanes escribió allá por el siglo V a. C. Si en aquella época se hubiese convocado un concurso de literatura erótica, sin duda lo hubiese ganado, salvo que se hubiese presentado Juan del Val. Según la trama de la obra, en plena guerra del Peloponeso que enfrentaba a atenienses y espartanos, una mujer llamada Lisístrata emprende una táctica singular para poner fin al conflicto: si los hombres siguen guerreando, nosotras evitaremos el sexo con ellos. A la paz, por la abstinencia sexual. Así expone los detalles del plan al resto de las mujeres: “No habrá nadie, ni amante ni esposo / que se me acerque empalmado. / Y, en casa, sin toro, pasaré la vida / con túnica azafranada y bien adornada, / para que mi esposo se encienda muchísimo por mí, / y jamás, de grado, obedeceré a mi esposo”.

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Durante el siglo XX, Lisístrata fue considerada por una parte del movimiento feminista como un ejemplo de la emancipación femenina, la liberación sexual y el pacifismo. Pero, una vez más, esta interpretación es una burda impostura de quien no entiende ni el texto ni el contexto de la obra. Aristófanes no escribió un alegato pacifista, inconcebible en una sociedad como la de Atenas. De hecho, la obra rezuma una comicidad misógina propia del cuerpo ciudadano de aquel siglo. Pero es más, Lisístrata no quiere la paz entre ambos bandos a cualquier precio, sino que aspira a que depongan las armas para concentrarse en el enemigo proverbial del pueblo griego. Paradojas de la vida, ese enemigo era Persia. Ayer como hoy.



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