
Jorge Dezcallar (Palma de Mallorca, 1945) ha sido diplomático, exembajador español en Marruecos, la Santa Sede y Estados Unidos, y el primer director civil del Centro Nacional de Inteligencia (CNI). Una extensa trayectoria que le ha permitido conocer los entresijos de las relaciones internacionales y de los conflictos geopolíticos, y que le ha permitido construir una ficción “basada en una experiencia muy sólida” en Pez negro (La Esfera de los Libros), su tercera novela de la saga del espía del CNI Asís García, tras Espía accidental y Operación falsa bandera.
El que fuera director general durante doce años en el Ministerio de Exteriores atiende a 20minutos para hablar de la situación que atraviesa Oriente Medio con la guerra de Irán y los orígenes del conflicto árabe-israelí, telón de fondo de su novela: “El contexto en el que se produce la novela es un contexto muy real, al que me he podido acercar por mi experiencia personal como director general en África y Oriente Medio y como director en el CNI”. También explica algunas claves del futuro incierto de la región y de los actores del conflicto, y la relación de los servicios de inteligencia como canal de comunicación cuando la vía política deja de ser una opción.
La novela, ‘Pez negro’, comienza con una narración detallada de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023. ¿Aquel fue un punto de inflexión para Israel? ¿Fue el detonante de todo lo que ha venido después para la región?
No me cabe ninguna duda de que fue un punto de inflexión. Israel se vio vulnerable por primera vez desde la guerra de 1973, y saben que pueden ganar muchas guerras, pero también que si pierden una batalla, pueden desaparecer del mapa. Esa vulnerabilidad no se la puede permitir, y por eso reaccionó de una forma tan brutal contra los atentados terroristas de Hamás, que fueron espantosos, pero la respuesta israelí también lo ha sido.
Los atentados de Hamás no se pueden justificar en ningún caso, pero sí se explican en 60 años de ocupación implacable, como dijo el secretario general de Naciones Unidas. Cuando Hamás decide atacar, lo hace por que se da cuenta de dos cosas: con los acuerdos de Abraham, en los que una serie de países árabes reconocen a Israel a cambio de una serie de “regalos” (como el reconocimiento del Sáhara para Marruecos), los palestinos pierden el derecho de veto que tenían de facto sobre las relaciones entre Israel y los países árabes. Eso, y la guerra de Ucrania, que los desplaza a un segundo lugar, y así, ellos desaparecen de la historia. El ataque de Hamás es un grito desesperado de “Existimos, estamos aquí”. Pero lo hacen muy mal y provocan el rechazo mundial, aunque es verdad que han colocado el problema palestino de nuevo en el centro de toda la problemática de Oriente Medio.
Y eso arrastra todo lo demás: la destrucción de Hamás arrastra a la crisis con Hezbolá, y esto a la caída del régimen sirio de al-Asad, y finalmente facilita el ataque a Irán cuando Estados Unidos y Israel ven que el régimen está débil porque ha perdido a sus aliados.
Casi tres años después, Irán e Israel, junto a Estados Unidos, están en una guerra directa que parece impredecible. ¿Puede conseguir Israel su objetivo de derrocar el régimen, o podría dar por bueno el cambio de liderazgo y el daño al programa militar y nuclear iraní?
Yo creo que al régimen iraní le han hecho mucho daño, lo han debilitado, pero sigue en pie. Derribar un régimen desde el aire es muy difícil, y más a un régimen como el de Irán, que es un viejo imperio y de población chiíta. Los chiítas tienen la idea del martirio —la muerte en sacrificio consciente por la justicia, la fe y la lealtad religiosa— desde la muerte del imán Huséin ibn Alí en la batalla de Kerbala (680 d.C). Para ellos, esa es la táctica, y ahora lo que van a intentar es aumentar la represión a nivel interno, y hacia afuera extender el conflicto hasta hacerlo insoportable, obligando a Estados Unidos a decidir entre defender los intereses de seguridad de Israel o defender la estabilidad de la economía mundial.
¿A qué está dispuesto Israel si no consigue el objetivo de derribar el régimen y su “eje de resistencia” (Hamás, Hezbolá, hutíes…)
Israel quiere aprovechar una situación en la que tiene a un presidente de Estados Unidos más favorable hacia ellos, como se ha dicho sobre Donald Trump, para reconfigurar Oriente Medio. Y lo está haciendo: en la Cisjordania ocupada, con una especie de limpieza étnica real; en Líbano, donde se va a quedar un trozo del sur del país… pero su gran enemigo es Irán, que desde la Revolución Islámica de 1979, uno de sus elementos de identidad es el no reconocimiento y la destrucción de Israel.
Para Israel, Irán es el enemigo existencial, pero también estratégico: si Irán se hace con el arma nuclear, Israel pierde su monopolio y su ventaja en la región. Esa cuestión, que organismos como el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) no han podido confirmar, ellos la reiteran, y un Irán con armas nucleares convierte al régimen en una amenaza intolerable para Israel. Por ello van a seguir intentándolo.
Israel, a diferencia de EEUU, tiene muy claro lo que quiere, que es la destrucción del régimen de los ayatolás. Pero salvo un golpe de Estado militar, y mientras el régimen mantenga el apoyo del Ejército y la Guardia Revolucionaria, aguantará. Y no creo que Israel sea capaz de derribarlo desde el aire, por mucho daño que pueda hacerle.
La guerra continúa sin que esté muy clara la posición de EEUU, después de que Trump haya decretado una tregua mientras endurece el tono contra Irán y reagrupa tropas en la región. ¿Qué busca realmente Washington en este conflicto?
No lo sabemos. No lo sabe ni él (Donald Trump), porque ha dicho una cosa y la contraria: dijo que quería acabar con la ambición nuclear de Irán —que ya dijo àntes que habían neutralizado en 2025—, también que querían acabar con el régimen; ahora que quieren negociar con ellos, que solo querían eliminar su política de misiles y su capacidad de amenazar a sus aliados en la región… Una cosa y la contraria, a veces en el mismo día.
Trump no está siguiendo el sabio consejo de Colin Powell (exsecretario de Estado bajo la administración de George W. Bush) tras la guerra de Irak en 2003, cuando aseguró que la guerra es el último recurso, y si hay que hacerla, debe ser con un objetivo claro y un plan de salida. Y Donald Trump no ha cumplido ninguna de esas condiciones.
Puede dar la sensación de que la Casa Blanca no midió el impacto de la guerra en la economía o su prolongación en el tiempo… ¿Cuál podría ser la salida del laberinto para Trump?
Con este presidente todo es posible e impredecible. Dijo que no pondría “botas sobre el terreno”, y ahora está enviando marines y paracaidistas. Esto puede ser el deslizamiento hacia una guerra, y en Irak acabaron enviando 200.000 soldados. Espero que no hagan lo mismo aquí, pero sí es posible alguna operación puntual. Es difícil saber lo que piensa, tan pronto asegura que la guerra acabará pronto como pide 200.000 millones de dólares al Congreso para continuarla.
Hace unas semanas se produjo la dimisión del director de Contraterrorismo de EEUU, Joe Kent, que aseguró que Irán no suponía una amenaza y que Israel había presionado a EEUU para sumarse a la ofensiva. ¿Tiene la capacidad Israel de presionar en este sentido a EEUU?
Israel tiene un lobby muy potente y muchísimo apoyo en Estados Unidos, como el de los evangelistas norteamericanos, para los que la defensa de Israel forma parte de su ADN. En este caso, se ha cumplido el refrán estadounidense, que dice que “no es el perro el que mueve el rabo, sino el rabo que mueve el perro”.
Estados Unidos se ha metido en una guerra que sirve a los intereses de Israel, pero no a los suyos, y que de hecho pone en riesgo los intereses estadounidenses en la región. Creo que cada vez vamos a ver progresivamente esa diferencia de intereses, que va a alejar a Israel y a Estados Unidos. Israel quiere acabar con el régimen, y Estados Unidos salir del lío en el que se ha metido salvando la cara, y ese es el problema que tiene en este momento.
Irán en guerra, Siria con un nuevo gobierno tras la caída de al-Asad, la reconstrucción de Gaza, guerra en Líbano… ¿Hacia dónde va toda la reestructuración que Oriente Próximo parece vivir en estos últimos años?
En este momento, a consolidar a Israel como el país más fuerte de la región, a un Israel que tenga la hegemonía regional. Y eso es algo que, inevitablemente, chocará con otros países que no lo aceptarán. Turquía, Arabia Saudí o el propio Irán: potencias que no van a aceptar que un país pequeño en tamaño y población (aunque democrático, industrializado y tecnológicamente avanzado) sea la gran potencia regional, que es lo que trata de conseguir con todas estas guerras. Esta cuestión augura problemas futuros.
Volviendo a la publicación de ‘Pez Negro’, el protagonista vuelve a ser Asís García, ex espía del CNI, en un libro en el que también se destaca el Mossad, la CIA… En un mundo como el actual, ¿es el papel de las agencias de inteligencia, y de la cooperación entre ellas, más importante que nunca?
Las agencias de inteligencia son importantes siempre, pero cuando la diplomacia fracasa y empiezan a hablar los fusiles, es cuando más. Muchas veces los canales políticos se cierran, y hace falta tener flujos de comunicación abiertos entre los países: ahí es clave la inteligencia. Cuando tuvimos la crisis con Marruecos por Perejil (2002), los dos gobiernos no mantuvieron contacto en un tiempo, pero nuestro CNI y la DGED (inteligencia marroquí), sí lo hacían. Igual que lo hacen Marruecos y Argelia pese a tener la frontera cerrada. En este momento, estoy convencido de que los servicios de inteligencia están trabajando mucho, pese a las diferencias, en cuestiones superiores como la lucha antiterrorista.
Ahora mismo, por ejemplo, Israel y España no tienen embajadores en el otro país, pero estoy seguro de que el CNI y el Mossad siguen cooperando en política antiterrorista. Esto se mantiene a pesar de las dificultades políticas: desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, todos los servicios de inteligencia estamos en la misma órbita de cooperación. De eso también trata ‘Pez Negro’, de la cooperación entre inteligencias, que es algo que he vivido como director de inteligencia y como diplomático durante 40 años. El libro es una ficción, pero se basa en una experiencia muy sólida.
En clave diplomática, las relaciones entre España y Estados Unidos parecen más distantes que nunca por los desencuentros a cuenta de la guerra en Oriente Medio y la posición del ‘No a la guerra’ que promociona el gobierno español.
Ahora mismo están en un momento de claroscuros. Yo pienso que la postura de Pedro Sánchez respecto a la guerra de Irán es correcta, porque sin duda es una guerra ilegal en la medida que no está respaldada por el Consejo de Seguridad de la ONU o, en su caso, la OTAN. Otra cosa es que se esté utilizando por razones de política interna, y eso es lo que puede tener un coste mayor con Estados Unidos: no nuestra posición sobre el fondo de la guerra, sino estar continuamente sacando el tema.
Mientras la relación de España con Israel tampoco pasa su mejor momento, Irán ha agradecido públicamente la posición del Gobierno por la guerra.
España mantiene unas relaciones difíciles con Israel actualmente, tras la retirada de ambos embajadores. Yo negocié y estuve en el acto de la firma para establecer relaciones entre España e Israel, y creo que deben ser unas relaciones normales: es el único país democrático de Oriente Medio. Respecto de Irán, hemos tenido buenas relaciones e intereses comerciales y de todo tipo. Tenemos relaciones, aunque el régimen iraní me parezca detestable.
Pez negro tiene como telón de fondo la mala relación entre Israel e Irán, que ya traté en los anteriores. Para Irán, desde la Revolución Islámica la enemistad con Israel es fundacional para ellos. Pero Irán tiene que decidir si quiere ser un país normal o seguir perpetuando el Irán de la Revolución. Creo que el 70% de los iraníes ya han nacido después de la revolución de Jomeini, y lo que quieren es un país normal, no un país de la época de la revolución: quieren tener una vida normal y unas relaciones normales. Pero mientras siga el régimen, seguirán primando los intereses de la revolución sobre el bienestar de los ciudadanos. Desgraciadamente, es un régimen teocrático en pleno siglo XXI, y como consecuencia tiene unas relaciones difíciles con un entorno que ha evolucionado más.
Israel y EEUU creían posible una insurrección contra el régimen si estaba debilitado, pero esa expectativa no se ha cumplido.
Irán lleva cinco revoluciones populares en los últimos nueve años, siendo la última la más fuerte, ya que esta vez no la han organizado pequeños grupos estudiantiles, sino los comerciantes del bazar: la misma clase media que se unió a Jomeini para derrocar al sha Pahlavi en 1979. Pero mientras no tengan el apoyo de los militares, no tienen ninguna posibilidad de hacerse con el poder. Además, han sido duramente reprimidos, como todos los grupos de oposición, y los grupos que están en el extranjero tienen poca implantación en el interior de Irán. Es una represión brutal y terrible.
Desde hace algunos años hemos visto como el multilateralismo está en crisis, mientras estallan conflictos bajo el argumento de la seguridad nacional. ¿Cómo puede reorganizar lo que está sucediendo en Ucrania, en Irán, lo ocurrido con Venezuela, las relaciones internacionales?
Lo que está pasando en Ucrania y en Irán, o lo que puede ocurrir en Groenlandia y Taiwán, es la consecuencia del fin de una era geopolítica que empezó en 1945 —con el fin de la Segunda Guerra Mundial— y que nos ha dado 80 años de paz y prosperidad, pero que está dando sus últimos ‘coletazos’. Ha habido hasta ahora un orden multilateral, basado en organizaciones internacionales fuertes y normas comunes para resolver conflictos. Eso ha terminado porque ya se discuten esos principios, las organizaciones como Naciones Unidas están bloqueadas y los países fuertes recurren a esa fuerza para resolver lo que consideran interés de seguridad nacional propios. Se ha perdido la voluntad de respetar las normas y el derecho internacional. Y como dicen los americanos, might makes right (“la ley del más fuerte”).


