
Vivimos con estupor cómo el mundo se asoma de nuevo a un abismo, empujado por una peligrosa lógica que empezamos a interiorizar: la de la confrontación permanente. La escalada militar sobre Irán, con una segunda oleada de ataques coordinados de Estados Unidos e Israel en menos de ocho meses, está provocando un gravísimo impacto en la seguridad de Oriente Medio y en el comercio de materias primas esenciales a través del estrecho de Ormuz —gas, petróleo, fertilizantes—, con consecuencias económicas y financieras para el conjunto de países y ciudadanos. Todo ello vuelve a poner de manifiesto la incapacidad y debilidad de organizaciones como la UE y Naciones Unidas para hacer prevalecer la legalidad internacional o ejercer, al menos, una influencia pacificadora.
El informe anual de Riesgos Globales para 2026 del World Economic Forum ya situaba el presente “en un precipicio” y el horizonte hacia 2028 y 2036 en una dinámica de “riesgos de acumulación”, con una perspectiva oscura marcada por la confrontación geoeconómica, los conflictos armados estatales, la polarización social, la desinformación y los eventos climáticos extremos. También la Conferencia de Seguridad de Múnich, cuyo lema este año ha sido Under Destruction, ofrece una radiografía exacta de nuestro tiempo: se impone la política de las “bolas de demolición”, del destruir antes que renovar.
La proliferación nuclear por parte de Irán es, sin duda, una cuestión de máxima importancia. Pero debe afrontarse por los cauces adecuados, de común acuerdo con las organizaciones competentes, en particular con la IAEA (Organismo Internacional de Energía Atómica). El historial de intervenciones militares preventivas en la región —Afganistán, Irak, Libia o Siria— confirma que cada operación concebida como rápida y limitada termina desencadenando un problema largo, inestable y difícil de controlar. Por eso resulta tan inquietante que en 2026 Estados Unidos vuelva a la idea de que la fuerza, por sí sola, puede rehacer sociedades, corregir culturas, quebrar valores religiosos centenarios e imponer futuros.
La guerra de agresión de Rusia en Ucrania en 2022 ya señaló el camino de un nuevo orden mundial basado en la fuerza. El brutal ataque terrorista de Hamas contra Israel en 2023, su devastadora respuesta sobre la población civil palestina en Gaza y ahora la furia de los ataques coordinados sobre Irán dominan un escenario internacional de violencia y destrucción ajeno a toda esperanza de paz, compasión y humanidad. Ya no se trata de “paz a través de la fuerza”, ni siquiera de “paz a través de la guerra”, sino de “guerra a través de la guerra”, con una perturbadora escenificación de guerra santa, tanto para musulmanes como para cristianos.
No estamos solo ante una crisis en Oriente Medio. Lo que está en juego es algo más profundo: la forma en que potencias nucleares deciden hoy qué conflictos se negocian y cuáles se resuelven por la vía de la fuerza, sin contar con la legalidad internacional ni con sus aliados ni siquiera declarando formalmente la guerra. El liderazgo global de Estados Unidos puede servir para alimentar la paz o para alimentar la guerra. Y los hechos demuestran que la Administración Trump está dispuesta a alimentar la guerra y manifestarse como una “hegemonía depredadora”, como la describe el profesor Stephen M. Walt, de Harvard Kennedy School. Esta guerra, desatada por ataques coordinados de Estados Unidos e Israel, parece una novedad, pero es una nueva vieja guerra: la enésima que regresa 78 años después de la creación del Estado de Israel.
Europa se encuentra en una posición especialmente delicada. Estados Unidos sigue siendo un aliado indispensable para la defensa colectiva de la OTAN, pero en esta etapa, ni estrategias ni alianzas pueden compartirse acríticamente si se impone una ideología MAGA basada en el populismo nacionalista, el poder transaccional y el cristianismo político exacerbado. Precisamente por eso, el atlantismo debe entenderse hoy, no solo como una arquitectura de seguridad, sino como un vínculo más profundo: un puente entre las dos orillas del Atlántico, entre naciones hermanas unidas por una larga tradición de cooperación, libertad política y defensa de la democracia. En medio de la tempestad de los nuevos tiempos, preservar ese lazo es también preservar la posibilidad de reconstruir una comunidad de valores compartidos. Europa tiene la responsabilidad de mantener abiertos los canales de diálogo, defender el multilateralismo y actuar con la ambición de una verdadera Europa geopolítica, no para romper esa unión, sino para contribuir a salvarla y renovarla.
Ni estrategias ni alianzas pueden compartirse con EEUU acríticamente si se impone una ideología MAGA basada en el populismo nacionalista, el poder transaccional y el cristianismo político exacerbado
El “no a la guerra” es un patrimonio de país en España, una oportunidad de unidad frente a la polarización. Pero gobernar exige conciliar el idealismo ético con decisiones político-institucionales y operativas que eviten consecuencias no deseadas para nuestra posición internacional y para los ciudadanos. Pedro Sánchez se ha situado de manera inteligente y emocional al frente de ese “no a la guerra”; ahora tiene que gestionarlo en términos de seguridad, de consecuencias económicas, de relaciones con Estados Unidos, con la UE, con la OTAN y con nuestros intereses y aliados en Oriente Medio. Más allá de una pancarta, que la mayoría de españoles llevamos con convicción, ese es el verdadero desafío.


