
Ahora que hacemos todos lo mismo que los sabios de Constantinopla en el siglo XV –dedicar horas a discutir sobre sutilezas teológicas mientras los bárbaros derriban los muros de nuestra ciudad– no vendría mal repasar los libros del anciano Robert Paxton, un estadounidense que tiene la edad de mi padre –93 años– y que ha dedicado toda su vida a estudiar el fenómeno del fascismo. Sabe más que nadie sobre lo que sucedió en la Francia de Vichy y su libro Anatomía del fascismo (2004) es definitivo para entender en qué consistió todo aquello.
¿Aquello? Paxton, hasta hace unos años, pensaba que sí. Que el fascismo era un fenómeno del pasado, de hace cien años, irrepetible hoy en día por cientos de motivos: culturales, económicos, de comunicación, etc. Que no era posible aplicarlo a los políticos actuales. Lo dijo muchas veces, hasta que el 6 de enero de 2021 se quedó helado ante las imágenes del asalto al Capitolio por las hordas trumpistas. Entonces el viejo sabio rectificó: “Esto elimina cualquier objeción que se pueda tener a la etiqueta de fascista. Ahora, esa etiqueta parece no solo aceptable, sino necesaria”.
Solo se me ocurre una objeción a esas palabras de Paxton. En los años 30, tanto Mussolini como Hitler alcanzaron el poder después de expresar con toda claridad su intención de acabar con la democracia, sistema de gobierno al que culpaban de todos los males. Ahora no es así. Ahora es peor, porque dicen que hacen lo que hacen –las barbaridades del ICE en Minneapolis y en muchos sitios más, por ejemplo– precisamente para defender la democracia. Es mentira, por supuesto; Trump no cree en la democracia, como ha explicado nada menos que quien fue su vicepresidente durante cuatro años, Mike Pence; y piensa destruirla, si le dejan, igual que hicieron los “caudillos” fascistas hace un siglo. Ah, pero dice que no. Esa mentira no se le cae de la boca y hay mucha, muchísima gente que se la cree.
Trump no cree en la democracia, como ha explicado su vicepresidente durante cuatro años, Mike Pence; y piensa destruirla
El neofascismo actual, pues, es peor que el fascismo original, porque trata de ocultar sus intenciones. Muy bien. Ya está. Ya he puesto mi granito de arena en una discusión académica, quizá ilustrada, semántica si quieren, sobre el nombre correcto que debe aplicarse a lo que se nos viene encima en medio planeta. Ahora sigamos debatiendo sobre estas cosas tan interesantes mientras los bárbaros derriban los muros de nuestra ciudad, de nuestro modo de vida, de nuestra libertad, y se disponen a destruir la democracia en cuanto tengan la ocasión. En España, de momento, a los trumpistas ya les hemos permitido meterse (porque se meterán) en los gobiernos de Extremadura y de Aragón. Y siguen avanzando. No ha ocurrido en nuestro país nada más peligroso desde el 23-F, pero ustedes no se preocupen. Sigamos entretenidos con discusiones eruditas en vez de darnos cuenta de lo que en realidad está pasando.


