#Mundo:Compro oro | Opinión de Carmelo Encinas #FVDigital

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Aparecieron en los 90 y se convirtieron en un clásico de la publicidad callejera. “Compró oro”, publicitan esos hombres-anuncio disfrazados de cartel viviente. En 2008 el entonces alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, intentó prohibirlos por considerar vejatorio, degradante y antiestético este método de propaganda. Algo cutre sí que resulta pero el veto duró poco, a los tres meses el Ayuntamiento de la capital aprobó una nueva ordenanza de la publicidad exterior y los hombres-anuncio volvieron al centro de la capital, en especial a la Puerta del Sol donde aún hoy se dejan ver conviviendo con quienes se disfrazan a cambio de unas monedas.

De finales del siglo XX a nuestros días, lo que sí ha cambiado radicalmente es el precio del oro que en esos años apenas alcanzaba los 300 dólares la onza en el mercado mundial y ahora ronda los 5.000, diecisiete veces más. Quien comprara oro entonces y lo mantuvo a buen recaudo ha visto crecer su inversión de forma exponencial. Eso le ocurre a los aficionados a las joyas, especialmente quienes suelen vincular la adquisición de alhajas a etapas destacadas de su vida. Para muchas mujeres mayores los anillos, las pulseras y los colgantes de oro fueron una forma de hacerse con un patrimonio propio del que podían disponer y convertir en dinero para afrontar una compra necesaria o algún apretón económico. En esa función estaban y siguen estando, aunque con menor protagonismo, los llamados montes de piedad, entidades de crédito prendario que ofrecen dinero inmediato a cambio de empeñar joyas, u objetos de valor. Esas joyas son tasadas, se guardan como aval y pueden ser recuperadas al cabo de un plazo establecido que suele ser de un año con un interés alejado de la usura, de ahí el apelativo de ‘piedad’. De pasar el plazo y no satisfacer el préstamo, la joya se subasta, y si la puja supera el valor de lo prestado más los gastos, el excedente se entrega al propietario original.

Todas estas pequeñas operaciones comerciales y crediticias con el oro de por medio adquieren últimamente una dimensión económica más considerable ante el brutal incremento experimentado por los metales preciosos que hasta hace unos días no parecía tener freno. Precios de vértigo que la semana pasada sufrieron una dramática caída tras apuntarse el nombramiento de Kevin Warsh como futuro presidente de la Reserva Federal de EEUU, un economista poco aficionado a darle a la máquina de imprimir dólares. Cuanto mayor es la deuda norteamericana, menor es la fiabilidad de su moneda y más importancia tiene el oro. El bache sin embargo en la cotización del preciado metal duró poco y enseguida retomó la senda alcista.

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Hay un trasfondo que empuja insistente el valor del oro y no es otro que su función de activo refugio ante la incertidumbre que generan conflictos internacionales como los de Ucrania y Oriente Medio, la inflación, el exceso de deuda o la ya apuntada debilidad del dólar, que actúa como moneda patrón de intercambio global. Esa volatilidad hace del oro algo tangible capaz de preservar el patrimonio de los inversores. Quien tiene oro, ya sea en valores cotizados, lingotes o joyas, sabe que tiene un activo que puede oscilar pero siempre es seguro.

Aunque la senda alcista de los metales preciosos parece ir atenuándose por mal de altura, ni los más conspicuos analistas financieros pondrían la mano en el fuego sobre su futuro a medio y largo plazo. Nadie tiene una bola de cristal capaz de predecir la evolución de los variados factores que influyen en su cotización. En realidad lo único seguro es que siempre habrá un cartel viviente anunciando: “Compro oro”.



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