
No le bastaba a Vladimir Putin con ejercer de hecho como el Zar de Todas las Rusias. Él creía merecer más. Soñaba con ser el Zar de Todos los Zares, y no encontró mejor manera de satisfacer su ambición que revivir las viejas glorias del Imperio invadiendo su vecina Ucrania, una nación que parecía vulnerable desde que aceptó firmar el Memorándum de Budapest en 1994.
Putin sabía que, al contrario de lo que ocurría en la época de su modelo histórico —un Pedro I que no en vano ha pasado a la posteridad como “el Grande”— hoy no están de moda las empresas guerreras. Por eso vistió su invasión con ropajes de diversos colores que, para su desgracia, se han ido cayendo con el paso del tiempo, dejando al dictador tan desnudo como el emperador del cuento popular.
La rana que quería ser buey prometió liberar a los ucranianos de etnia rusa de la tiranía de Kiev, un régimen desde luego imperfecto pero que garantizaba a la minoría prorrusa muchos más derechos de los que hoy tienen los súbditos de Putin. Entre otros, el de votar a sus propios candidatos, derrotados una y otra vez en las elecciones celebradas en Ucrania desde el 2014. Supongo que los candidatos a ser “liberados” no estarán ahora mucho más contentos cuando es Rusia quien los bombardea cada noche en ciudades como Járkov, cuyos habitantes hablan mayoritariamente ruso… pero quieren ser europeos de pleno derecho y no esclavos de un lejano imperio.
Prometió también la ambiciosa rana frenar la expansión de la OTAN, una alianza defensiva que, al contrario que la Federación Rusa, acepta socios que lo soliciten voluntariamente, pero no se le impone a nadie. Sin embargo, ha ocurrido justo lo contrario. La lista de aliados se amplió inmediatamente con dos candidatos de prestigio: Suecia y Finlandia. Si ahora se discute el vínculo trasatlántico no es por la presión de Putin, actor secundario en la escena internacional desde que llegó Trump al poder, sino por las dudas estratégicas del actual presidente de los EEUU Otra rana, por cierto, que también quiere ser buey y que, por desgracia, tiene muchas más posibilidades de lograrlo.
En los primeros días de la invasión, cuando todo parecía ir viento en popa, prometió el dictador del Kremlin que iba a crear un nuevo orden mundial más equilibrado, asumiendo sin permiso de nadie el liderazgo del llamado Sur Global. Sin embargo, lo que ha logrado es precisamente lo contrario. En la Conferencia de Seguridad de Múnich, donde él ya no está invitado, se ha certificado ese nuevo orden que, como hemos podido ver en el último año, no será más justo que el anterior ni más respetuoso con la legalidad internacional. Ni siquiera Rusia se ha librado de ver a sus petroleros asaltados en aguas internacionales por mis antiguos compañeros, los marinos de los EEUU.
Soñaba la rana con restituir a Rusia su papel de gran potencia, pero tampoco ese sueño se ha hecho realidad. En muy poco tiempo, el dictador del Kremlin ha perdido Siria, entregó Venezuela sin lucha a los EEUU y, para tratar de lograr el favor del voluble presidente Trump —único que puede darle la victoria en Ucrania— no se atreve a apoyar a Irán ni a enviar el petróleo que a él le sobra a la acosada Cuba. A este paso, la Federación Rusa no ha de tardar en convertirse en un proxy de China, al lado de su único verdadero aliado: la Corea del Norte de Kim Jong-un.
Prometió Putin devolver a Rusia su grandeza, pero lo que hemos podido ver es una agudización de la severa crisis demográfica que ya existía —a la que ahora hay que añadir no menos de 250.000 jóvenes muertos en combate y un número aún mayor voluntariamente exiliados cuando llamó a filas a los reservistas en septiembre de 2022— y una severa crisis económica, disimulada en el ámbito macroeconómico por las cifras de la guerra, a la que Putin destina cerca de la mitad del gasto del Estado.
Mientras sus tropas mueren en el frente, el dictador está dejando a Rusia sin aliados, a sus compatriotas sin WhatsApp y a su cetro nuclear, la última baza de su Imperio, amenazado por el desplante de los EEUU a su propuesta de prolongar la vigencia del Tratado New Start, por la desmesurada ambición de una China que ya no va tan despacio en su desafío global y por la incipiente rebeldía que, por fin, el núcleo duro de la UE ha empezado a mostrar en Múnich.
Desnuda su ambición de conquista, el dictador tiene que resignarse a ver cómo, poco a poco, se va alejando el milagro de la transformación de la rana en buey. Creyó el dictador que tenía una varita mágica en su poderoso Ejército, pero ese gigante con pies de barro está enquistado desde hace cuatro años en una guerra cada día más cara, más cruel y menos decisiva. Solo el beso de Trump puede devolver la magia al futuro de Vladimir Putin… pero eso, como sabrá el lector que no haya olvidado su infancia, pertenece al reino de los cuentos de hadas, no al de la fábula de la rana que quiso ser buey.


