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Europa evocaba, para quienes crecimos en los años 80, modernidad, trenes rápidos, los tíos que habían emigrado a Francia o a Alemania y que regresaban con coches buenos y duras anécdotas, becas Erasmus, fronteras que se abrían y la promesa de que las guerras, al menos entre nosotros, habían terminado. Era un horizonte moral, un proyecto de paz construido sobre las ruinas del siglo XX. Las suyas. Nosotros teníamos nuestras propias ruinas.

España entró en ese relato con entusiasmo. La comunidad europea nos brindaba progreso, fondos estructurales, carreteras nuevas y una cierta idea de civilización compartida. Incluso cuando discutíamos –sobre cuotas agrícolas o sobre pesca– y perdíamos, lo hacíamos dentro de una confianza básica: el mundo, con sus tensiones, estaba gobernado por reglas. ¿Cuándo comenzó a resquebrajarse el proyecto, el relato, las reglas? Las recientes declaraciones de Ursula von der Leyen han sido claras: Europa ya no puede confiar en que el sistema internacional basado en normas la proteja. Ese mundo –el que surgió tras la Segunda Guerra Mundial– ha desaparecido.

No ha podido ser más clara: en un escenario en el que Rusia invade Ucrania, Oriente Medio vuelve a arder y las grandes potencias actúan más por fuerza o interés que por consenso internacional, la presidenta de la Comisión plantea algo que habría sonado casi herético hace 30 años: Europa debe pensar en términos de poder, de seguridad y de estrategia propia. Durante décadas, Europa se describió como el árbitro moral del mundo: defensora del multilateralismo, del derecho internacional, del comercio abierto.

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Hoy ya nadie quiere árbitros. A la transformación institucional se le une un duelo emocional. Europa, la promesa, es ahora un actor escurridizo que debe aprender a moverse en un mundo más inestable. E ignoramos si sabremos construir otro orden o si aprenderemos a sobrevivir sin él.



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